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Alba Miranda

De nuevo

Sacar ropa que ya no uso, hacer el cambio de closet, que comienzo despidiéndome de algunos vestidos y dándole la bienvenida a mis abrigos, que son vestidos solo que con botones delanteros y más calientes.

Bajo las botas, esas que compré en el 2019 y que no han salido a pasear los suficiente, pero vaya que han sido presumidas, color beige, vaqueras, un sueño para mi Albita de 10 años.

Desde hace un par de meses tengo unos lentes rojos, para verme mejor, para reconocer cómo me siento y qué quiero, y me siento de maravilla.

No nos damos cuenta, pero ese crujir de hojas mientras caminamos o cuando nos acurrucamos más en la cama, porque hace un poco de frío, son pequeños hechizos que nos ayudan a dejar ir lo que ya no debe ser, ni estar.

Pero no es hasta que aparece el mensaje de la cita del corte de cabello, esa cita que venía haciendo desde hace meses de forma mental y la dejaba en un “luego le escribo a Eri”.

Por eso los árboles se quedan sin hojas, hasta ellos nos enseñan que hay soltar para renovarse.

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Constanza Mazzotti

ASTOR

Sé que la noche previa te fuiste a dormir tranquilo y emocionado.

Tu prima mayor, que, según yo, a mí 27 años, me considerabas ya una señora hecha y derecha, te invitó y contrató a ser el DJ a una fiesta a la que fueron todos mis amigos.

Una fiesta que prometía para ti, ser el centro de atención.

¿Quién va a una fiesta sin música?

Ensayamos las canciones, te di una playlist, algunas canciones no te gustaban, pero yo insistía, defendías que eras el “DJ” y que tener dicho cargo te otorgaba el derecho de poner lo que sea que tú quisieras poner. Entonces pues, te dejé hacer lo que quisiste, porque-tierna aclaración-creías que ser DJ era poner las canciones y modular el volumen cada que alguien lo pedía. Esa noche acabó tarde y tú tenías tan sólo como ocho años.

Jugaste a ser locutor, Spreaker fue una de las primeras plataformas que conocí gracias a ti, para yo ahora hacer uno de mis trabajos actuales, la voz en off.

Tenías muchísimos seguidores en ese programa de radio en el que sintonizabas tus “en vivos” ¿Cómo se llamaba tu programa?

Invitabas a gente a participar, estuvo mi mamá, tu tía Tere (seguramente) y recuerdo que consultabas muchas dudas con mi papá, a quien le insistías en que no conocía el «concepto de pelo». Después criticaste mi podcast de poesía porque era “demasiada música aburrida y, además, perdía mucho tiempo hablando”.

Pero, aun así, la brecha generacional no impidió que te hicieras amigo de mis amigos: mi primer novio y tú, jugaban a las escondidas, sé, que también a los almohadazos en la sala y, además, sé que escondieron un pequeño accidente del que nunca le comentaron a tu mamá. Hay una foto de cómo fueron cómplices de sus juegos y perseguidas dentro de la casa.

Años después vino Fátima, mi amiga parisina con quien te reías porque a ella le encantaban los chistes que te inventabas, sobre todo aquella vez que Fátima y yo, volvimos de la playa un 31 de diciembre a pasar en tu casa el Año Nuevo. Fátima, me sigue preguntando por ti y sigue riendo con tus bromas, ella hasta hoy, no sabe nada.

Tú tenías como ocho o nueve años cuando también conociste a mi amigo Bigotes a quien le aclaraste de “pe a pá” y con tecnicismos incluidos, la forma en la que hacías tus programas de radio.

Recuerdo que, en esa ocasión, íbamos en mi auto muchos amigos, apretados como sardinas, incluido tú, que contaba chistes y hacías bromas, de ahí salió el famoso “Sonidero A-A-A…Astor” del que todavía Fátima, Bigotes y yo, seguimos citando y riendo.

Después me fui de Xalapa. Fuimos a buscar universidades en la Ciudad de México, sé que impresionaste a los directivos del ITAM con tu perfecto 10.

Elegiste letras en la UAM, pero querías ser médico, pero después abogado, descubriste que ser paramédico era tu profesión. Pero para ese entonces el Astor niño, el Astor que vi cambiando en su adolescencia dejó de bromear. Algo en tu crianza hizo que comenzaras a defenderte de tu entorno. Ése que tu madre, de quien yo también me protegí, conoce bien.

Sé que te fuiste a dormir tranquilo, Astor.

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Alba Miranda

Magenta affair*

En mi colección de pintalabios, que no es tan amplia como la de mi hermana Ale o mi prima Tere, tengo tres que son rosados, uno que dura las horas y las horas, otro que es brilloso y otro que el color es más bonito en la barra que en mis labios.

Siempre he admirado a las mujeres que tienen la seguridad de cualquier supermodelo de los noventa para salir a la calle con los labios pintados y verse divinas. Yo en cambio, la pienso ocho veces y termino quitándome el color y salgo con el ligero brillo de un chapstick.

Llegó la pandemia y con ella una próxima mudanza, y en mi afán por tener menos cosas y realmente usar lo que tengo, me propuse pintarme los labios, aunque sea para estar dentro del depa y luego acostarme a ver tele.

Comencé a usarlos los fines de semana cuando veía a mi familia y luego a mis amigas, de pronto me di cuenta de que cuando veía a alguien no lo usaba, me ganaba la vergüenza o que no le fuera a gustar (red flag).

De cierto modo me ayudó el cubrebocas, acostumbrarme de poco a poco y hacerme de la idea que debajo de la tela o de tres capas, estaba una Alba con un color y no tan blanca como soy.

Alguien nuevo se estaba gestando.

Ahora trato de no salir de la casa sin al menos tres pintalabios, o bueno 1, porque los otros dos son chapsticks, uno sin color y el otro con el color similar al que decidí usar.

Y claro, siempre fui y seré la Power Ranger Rosa.

*Así se llama el pintalabios con el que se escribieron estas palabras.

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Constanza Mazzotti

Mudanzas

Hace un par de días leí un poema sobre mudanzas.

El poeta recorre, conoce y cuenta sobre las casas que va rentando y habitando a través de las huellas de los inquilinos anteriores.

Entre los clavos dejados en las paredes ve los gustos de las personas y sus gustos por la decoración.

Descubre arañones por donde se jalaron algunos muebles e imagina los pasos que pudieron haber dado esas otras personas.

Después de leer el poema para un programa de radio, imaginé al poeta sentado en su escritorio recién colocado en su nuevo piso, quizás fumando, quizás tomando el café de la mañana rehaciendo los pasos de esas personas que ya se fueron.

Luego pienso en mí y en mi capacidad de mudarme. Yo me mudo mucho dentro de mi casa. He recorrido todos los cuartos del departamento e incluso, bromeo con mis amistades, -hasta he vivido en la covacha- un sitio de cobijo para esas personas que van de paso y que necesitan un espacio para pernoctar.

Ayer me volví a mudar, me mudo como dos o tres veces al año. Los mismos muebles que compro o me revenden los mismos inquilinos que han habitado mi casa. Esos desconocidos que poco a poco se vuelven mis amigos con los que ya he construido una vida en esta ciudad.

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Alba Miranda

Cuando el rosado se apodera

El vino rosé o rosado siempre viene con su hada madrina, en mi caso fue Romy en un viaje de esos relámpago, de quién cae a Acapulco y los puntos de avión hacen su magia; y desde entonces esa botella jamás falta en mi refrigerador, porque una nunca sabe cuándo será una noche de un gallito, como dice Reyna.

En el supermercado hay una sección de estos vinos, y en la temporada primavera/verano, se amplía y para nuestra sorpresa, es seguro que su tienda de la esquina más próxima ya tenga uno que hasta Barbie envidiaría.

Las noches de rosado, vienen con una amiga, y con ese momento que supera el te tengo que contar chismoso porque eso ya vino en un mensaje de voz de 10 minutos o en una guerra de stickers de cómo nos sentimos.

Son noches que no llueve, la brisa se siente cual marina y la charla fluye. La música pareciera como si supiera el sentimiento y las canciones son adhoc a la historia con risas, pero también con lágrimas.

Desde hace ya algunos años, mis amigas me dicen “te caigo con un rosado” y sé que la noche será de esas de amigas, de hermanas de otras vidas, que nos recuerdan que no estamos solas en lo que sea que estemos pasando.

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Alba Miranda Constanza Mazzotti

Nuevos Inicios

Alba Mercedes

Un julio, al igual que hace cinco años, Constanza estaba a horas de subirse a un avión y me entregaba su vida para el doctorado. Y entre papeles oficiales, en un pequeño café francés, decidimos publicar nuestras andanzas y creamos Tres de Leila.

A pesar de la tecnología, nuestro inicio fue en una típica lluviosa Ciudad de México y en una ciudad vieja italiana con mucho calor, y con muchas historias que contar, pero que fueran cortas, porque la vida corría en diferentes horarios y con una maestría que terminar y un doctorado por definir.

Pasaron muchos veranos, lluvias y una pandemia, que nos trajo colaboradores y una renovación de clóset, mas no de estilo.

Y es así, como TDL (para quienes nos conocen en llamas), vuelve a comenzar y para no variar igual de viaje y desde distintas ciudades, con horarios diferentes, idiomas y lo más importante: historias por compartir e incluso sanar.

Constanza Mazzotti

Fue difícil encontrarle un nombre con el que nos sintiéramos cómodas. Lo tuvimos que pensar rápido, aunque creo que esa decisión ya se venía cocinando desde hacía meses. Yo estaba muy incómoda de la garganta, tenía la peor de las gripas y, además, estaba sorda.

Le entregué a Alba un sobre amarillo con todas las indicaciones para que me inscribiera al doctorado durante mi ausencia.

Sinceramente no sé cómo es que logró descifrar mis indicaciones pues eran, ahora que lo repaso, complicadísimas. Hojas con pasos numerados, vericuetos con chocantes señalizaciones burocráticas en las que me atreví a colocar el número de pasos para caminar hacia las oficinas conjuntas dentro de la universidad.

Ahora entiendo que una gran amiga es quien hace ese tipo de cosas. Uno se titula de un doctorado con la ayuda de mucha gente, pero Alba fue una de las fundamentales.

Dejé a Alba con un sobre y yo tuve, a las pocas horas, un vuelo complicadísimo.

El dolor de oídos se equiparaba al que tuve en mi infancia cuando me enfermé de una infección que me inmovilizó por completo y además, el avión tenía un plus, estaba lleno de lo que ahora son exgobernantes mexicanos buscados por la justicia o prisioneros en algunas de las cárceles más temidas.

Ellos iban a saludar al Papa, yo, a terminar mi tesis de maestría

Caminaba por Roma cargando una maleta, un par de oídos tapados y un desfase horario aderezado por uno de los peores calores del verano del 2015 mientras veía en las pantallas de publicidad gubernamental los rostros de los políticos veracruzanos en el Vaticano.

Tomé un tren a mi ciudad, me subí al autobús equivocado, caminé arrastrando una maleta con rueditas, subí cuatro pisos para llegar a mi departamento y comenzó una de las experiencias escriturales más emocionante de mi vida. Tres de Leila no sólo me ha forzado a escribir de manera constante sino a perder el miedo y a hacer de la escritura por más cuidada o descuidada un proceso primordial en mi día a día.

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Constanza Mazzotti

Cachete o mejilla

Tengo un cachete que me molesta. La misma palabra lo hace al momento de pronunciarla. Cachete. Aunque he optado por la palabra mejilla, sigue pareciendo incómodo referirse a esa parte del rostro con un sinónimo que notoriamente suena forzado. Cachete o mejilla, una burda y la otra, se pasa de sutil. Y mis cachetemejillas no lo son.

Y es que desde que perdí una de mis muelas, todo mi rostro comenzó a acoplarse a la ausencia.

Obviamente mi apariencia no se ha modificado de manera radical pero noto la diferencia cuando me veo en fotos. Si de por sí siempre he sido cachetona, ahora lo noto más y vivo con el fantasma del cachete hinchado que me incomoda cada que aparezco en una imagen o pantalla y peor aún, si es de celular.

El punto es que perdí una muela y eso debería de ser lo grave. Pues vaya que lo es cada que voy al dentista a que revise cómo va mi proceso de implante. Un proceso doloroso porque, además, mi cuerpo, que grita ¡chimuela! no aceptó esa segunda vez al implante pues le faltó hueso para afianzarse en la mandíbula.

Entiendo, por la detallada explicación que me dio mi dentista, que la producción de hueso es normal en cuerpo jóvenes y raro o nulo cuando hay una enfermedad importante en el organismo o de plano el cuerpo es de alguien de mucha edad.

Yo soy joven, dentro de lo que cabe, no tengo enfermedades importantes y mucho menos soy de la tercera edad, pero mi cuerpo necesita ayuda para poder tener esa muela que perdí. Entonces sacaron el implante y pusieron hueso y mi cachetemejilla se volvió a inflamar y peor aún, con dolor.

Nunca he padecido de la espalda o de las rodillas, pero vaya que padezco de un menisco fuera de lugar en la mandíbula que me ha llevado a tener en alguna ocasión,la quijada fuera de lugar, un dolor semejante, imagino, al de una buena golpiza.

Esa clase de dolor que yo llamo “de muela” aunque es de menisco, me recuerda a que se debe por una ausencia. En mi caso, es un pequeño molar lo que me recuerda a las ausencias más importantes de mi vida, por la época en la que se rompió, por las razones de la ruptura y lo más importante, por las personas implicadas.

Las ausencias duelen más de lo que uno puede imaginar, aunque en apariencia no suceda nada, hay miles de implicaciones tanto físicas como emocionales cuando algo se truena, se rompe o se extrae y que te pueden dejar en cama, como la ausencia de una pequeña muela.

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Paulina Ovando Collado

Nunca hubiera sido lo mismo sin tí

Viajar con alguien es la disposición entera de ser leído como un libro. Me gusta la intimidad que se genera a cada paso en lugares desconocidos. Todas las aventuras son como portales en nuestra experiencia con el otro: subir a un taxi sin conocer siquiera la dirección de nuestro destino y reír a carcajadas, los secretos que necesitan un cómplice salen a la luz bajo el sopor de noches calurosas y vino: las historias que queremos que nunca sean contadas, se convierten en confesiones que nadan entre risas y llanto.

Estamos hechos de claroscuros. Al descubrir un nuevo café, de pronto, como en un estallido, nuestros demonios, esos que están siempre contenidos en casa, le explotan en la cara al otro y la complicidad crece.  ¿Quién si no nosotras para desayunar a orillas del río Sena? mejor bienvenida a París no pudimos tener entre tartines y café para reponernos del viaje en tren.

Nuestro mutuo entendimiento se abraza mientras nos mecemos en las hamacas en tardes calurosas, en donde nuestra mayor responsabilidad es vivir el presente.

Nos reconocemos cuando nuestros cuerpos expiden los mismos olores, ¿acaso es nuestro humor lo que nos hace iguales?

Pactos silenciosos mientras constatamos la fuerza o la locura de ese Otro: sólo tú caminaste durante horas con un pie roto por las calles de la Habana y la Gran Manzana; después en el silencio de la noche aliviaste todo el dolor con hielos en la tina del hotel.

Es en la mirada de nuestros acompañantes en donde suceden los milagros del alma y no en esas tierras que no nos pertenecen aunque las hayamos pisado antes. Aunque a veces esos milagros se materializan y las cortinas se abren para poder ver el mar. Son esos instantes en donde nos descubrimos y nuestro amor crece. Me emociona por fin haber llegado a esos páramos idealizados. Y en cambio, todos estos vastos universos que son ellas, y que soy yo misma, significan mucho más que el Coliseo en soledad.

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Bicky Ramírez

Ayunar, maldecir, odiar. 

Hacía tiempo que no me tomaba unas vacaciones… a solas. Sépase usted que, desde hace mucho, mucho tiempo no estaba soltera. Tengo 33 años y he tenido novio desde los 17. Como las olimpiadas cada cuatro años y sin descanso, celebraba una nueva relación. A largo plazo eso me trajo serios problemas de salud emocional y a principios del 2022 me diagnosticaron depresión en tercer grado, casi a punto de ser medicada.  Me sentía triste y no lograba identificar la razón. Durante el mes de enero me despertaba en la madrugada sólo para llorar. La amargura de mi llanto me causaba desconsuelo.

Evidentemente aquello me llevó a ser constante con la terapia. Y es que no tenía “mal de amores” como mis amigos señoros machos berreaban entre bromas.  A lo largo de quince años me había auto-saboteado, me falté el respeto y pisotee mi dignidad con el único objetivo: ser la mejor novia que mi pareja en turno pudiera tener. Esa exigencia que se traduce en una falta de amor propio, me llevó a soportar  infidelidades, chantajes, insultos, manipulaciones y abusos económicos. La única persona que no entra en esta lista es el Beto, mi segunda expareja a quien recuerdo con mucho cariño y quien entendió que la relación tenía que llegar a su fin.

Luego de esta declaración. Ahora sí, viene el frenesí. 

Cuando atraviesas por esa transición entre la ruptura y el tener que reconocer que la tristeza no solo responde a un golpe al ego, sino al miedo de lidiar con la soledad, entrelazado con el miedo a que “nadie se vuelva a fijar en ti” y ese pinche miedo a ser señalada como vieja y solterona. Lo primero que tienes que hacer es ver la película “Comer, Rezar, Amar”, protagonizada por la actriz americana Julia Roberts, una adaptación del libro de Elizabeth Gilbert (el cual también leí). La película se basa en las memorias de la escritora Liz Gilbert, quien un día se descubre abrumada por la rutina, pone fin a su matrimonio y emprende un viaje de autodescubrimiento que la llevó a visitar Italia,  la India e Indonesia.

Pese a que este filme resulta una herramienta de empoderamiento para algunas mujeres, muchas no corremos con la suerte de tomarnos unas vacaciones por Europa o Asia para reencontrarnos con nosotras mismas. Habría que hacer una lectura interseccional en donde se destaque la clase, el género, el lugar de origen, la condición social (si hay hijos de por medio) y sobre todo, el contexto de violencia emocional, física o sexual con el que se esté lidiando. No todas tenemos la fortuna de asistir a terapia y reconocer que necesitamos ayuda. No todas logran generar redes con otras mujeres que también han sido violentadas. No todas cuentan con solvencia económica que les brinde seguridad. Además, es muy difícil que las amistades y familia comprendan que no es drama, sino violencia. Por ello, aquí mi antítesis titulada: Ayunar, maldecir, odiar.

***

Vivo en la ciudad de México y soy becada. Por motivos económicos, escolares y pandémicos, no puedo salir del país para tomarme unas vacaciones que me lleven a lidiar con mi depresión. Pero como toda una Julia Roberts -versión oaxaqueña-, todos los días me doy a la tarea de hacer mi propia película. El problema es que ni comía, ni rezaba y mucho menos, amaba.

La depresión me llevó a hacer una dieta involuntaria que constaba de una comida al día. Conforme mi estado de ánimo mejoró, comencé a comer y beber sin culpa.  Ahora casi todos los fines de semana deleito mi paladar con tacos al pastor, suadero o alambre de pollo. También me gustan los chicharrines con cerveza. La comida me ha llevado a entablar nuevas amistades y retomar aquellas a quienes había abandonado. Y así como en la escena donde Julia Roberts declara tener una relación amorosa con su pizza en la ciudad de Nápoles, yo he logrado tener una relación amorosa con las micheladas que venden por el metro Impulsora en Ecatepec, las cuales me presentó mi amiga la Vero. Creo que aún no he subido de peso.  

Paradójicamente he cambiado de religión. Esto es algo que siempre quise hacer porque el señor Jesus de ojos azules y toda su parentela blanca nunca me habían dado confianza. Siempre he creído que rezarle a toda representación judeocristiana es como si me dirigiera a un militante del Partido Acción Nacional (PAN). Por eso mis súplicas no llegaban al cielo. Ahora me siento en paz con mis nuevas creencias. Gracias Grego por presentarme tu religión.

He odiado. Durante las primeras terapias odié y maldije repetidamente a esos tres hombres que me hicieron daño. Pero, sobre todo, me odié a mí misma por permitir que me pisotearan, por no poner límites. Ahora ya no los odio porque gracias a esos episodios aprendí que siempre debo de ponerme en primer lugar. Me bastaron quince años para darme cuenta que no necesito de una pareja para salir adelante, para ir al cine, para tomar un café, para ver una película en casa, para ir de viaje. Yo tengo la capacidad de hacer eso y más.  

Hasta el momento no he tenido intención alguna de conocer a nadie. Necesitaba unas vacaciones conmigo, a solas, sin hombres que no solo quieren una novia, sino una mamá, un títere, una persona de limpieza, una escort o una niñera que no los haga sentir solos. Hombres que lo quieren todo y lo obtienen todo, a cambio de nada.

Estar sola me ha permitido identificar qué es lo que me gusta, lo que quiero y lo que no quiero. Y parece fácil, pero es todo un proceso. Se que algún día volveré a tener otra pareja, (porque estoy bien bonita jajaja). Pero para ese entonces, mi novio del futuro se topará con una Bicky que sabe poner límites, segura de sí misma y sobre todo, que no se quedará callada. Entonces habré aprendido a quererme y a valorarme. Para lograrlo debo seguir vacacionando, haciendo todos los días, mi propia película siendo una “Julia Roberta”.

Y ustedes amistades  ¿Ya se tomaron unas vacaciones?

(Este texto está dedicado a todas mis amigas: a quienes lograron sanar, quienes están de vacaciones, quienes toman vacaciones a medias, quienes no se animan a tomarse sus vacaciones y a quienes están a punto de hacerlo. Para ellas mi sororidad, comprensión y cariño)

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Victoria Montemayor Galicia

Una noche invernal en París

La noche era clara, sin bruma, no tan fría para ser invierno en París. El cielo en azul marino refulgía de estrellas. Ese día mi amiga Ceci y yo habíamos recorrido el museo de Picasso y Delacroix. Habíamos comido pastelitos de manzana con cereza, habíamos surcado calles angostas y empedradas en la Ille de la Cité que invariablemente nos llevaban a la rue du Cloitre Nôtre Dame, y asombradas como niñas que descubren un tesoro, nos habíamos maravillado de la majestuosidad de la Catedral a un costado del Sena. Fuimos a un carrito de baguettes, pedimos dos de tres quesos en nuestro pésimo francés, y fuimos a sentamos en una banca en la plazuela frente a Nôtre Dame para admirar el crepúsculo, la magnificente construcción y el colorido rosetón. A la distancia, los inexpresivos apóstoles de piedra nos observaban y las inocentes gárgolas parecían querer asustarnos.

Habíamos llegado a París en una fría y nublada mañana del 30 de enero del milenio que comenzaba. Aquel año la Torre Eiffel centelleaba con la cifra luminosa en medio de la noche. Cruzábamos el campo Marte, y yo caminaba maravillada y alegre por debajo de la Torre. Íbamos rápidamente mi padre, su mujer, una amiga franco-chihuahuense y yo. Aquella noche era 5 de febrero y había una recepción en la Embajada de México para festejar, y tuvimos la suerte de comer antojitos mexicanos, beber tequila, vino tinto y champagne. La noche tenía su propia alegría. Mi amiga y yo no dejábamos de observar la Torre desde el ventanal, los mariachis cantaban, las risas y el murmullo de franceses y mexicanos llegaba hasta nuestros oídos. De repente, mi padre se acercó y nos dijo: “¿Ya vieron quién está ahí?” Ceci y yo volteamos la cabeza, y en medio de unos trajeados caballeros, sentada en una silla de terciopelo rojo se encontraba ella, La Doña. Vestida primorosamente de terciopelo negro, su cabello largo, su suéter de cuello alto, su maquillaje, su lunar, su ceja, sus perlas, sus anillos, la elegancia y el porte con el que todos la recordamos. Nos miraba desde lejos sabiéndose importante, sabiendo que era ya una leyenda, un ícono, un ornamento en aquella cena.

La cena terminó y nos dirigimos al estacionamiento para pedir el carro. María estaba abajo con su abrigo de piel, sus guantes negros y sus joyas. El chófer vestido de gris (o ¿era azul?) la esperaba ya para ayudarla a subir a su Roll Royce ─¿azul o gris?─. Mi padre y la tía Águeda nos dijeron: “Díganle adiós”. Y entonces movimos las manos como si fuera un breve homenaje a aquel personaje que era una leyenda en sí misma. María volteó y con un rostro infantil y su maravillosa sonrisa nos decía adiós.