Monthly Archives: Julio 2015

Mujeres

Me intrigan y me gustan las mujeres. Creo lo anterior porque soy inmune a ellas, no pueden herirme en la peor forma que conozco, el desamor. Así que puedo acercarme a verlas de cerca y a lo lejos. Me intrigan y me gustan porque siempre me pregunto si acaso algún día me veré como yo las veo a ellas, hermosas, inteligentes, cambiantes y estables; contundentes. Sólo las extrañas me producen esa fascinación, mis amigas son en las que me reflejo y por lo tanto no me evocan tal intriga. Las mujeres desconocidas, aquellas que me sorprenden por femeninas son las que me deslumbran porque dentro del remolino logran lo trivial. Se  pintan uñas, se ponen crema, huelen a perfume o a talco, si hace calor usan falda, visten telas ligeras, se ponen pulseras o collar, varias usan anillos. Todas están despeinadas por lo que va del día, se dejan libre el cabello. Sudan. Se pintan los ojos, se tatúan la espalda o usan tres piercing. Van comiendo una galleta por la calle.

Yo me siento ajena.

No me pinto las uñas, mis piernas se pegan entre ellas, no uso collares tampoco perfumes o talcos, apenas y me pinto la línea de los ojos y mi maquillaje es mi bloqueador de sol. Pero soy mujer.  ¿Qué es lo que nos vuelve ‘femeninas’?

¿Por qué veo ese ‘femenino’ en ellas y no en mí?

¿Cómo se resuelven?

Me gustan las mujeres porque me gusta imaginar que  ese torbellino a lo lejos, desde afuera, admirada por otros, también soy yo.

Taza roja

Tengo manías como no repetir aretes, zapatos y color de ropa, dos días seguidos.

Si uso anillos tienen que estar en equilibrio, es decir, en los mismos dedos en ambas manos.

La pluma azul hecha de botellas recicladas es un capricho post-maestría, entraré en crisis cuando la descontinúen.

Si me levanto muy temprano para escribir un ensayo o un texto que quiero salga lindo, tomo café en mi taza roja, las otras las uso para leer, trabajar de noche y disfrutar del domingo.

Esta taza llegó en momentos de tesis, trabajos y de no saber otro camino más que el de la biblioteca y si pudiera la llevaría conmigo a todos lados, pero no, porque siento que se le puede acabar su poder supersticioso de escribir claro y bonito.

taza roja

Vida en tren

De chica viajé y dormí una vez en un vagón de tren. No logro discernir el tiempo que duró el trayecto pero recuerdo haber cenado y dormido para despertar en lo que en ese entonces era la ciudad de la abuela.

Nunca más hasta la adolescencia me volví a subir a otro tren.

La segunda vez que puse un pie en un vagón lo hice en otro idioma y me equivoqué pero no representó nada grave más que haber subido una maleta el doble de pesada que yo a un vagón y a una hora equivocada. De chica tampoco frecuentaba los vagones del metro en los que normalmente se transporta buena parte de la adolescencia de las ciudades grandes.

Más bien, mi encuentro con los rieles se limitó desde un sofá a darle fin a la angustiosa vida de Anna Karenina, a ver cómo colgada de los tubos le salían estigmas a Patricia Arquette o a acordarme de cuando niña me estampé en la panza de un señor gordo en un vagón de metro por haberme soltado sin querer de la mano de la abuela.

Pero el salto cuántico lo di de adulta.

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Mi amigo europeo no entiende por qué le tomo fotos a los rieles

-En México sólo hay autobuses

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Cremona es una ciudad famosa en el mundo por dos cosas, la industria y la laudería; yo agregaría por su gente larga y blanca y demasiado bien vestida con mirada despectiva de Silvana Mangano.

Cremona es la ciudad donde nació Minna, Cremona es un pueblo a donde va la gente de distintas partes del mundo a aprender a hacer cellos y violines,  Cremona es la Italia norteña que no viene en los libros de idiomas y a la que tampoco le enseñaron a tratar con el turista.

Perderse entre trenes regionales y haberlos tomado todos a tiempo tiene su mérito.

El mérito de aceptar la vergüenza de equivocarse de país por tomar el tren equivocado también es digno de alabarse.

Uno no se gradúa en trenes sino hasta que insiste en preguntar con la lengua a maromas al controlador de boletos el destino final de un tren cachado a última hora tres veces seguidas.

-Friburgo, Alemania. Cierto? (X3)

-La señorita está nerviosa. Le respondió el croata que me llevó de la mano en inglés durante el trayecto de 30 minutos de Basel a Friburgo.

Pantalones blancos

-¿Estás loca?

-¿Ah?

-El cielo se cae y tú con pantalones blancos.

Sí esa soy yo, mientras mi hermana entra en crisis porque tuve la osadía de usar un color prohibido en temporada de lluvias. Corrección. En un verano que puede amanecer “soleado” y luego convertirse en un día de invierno para terminar con una imagen a lo “Jumanji” cuando están en el Amazonas.

Claro que sabía que se iba a caer el cielo, pero los pantalones estaban ahí, colgados, esperando a ser usados. Ya demasiado negro y jeans.

Creo que los pantalones sobrevivieron a las manchas de lodo, a la lluvia que a veces puede ser tóxica e incluso al café que tomé casi parada.

Pero no pasaron la mirada reprobatoria de mi hermana y de otras mujeres que seguro pensaron que no había visto el cielo. Miradas así, también suceden cuando alguien usa gafas en un lugar cerrado. Me declaro también culpable. Mis lentes de sol tienen aumento por lo que veo mejor, y a quien engaño, el misterio a lo Holly Golightly sienta de maravillas de vez en cuando.

Ahora pasadas las 12 de la noche y sin lluvia, pienso en los pantalones blancos que terminaron en el cesto de la ropa, ahí tirados. Debería volver a usarlos, esta vez con tacones y una blusa divina, darles su lugar, como forma de agradecimiento; pero uno de mis issues existenciales es que no repito color, jeans y menos aretes, dos días seguidos, no, no, no.

Así que escribo esto para agradecer a algo inerte pero con color.

Rojeidades de la mano

Me gusta más escribir con las uñas pintadas, de preferencia con un rojo llamado “pucker up”, así seduzco al teclado y el resultado puede ser tan beneficioso como una one night stand (crónicas para este blog) o una relación más larga (mi tesis de vestidos).

Pero tengo un problema, mis uñas de las manos son espantosas, parecen espátulas y crecen sin ton ni son. Y el dato curioso: no puedo con la lima, me molesta su ruido; pero si voy al manicure, lo soporto, respiro profundo y pienso en lo divina que me veré en la fiesta.

En cambio las uñas de mis pies son perfectas, en comparación con las que salen más a público, pueden durar semanas y se ven muy indecentes antes de entrar a la ducha, de puntillas porque el piso está frío.

(Chicos, cuando vean a una chica con lindas uñas, no está de mal hacérselo notar, a veces corre un poco de sangre y es un arte de malabarismo que el color dure.)

Mientras escribo esto, mis uñas están desnudas porque no sé si mis actividades lo merezcan y siempre pienso en lo que haré al tercer día de estar pintadas, que es cuando la desnudez decide resucitar, el color se descarapela y el look desarreglado “casual” de Kate Moss o Courtney Love, es un reto, entre el cabello sin preocupación y los pantalones de cuero que aún no encuentro.

Podré estar flaca como la Moss y cantar “Malibu” en el auto en un viernes de clásicos de Reactor, pero mis uñas siempre serán la falla de origen que si volviera a nacer pediría una mejora.