Mónica

Sólo hace mucho, cuando me invitabas en sueños a pasar del otro lado de la barda y yo te decía que no porque todo parecía muy real, volvías a aparecerte en mi vida.

Hoy te escuché en el metro, Mónica. Te llamó un chico a gritos para que no lo perdieras en el vagón. Un chico que podría haberte llamado desde tu auto si alguien de los adultos que siempre nos rodeaban te hubiera hecho comprender que la vida era más que dejarse ir y perseguir a tu hermano adorado atrás de aquella pared.

Mismos síntomas físicos, Mónica, agresiones diferentes

-¿cómo lo lograste?

La papeleta del médico indicaba un estómago herido pero sólo a uno de ustedes dos el golpe de una piedra le rompió la cabeza por completo. Los Porkys todavía no estaban politizados y tú todavía no salías de la fiesta.

No sé si los viste, Mónica, pero incluso el médico fue, caminó junto a nosotros hasta tu prematuro terruño, él también estaba consternado: dos hermanos, misma edad, agresiones diferentes.

-Igual que el hermano, el estómago deshecho

le oímos decir Arturo y yo al hombre del folder.

En el cuarto de la universidad -dijeron tantas cosas-encontraron cartas y dibujos de pájaros a los que llamabas:

-Mi hermano ya viene por mí.

Y te alcanzó.

Un perfume de Guerlain hecho polvo y humedad

Te miras, te criticas y te escondes. Cierras la puerta y respiras, ves alrededor y estás sola.

Vuelves a observar y hay objetos que conocen lo más profundo de la boca, los olores íntimos, las nuevas arrugas y las viejas estrías. Un espacio de prisas mañaneras, pero con noches que merecen un ritual. Un esmalte rojo, la enagua con encajes de la última visita a París, una calada más al cigarro y lista para aparentar que no hay dolor, sólo seducción.

Curiosear en lo ajeno es como espiar y revolver el lugar por el que se pasea —sin permiso— la mirada. Es un deambular de las manos entre cajones que seguro el tiempo les creó una maña segura en de caso que quisieran ser abiertos.

Hay espacios privados de ensueño, que merecen un ritual cada vez que se entra, como el vestidor con zapato-anillo de compromiso de Carrie Bradshaw del programa Sex and the City.

Paloma Picasso, a eso olía mi abuela, y al parecer todas las señoras de San Ángel que ahora tienen más de 80 años. Aquellas damas que bordean los casi cien, deben dejar su rastro de Shalimar de Guerlain, el mismo que usaba Frida Kahlo, sólo que el de ella tenía otros componentes: tabaco y hospital.

Para saber cómo fue alguien es necesario hurgar, meterse donde no es debido, en lugares donde la presencia no sólo se siente por el espacio en sí mismo, sino por el dejo de su olor entre hilos y telas.

Frida Kahlo midió 1.70, fue delgada, con senos redondos y firmes; también vistió de una forma en particular, llevó una moda, un estilo personal, el cual fue más allá del simple vestir, ya que trató de llevarnos a su sentir, a las emociones que la hicieron usar faldas, huipiles, batas o retazos de telas hechos a su parecer.

472 objetos fueron clausurados después de la muerte de Frida. En 2004, se decide abrir el baño con el secreto indumentario más preciado del sur de la Ciudad de México, en la Casa Azul de Coyoacán, también conocida como el Museo de Frida Kahlo.

Cruzar el marco de la puerta y respirar un aire atrapado de un búnker que escondía colores y blancos, tuvo que ser como entrar a los recovecos de lo más íntimo en el lugar más íntimo de una casa: el baño.

Aquél es una zona limpia donde sacas lo más sucio de ti, un espacio en el que sucede una metamorfosis con tan solo el contacto de tu cara con el agua.

Pero en el baño de la Casa Azul hace 10 años pasó un no sé qué, con las personas que entraron después de cincuenta años de encierro entre el polvo y la humedad.

Ellas

Génova son dos.

Para llegar a ella se toma temprano el tren.

6:28 -9:58 am. Puntual.

8:15 el Regional desayuna: el de al lado una galleta, la de enfrente un pan baguette. Agua.

El vagón se apesta, suda y se complica aún más: comienzan los dialectos.

De inmediato uno se sabe en otra tierra. El puerto recibe a los visitantes con una brisa que sonríe mostrando otra Italia. La Italia Norte de mar, la bronceada, la “todavía hasta ahí es alegre”. Y en parte, así es.

El Liguria: belleza europea se presenta delante a los pies, el mar azul profundo se alcanza de inmediato. Las piedras la delatan: frialdad es en lo que uno se sumerge entre cuerpos tatuados y de espinosas bocas.

-Vámonos. Dice mi amiga. –Esta gente está muy tamarra.

Entonces te muestran La otra puerta. Y uno pasa sin saber bien a qué va.

-Vivo en un lugar muy representativo. En el centro histórico.

Hasta ahí, el turista es ingenuo. Y lo tercero que dice la amiga es:

-Ah y por cierto, en Génova no hay turistas.

Es verdad.

“Deep in the maze of the gritty old town, beauty and the beast sit side by side in streets that glimmer like a film noir movie set.”

Se lee en la guía que llevo y que decido ni siquiera mostrar.

Aunque de nombre generoso Genoa Puerta, aunque generosa entregó a Europa América, aunque generosa recibe con gran brisa, Génova es ola que te acoge, saborea y escupe.

O te mantiene medio vivo bajo un yugo de humedad malsana.

Edificios monstruosos. Modernos monstruosos. Voluptuosos cimientos de edificios monstruosos son punta de iceberg de la Génova que no se muestra en el libro. Pacientes construcciones que cuidan sus laberínticos corales; los filosos Vicoli por los que no entra el sol: estalagmitas que deshuesan barcos bajo un histórico mar.

I Vicoli, las callecitas donde viven las putas, los inmigrantes, los olores. Y la amiga.

Evidentemente no iba a hacerla de turista.

Iba a ver la cara de las dos Génovas y de las dos “Val”

-Val, conté cincuenta escalones hasta tu depa.

-¡Sí! Acá así es.

Dice la amiga entre apenada y contenta y feliz por al fin vernos; vive en un tercer piso.

“Val” “La Val” Valeria vino a Italia por segunda vez a estudiar periodismo pero en realidad canta en una banda de inmigrantes. La amiga que hace ilustraciones, transcripciones y cursos de dibujo acabó confesando a sus padres que no le interesa la Universidad.

Sin discusiones. Ella hace bien, le sienta bien y está contenta.

Me costó día y medio aceptar: la Valeria géminis, la Valeria dos Valerias, la Valeria que vino a estudiar, la que desertó y prefirió aprender a vivir. La Valeria segura y la Valeria insegura. La que escucha pero que con tanta palabra no escucha silencios. La Valeria al fin y al cabo, valiente. Las dos, con V.

Las dos Génovas, la rica, bien vestida y decente que se pasea en yates y actúa en la tele, la Génova pobre y prostituta que de día o de noche se mea en sus estrechísimos pasillos. A la voluptuosa o a la famélica no le importa que vestida o desnuda se le observe, se le ignore o se le tome fotos.

La Génova en la que de día es Nueva York es la misma en la que de noche desembarca más de África. La Génova de la gran gastronomía es la travesti que de su mano te da de comer, la Génova que viste de oro es la misma que mendiga menos de un euro.

Con Génova no se juega

porque es la puta más grande

la más rica

la que te engaña mejor

Sería el cántico de los que se les reconoce marineros por sus tatuajes borrosos y despiertan tirados en las calles en plena luz de día.

Al día siguiente cuando por fin te vas, desde el tren te despide sonriente con un beso, te guiña el ojo y le pagas aceptando que su sonrisa de mar del Norte te engañó, porque Génova Nunca será Suave y mucho menos, la linda mar del Sur.

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