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Broken Heart

g.

They call it heartache because missing someone is

an actual physical pain, in your blood and bones.

Lucia Berlin

Recuerdo mi primer corazón roto: fue a los 16 años y mi mamá, que en ese entonces tenía dos años más de los que yo tengo ahora, me miraba con ternura diciendo que a esa edad todo se siente más fuerte. Por eso nunca me imaginé que podría pasar algo similar, o peor, a mis casi 38 años.

            Desde hace algunos años, soy practicante del amor líquido y voy por la vida con mi bandera de desconstruída. Sin embargo, en una ocasión crucé el mar buscando el amor, entonces supongo que soy un ser lleno de contradicciones.

            En diciembre conocí a g., quien estaba en una relación abierta y a distancia. De un día para otro me encontré pasando con él mi tiempo libre y sorprendentemente enamorada. Durante 4 ½ meses la vida se me fue esperando verlo, escapando de mi casa para vivir con él un par de días, haciéndole postres y disfrutando de ir al cine en primera fila. A diferencia del amor adolescente, g. me encontró en un momento en el que al fin me siento yo. Con él caminar era una aventura, comer era delicioso y mi sonrisa era la más bonita que me he conocido. Cada día compartíamos imágenes de obras de arte y uno que otro poema. Los días se volvieron más lindos y me enseñé a amar más fuerte.

            Pero la nube de su relación siempre estuvo ahí y la información fue llegando a cuentagotas; un poco por culpa de ambos porque ninguno quería romper el hechizo. Primero me enteré que ella vivía en un país muy lejano, después que g. tenía planes de irse a vivir allá un tiempo y más tarde que se casarían.

            Un día de la nada me enteré de la fecha de su partida: 1° de mayo. A pesar de la tristeza, yo le propuse a g. disfrutar de las 6 semanas que nos quedaban juntos. En esas semanas hicimos hogares efímeros, paseamos, nos abrazamos, bailamos, me tomó fotos, comimos y nos perdimos en un camino con tierra de colores, árboles con tizne y conejos. Yo comencé a llorar con él, pero más sola. Él prometía un futuro no tan desolador y se imaginaba uno de estos acuerdos posmodernos en los que quizás algún día podríamos compartir un hogar. El día que se fue hablamos hasta que le pidieron poner su teléfono en modo avión.

            En febrero, cuando yo supe por primera vez detalles de su pareja, comencé a escribirle un diario. El amor a veces es solitario y fue la única manera de lidiar con todo lo que sentía. El día que se fue se lo conté y prometí hacérselo llegar. Durante esa semana lo diseñé, busqué las imágenes que me recordaban a él y algunos poemas que me había compartido. Le dediqué un par de párrafos a nuestras manos entrelazadas y las rayas de su panza y se lo envié. Hacerle llegar ese diario para mí fue una manera de lidiar con mi corazón roto y cerrar un círculo; para él, realmente no lo sé.

            Durante esos días se volvió difícil vivir. Levantarme de la cama, caminar, comer y convivir se volvieron tareas titánicas. Seguía llorando a la menor provocación y sólo podía recordar una frase cursi que leí por ahí que me parece que es de una canción de Adele que decía algo como: sólo espero el día en que vuelva a ser yo. Recordaba una foto que me tomé un día que decidí que era muy feliz y soñaba con el día que me sintiera así de nuevo.

            A menos de dos semanas de su partida me encontré que él también estaba escribiendo un diario: el de su llegada a ese país lejano. Abrí el enlace y lo primero que narra es que había cambiado de religión y que su nombre ya no era g., sino a. Describía a esa persona que él amaba y con la que se había encontrado el día 2 de mayo; ahora compartían un departamento, habitan en una ciudad en la que disfrutan alimentar gatos callejeros y se abrazan todas las noches. En otro momento y en otra circunstancia, supongo que me habría roto, pero cuando leí eso, el círculo se cerró: yo había amado a g., para mí a. es un completo desconocido y no encuentro ya razones para llorar.

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Alba Miranda

Mercury

De los correos que se perdieron, a las llamadas que no llegan, tenemos las puertas con llaves ausentes, vuelos que se adelantan y, por lo tanto, se pierden.

Por experiencia propia de muchos años, sé que cuando aquel planeta está a punto de entrar en modo retro, a mí me afecta más el antes y el después. Así que cada vez que mis astrólogas y astrólogos de cabecera avisan que ahí viene y que tenemos que caminar con cuidado, yo lo dejo pasar a mi departamento y lo imagino sentado en mi sala, ocupando el sillón más amplio y cómodo.

Hay días que le sirvo un expresso en mis tazas más bonitas, y otros cuando lo veo con mi mirada de ¿neta? pasando por un elegante seriously? hasta llegar a niveles extremos de no pi*** ma***.

Una vez que pasó el trago amargo, procedo a pensar que no estuvo tan mal la ausencia de la llave porque dormí más cómoda o la pérdida del vuelo me permitió comer tranquila, pero, aun así, ¡qué ganas caray!

Si es real o no, no lo sé y no planeo averiguarlo, solo sé que se da la casualidad que en días así pasan cosas que es más fácil atribuirlo a ese Voldemort que nos acecha, pero también es una etapa que se desbloquean correos que esperabas desde hace varias fases en retrogradación o sorpresas como boletos para un concierto y un vestido ladylike de esos que hace muchos años quería.

Sea lo que sea, revisar todo, dos o tres veces, no está por demás.

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Fatima Jaoui

Gorda Forever

Recuerdo a un médico al que fuimos a ver para mi hermana menor en París. Vine como asistente de viaje y también como traductora de mi madre por si había algo que ella no podía entender. Ese día no era yo quien iba al médico, así que se suponía que no debía hablarse de mí de ninguna manera.

Tengo esta imagen de mí misma yendo varias veces al baño del hospital para dejar fluir mis lágrimas calientes de la después de una humillación pública en la sala de espera.

No recuerdo exactamente las palabras que me dijo el doctor. Pero me habló de tal manera que me sentí la peor persona del mundo por mi apariencia.

El doctor no me conocía, no sabia nada de mi dieta ni nada sobre mí, pero su bata blanca le dio el poder de socavar la frágil confianza que tenía en mí misma.

Hasta el día de hoy, recuerdo lo emotivo que fue. Probablemente porque pasé de un estado de niña feliz a un estado de vergüenza en una fracción de segundo. Este maldito doctor apagó la luz que quemaba en mi corazón.

En mis recuerdos, mi madre estaba del lado del médico o al menos nunca dijo nada.

Creo que la razón por la que rompí a llorar fue cuando mi madre dijo algo como

-deberías escuchar al médico si no quieres explotar o convertirte en una patata-

Mi madre no domina el francés, pero claramente domina un lenguaje hiriente y vergonzoso.

Recuerdo el sentimiento de culpa y la sensación de que la estaba avergonzando por tener el aspecto que yo tenía. Nadie trató de animarme después de que este médico me avergonzara violentamente en frente de todas la personas en la sala de espera.

No merecía ser tratada de esta manera por un hombre adulto que creía que mí grasa era blanco para menospreciarme.

Hasta el día de hoy, he estado luchando con mi peso. Nunca me sentí 100 por ciento segura de mi cuerpo.

Estoy realmente enojada con los trabajadores de la salud por su gordofobia y sus comentarios hirientes y no solicitados hacia mí mientras crecí.

Prefirieron que pusiera en riesgo mi salud antes que quedarme como una persona gorda y saludable. Las cirugías que te ofrecen para adelgazar son peligrosas y no siempre exitosas.

Mi última terapeuta me dijo que quererme como soy ahora es como aceptar que no voy a perder el peso extra. Por supuesto, ella no niega que tengo valor solo por respirar, pero todavía me dijo que fallaré si no pierdo peso. Como si estar delgada fuera un éxito en sí mismo. Pero ella es humana y su gordofobia se apoderó de ella cuando yo estaba cuestionando esta búsqueda de toda la vida de tratar de perder peso en lugar de simplemente amarme y seguir adelante.

El otro dia fue el día contra la obesidad, al menos en Francia y, escuché a un periodista decir, que la obesidad mata a tantas personas al año.

Lo que no está diciendo es que no es la obesidad lo que mata a la gente. No te mueres por estar gordo ¿no?

De lo contrario, todos los gordos estarían muertos.

Se olvidó de mencionar cómo los profesionales de la salud tratan a los pacientes gordos y cómo su equipo no está adaptado a nuestro cuerpo.

Mucha gente gorda se aísla tanto por cómo la sociedad los trata hasya el punto en que nunca van a ver a un médico a menos que se estén muriendo.

 ¿Por qué ?

Pues porque los médicos los señalan y ellos se avergüenzan y les piden que bajen de peso incluso si la consulta fue por dolor de garganta.

Esos comportamientos tienden a dejar que los pacientes obesos no sean diagnosticados por enfermedades temprano. El diagnóstico llega demasiado tarde y pues las enfermedades han avanzando.

No nos toman en serio y la única solución a nuestros problemas es “perder peso”. Quiero decir que es de conocimiento común que los pacientes con un IMC (Indice de Masa Corporal) normal nunca se enferman.

Hoy, quiero abandonar la dolorosa conquista del cuerpo aceptado en publico. Hoy quiero vivir mi vida sin miedo. No va a ser facil y sigo desaprendiendo cada dia. Estoy cansada de esconderme y hacer todo para que gente intolerante acepte mi existencia.

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Gerardo Sánchez Trejo

Mi experiencia en el AIFA

No puedo decir que viaje mucho en avión y tampoco que viaje poco, pero es una realidad que pertenezco al reducido porcentaje de mexicanas y mexicanos (30%, según una encuesta de Parametría del año 2017) que han tenido la oportunidad de subirse a un avión al menos una vez en su vida.

En particular, hace unas semanas volé a la Ciudad de México desde Mérida, Yucatán. Para ser más precisos, tres días después de su inauguración oficial, aterricé en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, el cual ha comenzado a denominarse en el vox populi por su acrónimo de AIFA. Llama la atención lo rápido que ha abandonado su denominación coloquial como Aeropuerto de Santa Lucía, posiblemente, como una estrategia para desvincularse de la base área militar del mismo nombre.

Poco ya se habla de aquellas fotografías fuera de contexto en las que se mostraba una supuesta terminal de pasajeros del tamaño de una nave comercial o de las propuestas de logotipos para el AIFA. Ahora que el aeródromo se encuentra en funcionamiento, las críticas se han centrado en aspectos triviales tales como el escaso número de vuelos diarios, las pocas opciones de transporte y la falta de servicios dignos de una terminal de pasajeros para vuelos nacionales e internacionales (todo lo anterior con altas posibilidades de resolverse positivamente).

Ingenua e impulsivamente, y por estar en un lugar tan controvertido en la esfera pública, el día de mi primera visita al AIFA compartí en mi Instagram personal (@gerosanchez) una serie de historias con fotografías del aeropuerto, que después derivo en un muy breve texto sobre mi experiencia, el cual publiqué en mi perfil de Facebook. Como se podrán imaginar, esa publicación generó una alta polarización de opiniones que desvirtuó la experiencia y opinión de un pasajero, y la llevó hacia la arena de las ideologías políticas (algunas muy fundamentalistas y riesgosas para el sano intercambio de ideas); pero que, por otro lado, generó una invitación para compartirla en esta columna de opinión.

Dejo a un lado posturas políticas e ideológicas para compartir esa experiencia. Busco darle nuevamente la oportunidad para que permita intercambiar puntos de vista en un terreno donde el diálogo permita discutir tanto los beneficios de una obra de esta magnitud como también criticar sus áreas de oportunidad. Sin más…

Ayer aterrizamos en el AIFA como usuarios

A raíz de las fotos que he compartido en mis historias, muchos me han preguntado sobre qué me pareció el AIFA. Si pudiera sintetizar en un solo párrafo, comentaría lo siguiente: el AIFA es un aeropuerto inclusivo. Se percibe que los espacios interiores y exteriores fueron diseñados y hechos pensando en todos: i) para los que viajan mucho; ii) para los que viajan; y iii) para los que nunca en su vida han viajado en avión (como el 70% de los mexicanos). Hice las fotografías de la manera más honesta posible y en un tiempo razonable para no madrugar allí; también, tendré que conocerlo de día.

No busqué indagar ni enfocarme en trivialidades tales como encontrarme con el Santo en la puerta del baño o los souvenirs del presidente. Así es, el AIFA tiene un Starbucks; y sí, también se puede llegar en Mexibús y próximamente en Tren Suburbano. Y si todo sale bien, Uber y DiDi podrán ingresar al aeropuerto después de tramitar sus permisos. Como precedente, en el aeropuerto de Mérida no pueden ingresar a recoger pasajeros.

En lo personal, el AIFA me gustó mucho.En gustos se rompen géneros; habrá a quienes les parezca de mal gusto ver a Blue Demon en la entrada del baño, y habrá a quienes no les importe esto mientras el aeropuerto les permita viajar de manera funcional, accesible y cómoda.

(P.D. La cafetería con el logotipo de la sirena no me pagó por la mención ni la 4T por la reseña)

———

P.D. 2. Feliz día de la infancia.

La infancia es la vía real por la que mejor se conoce un país.

En el fondo, no hay otro país que el de la infancia.

–Roland Barthes

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Fatima Jaoui

La visita mensual durante el mes sagrado

Es Ramadán y mi familia ayuna y yo ayuno también por solidaridad más que por convicción. No me voy a quejar de las tareas asignadas por género y los platos sin fondo en la cocina, aunque es un tema real. Este mes, mi reto es que tengo que vivir los disturbios emocionales que traen mis periodos y las reuniones familiares. No puedo recordar una menstruación que no me doliera como el infierno.

Una vez vomité en la calle.

Una vez me salté la clase, tomé el autobús sin validar el ticket debido al dolor pues caminar quince minutos hasta casa me resultaba imposible.

Una vez al llegar al trabajo apenas entré salí por la misma puerta por no aguantar el malestar.

Sumándose al dolor, el mundo, las noticias y la gente todo se vuelve insoportable. Tengo tolerancia cero y evito las interacciones tanto como puedo.

Pero es Ramadán y me mudé de regreso a casa de mi madre, así que realmente no tengo ese lujo de auto aislamiento o confinamiento disponible.

Me siento al límite cuando se discuten ciertos temas. Cada Iftar, la comida nocturna con la que se rompe el ayuno, me trae recuerdos nada positivos de mi casa.

Así que los períodos realmente no ayudan y en este contexto agregan más que nada, sesación de fuego. Me siento como un adolescente rebelde que está a punto de gritar si le presiona el botón equivocado.

Para mí, el hambre no es problema cuando el síndrome pre menstrual me hace sentir todo cien veces más fuerte. Mi mente se pone muy ocupada. Es como revivir mis sufrimientos pasados ​​con gafas VR.

Tener ciertas conversaciones difíciles cuando soy emocional no es lo mejor. Pero a veces esas conversaciones deben comenzar de alguna manera y, por mucho que odio mis períodos, su audacia me ayuda a sacar algunas cosas de mi pecho. Y un buen llanto hace más bien que mal.

Ramadan Kareem a mis hermanas y hermanos que viven algo similar.

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Alba Miranda

Rompido

Tengo muchas pulseras, las cuales tienen vida propia, porque de pronto deciden romperse y despedirse de mi delgada muñeca derecha, casi no uso de lado izquierdo, con excepción que me vista de largo y dejo el reloj para extender la noche de baile entaconada.

Esta semana se rompió una blanca que me regaló mi tía Tere, hace unos meses la morada que me hizo mi tía María y hace un mes, mi taza favorita, estaba ella muy tranquila secándose, cuando de pronto se cayó y se rompió.

Era una taza alta, esbelta, blanca, con una llama con gafas y un mantra para comenzar las mañanas con café:

NO DRAMA

LLAMA

Y de la nada decidió que su tiempo conmigo había terminado, lo mismo que la taza morada con blanco de NYU, la roja preciosa de la IBERO y ahora la de la llama, que decidió irse a tomar el sol a otro lugar.

He llegado a romper puertas de cristal (indirectamente) y de alacenas (aún no sé cómo pasó), una cantidad de vasos y platos que no llevo la cuenta, por eso mi vajilla es la del súper más cercano.

Antes pensaba que yo era la torpe, pero no, son las cosas que de tanta energía que una deposita, dicen hasta aquí y se dejan ir, se rompen.

Y así aprendo que nada dura para siempre y que todo va y viene, como la taza de llama que en un momento de necesidad de shopping de cosas que no necesito, compraré.

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Paulina Sabugal

Los adultos también lloran

A Mario, que está por llegar

Cuando era niña pensaba que los adultos no lloraban. Que en gran parte era eso lo que significaba ser “grande”: dejar de llorar. Ahora, heme aquí que lloro en medio de una clase de yoga para embarazadas. Tú, te mueves. ¿Me escuchas llorar? ¿Escucharás lo que pienso? Y pienso en todo lo que te quisiera decir y no te digo por miedo a que sea poco o mucho o simplemente innecesario. De pronto dejo de llorar para hacer un último saludo al sol. No se puede llorar y hacer yoga al mismo tiempo. Termina la clase. Afuera se asoma el sol. Se siente el perfume de la primavera suspendido en un aire aún invernal. La gente se prepara para el verano y para quitarse el cubre bocas como una mujer ansiosa por llegar a casa para quitarse el brassiere, los zapatos, las medias. Enciendo la radio. Hablan de guerra. Tú te mueves. Yo lloro. Poquito. Así como lloran los adultos para que los niños no los vean. Para que crean que no lloran. Que son fuertes. 

Este texto es para ti. Es un texto que no dice nada o más bien, que dice sólo una cosa: los adultos también lloran. Son menos valientes que los niños e intentan llorar a escondidas porque se avergüenzan. A veces hay motivos para llora y a veces no. A veces se llora y basta. Como ahora que lloro por dos años de pandemia, por una guerra en donde niños de dos años no pueden celebrar su cumpleaños por culpa de una bomba, o porque tengo hambre y no encuentro las galletas que eché en mi bolsa. Así de absurdo es este mundo de los adultos anti lágrimas.

Tú, mientras tanto, te mueves. Navegas. Te deslizas. Me mandas mensajes en clave morse que no logro descifrar porque no sé clave morse. Te imagino en un barco. Imagino que surfeas sobre olas gigantes que se forman dentro de mí y que me provocan dolores inimaginables. Lloro. Esta vez un poquito más fuerte dado que nadie me ve. Sólo tú me escuchas. Te hablo. Te hablo de virus y de países que no se ponen de acuerdo. Te digo que esperes un poco más a llegar a este mundo complicado y difícil pero que al mismo tiempo tiene el sol, las flores rojas y los gatos. Que te voy a llevar al mar a navegar más allá de mi útero. Que eres bienvenido. Y que podemos llorar juntos, si quieres, aunque seamos grandes los dos. Aún cuando seamos adultos y la gente nos mire.

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Paulina Ovando Collado

Ko’one’ex baaxal A’al: Vamos a jugar hija

Era una tarde calurosa, todavía no llegaba la primavera, pero el calor ya se sentía, eran casi las seis de la tarde; a las seis si no había una emergencia o si no teníamos algún cometido especial podíamos salir a la vida, nuestra vida. Ahí estábamos en la oficina matando los últimos pendientes la nueva administradora y yo, que en ese tiempo fungía como gerente operativo de un hotel. De improvisto como suceden las emergencias, llegó una mujer a la puerta de las oficinas, bañada en lágrimas, fuera de sí, completamente desorbitada y le urgía hablar conmigo. De inmediato, intrigada y dispuesta a escuchar a esta mujer entramos a la oficina para poder hablar en privado.

La mujer era la esposa de Ricardo, uno de los cuidadores del hotel. Era un hotel no muy grande, pero el terreno necesitaba cuidados y mantenimientos diarios, por lo general había dos personas encargadas del cuidado de la propiedad.

Ricardo era un hombre muy participativo de las tareas que le correspondían, siempre las realizaba a tiempo y su peso no parecía impedírselo, además mantenía su cuarto en la casita del staff limpia y en orden, y le gustaba cocinar, era un gran elemento. Es más, en ese momento era un empleado extraordinario. Llevaba un mes entero en la casa, había pospuesto su descanso. ¿La razón? Nos era desconocida. El antiguo encargado de la administración acababa de renunciar y había acordado ese descanso días antes. Generalmente coordinábamos los descansos de ambos cuidadores en fechas diferentes de acuerdo a sus necesidades para que disfrutaran de su tiempo libre y de sus familias, así que en ese entendido todos nos veíamos beneficiados, o eso creíamos.

La hija de Ricardo tenía 6 años y estaba por cumplir siete. Era una niña muy sonriente, dijo su madre.  Y siempre estaba dispuesta a hacer todo lo que pedían en casa. Cuando Ricardo regresaba, ella lo ayudaba a cortar sus uñas.  Amaba a su padre. La madre repetía incansablemente que él era un buen hombre y quería a la niña, y a ella.  La mujer temblaba y con la voz entrecortada al mismo tiempo decía que su madre y su hermana querían meterlo a la cárcel.

Yo parecía no estar entendiendo nada. ¿Por qué la niña tendría que ayudar a cortar las uñas de Ricardo? ¿Cómo lo hacía? ¿Por qué la abuela y la tía querrían encarcelar a Ricardo? Corrieron preguntas como lágrimas.

 Yo amo a Ricardo, es un buen hombre y un buen padre y cuando regresa a casa él sólo necesita que la niña le ayude a cortar sus uñas de los pies. Ricardo se recuesta en la hamaca y no se alcanza, porque su estómago abultado no se lo permite, por esa razón le pide a la pequeña que lo ayude. Ella se sube a la hamaca y se sienta encima de él, entre sus piernas, le da la espalda y así le corta las uñas; luego, cuando termina se quedan acostados un rato o juegan y él le hace cosquillas con sus dedos. Y a la niña le gusta.

Esa misma noche terminamos en la fiscalía. La esposa de Ricardo no podía tener miedo. No podía seguir solapándolo. Ella debía denunciarlo, así como la abuela y la tía deseaban hacerlo. Ciertamente se venía una avalancha para ella y su familia, pero los abusos debían parar. Nadie podía denunciar a Ricardo más que ella, la esposa y su familia, los testigos directos. Se abriría una investigación y tarde o temprano Ricardo pagaría con su libertad. Ahí estaba yo intentando abogar por esa pequeña niña.

 La mujer entre lágrimas y explicando su situación al fiscal en turno encontró su respuesta, ella amaba a Ricardo sobre todas las cosas y  no quería perderlo y ahora que había escuchado de la fiscalía lo que le sucedería si alguien lo denunciaba estaba más segura que antes: él era un buen padre y era su hombre y ella lo protegería. Nunca se secó las lágrimas y tampoco firmó la declaración.  La resolución en el hotel fue contundente, Ricardo sería despedido de inmediato.

Hay noches tristes, largas e incomprensibles.

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Fatima Jaoui

Este interminable día de marzo

Cada 8 de marzo es un ritual para los servicios de comunicaciones. Una vez, mi ex jefa sugirió que deberíamos celebrar a todas las mujeres en la oficina tomando una foto de las que estaban allí ese día. Esto no fue sin contar los comentarios posteriores de colegas masculinos que susurraron: «Todos deberían aparecer en esta foto si realmente queremos hacer lo correcto. »

¿Haciendo lo correcto? ¡Qué idea tan brillante! ¿Por qué los hombres nunca intentan hacer lo correcto el resto del año?

Qué forma más curiosa de emocionarse por la exclusión de hombres una vez en una foto. Nunca los oigo indignarse cuando los jefes de Estado desairan al presidente de la Unión Europea. O incluso corregir a estos jefes de Estado diciéndoles: “Escuche señor, acaba de pasar por delante de la Presidenta de la UE y ella es la que debe sentarse en esta mesa. » Tan simple y, sin embargo, nunca sucede. Todos los días los hombres eligen a los hombres consciente o inconscientemente.

¿Por qué tanta emoción por una pobre fotito en Twitter que nunca vencerá al patriarcado? Pero nunca por los asaltos y marginaciones diarias. Jamás les veo limpiar la cocina común de la oficina, jamás piden que haya mujeres presente en las reuniones cuando sólo hay hombres. Jamás defienden a las mujeres víctimas de sexismo ordinario en estas reuniones. No les incomoda saber que a sus colegas mujeres les pagan un sueldo menor por el mismo puesto que tienen ellos .

Cuántas historias de sexismo tenemos que relatar antes que se dan cuenta de la situación. Las mujeres tienen esta doble pena de vivir las injusticias diarias y de educar los hombres sobre estas injusticias, es casi como vivir dos veces una misma vida. A los hombres que se sienten incómodos los 8 de Marzo, no se preocupen, sólo dura 24 horas y después pueden vivir sus privilegios de nuevo en sus salas de reuniones. 

Mensaje para las mujeres: Hermanas, por favor, jamás paguen o comparten la cuenta al fin de la cita. Gracias.

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Nofret Hernández Vilchis

Otro 8M, el primero sin ella

Por más esfuerzos que hice, no logré recordar como pasé el 8M y el 9M 2021. Sólo recuerdo haber seguido la marcha por redes sociales. Esos días del marzo de 2020 los recuerdo muy bien, marché en domingo y me uní al paro el lunes. Fue bello marchar con mis amigas y después darme un día de descanso, verdadero descanso. Sólo existí en el aquí y el ahora a lado de mi hermana. No revisé el celular en 24 horas, no prendí la computadora más que para poner música de mi disco duro, no pensé en comprar, llamar, recibir, atender, cumplir. Me consentí y eso fue todo. A la semana nos confinaron a causa del Covid y nuestra forma de entender y relacionarnos con nuestro entorno cambió.

Y después de sobrevivir al primer año de pandemia invictas, llegó el 2021; llegó de su mano la muerte, nos visitó dos veces y a ella se la llevó en marzo. No fui a marchar porque no estábamos vacunadas; seguramente hice una especie de paro, no di clases, pero tampoco pude desconectarme como antes. No puedo recordar más que la preocupación de saber que el cáncer la estaba consumiendo; aunque no supiera ni qué cáncer era, aunque me negara a aceptar la gravedad del asunto, aunque ella se mantuviera en pie como un roble, se consumía ante mis ojos, poco a poquito cada día de ese marzo 2021.

Este 8M 2022 me encuentra más sola y adulta, no me atrevo aún a tomar el transporte público porque los lugares cerrados y el Covid me causan un poco de ansiedad. No pude hacer el paro completamente el 9M porque ahora vivimos pegados a la pantalla y con más trabajo que antes porque se trabaja desde casa. A dos años de la pandemia debemos acostumbrarnos a un “nuevo mundo híbrido” en el cual la mitad del tiempo es virtual y la otra mitad del tiempo vamos reapropiándonos de los espacios públicos que nos fueron vedados por el bicho; acostumbrándonos a las ausencias presentes de los y las que se fueron antes de la pandemia, a causa del virus y a causa de la pandemia.