Monthly Archives: Agosto 2015

W.E.

Nosotros es una palabra comprometedora.

La primera vez que uno la escucha en boca de otro y eso nos incluye en sus planes o vida, la tierra tiembla.

Wallis Simpson y el Rey Eduardo VIII encadenaron alegrías y desgracias en un  indisoluble W.E. y se arrastraron juntos hacia las dos direcciones que la palabra promete: amor y odio con todo y derivados.

W.E. (Sin posibilidad de huir)

Emma Recchi

Hay mujeres que saben usar una bolsa no sólo de diseñador, sino que lleva el nombre de una leyenda como la Birkin Bag, nombrada por Jane Birkin, quien necesitaba un objeto que le permitiera cargar con todo. Otras que saben peinarse, un moño francés o un buen cepillado y voilá! Y no faltan aquellas chicas que desde sus once años los viernes por la tarde una señora las visita y les hace el manicure y pedicure en la cocina.

Pero existen las que saben hacer todo eso y no por el papel que tienen que actuar dentro de una película italiana, sino porque ellas nacieron para dirigir banquetes, no para cocinar, ellas fueron educadas para afirmar o negar con la mirada y saber cómo hacer una entrada triunfal y no un fashion and be late, ellas se desmaquillan con Chanel.

Puede que no hayan heredado las perlas que la abuela compró en su último viaje a Mallorca, que usen el bisonte a escondidas de la sociedad porque ya no es políticamente correcto o que sueñen con entrar en el vestido de novia de sus madres a pesar de las fatales hombreras y nunca más vueltos a existir 58 centímetros de cintura “cuando tenía tu edad”.

A veces es el sonido de unos stilettos bien pisados, otras ocasiones es un perfume con un buen fijador y la mejor de todas es cuando sale un “querida” acompañado por una sonrisa.

Ellas son mujeres de mi casa, de la calle y de la tele.

De vez en cuando…yo también soy una de ellas.

Un perfume de Guerlain hecho polvo y humedad

Te miras, te criticas y te escondes. Cierras la puerta y respiras, ves alrededor y estás sola.

Vuelves a observar y hay objetos que conocen lo más profundo de la boca, los olores íntimos, las nuevas arrugas y las viejas estrías. Un espacio de prisas mañaneras, pero con noches que merecen un ritual. Un esmalte rojo, la enagua con encajes de la última visita a París, una calada más al cigarro y lista para aparentar que no hay dolor, sólo seducción.

Curiosear en lo ajeno es como espiar y revolver el lugar por el que se pasea —sin permiso— la mirada. Es un deambular de las manos entre cajones que seguro el tiempo les creó una maña segura en de caso que quisieran ser abiertos.

Hay espacios privados de ensueño, que merecen un ritual cada vez que se entra, como el vestidor con zapato-anillo de compromiso de Carrie Bradshaw del programa Sex and the City.

Paloma Picasso, a eso olía mi abuela, y al parecer todas las señoras de San Ángel que ahora tienen más de 80 años. Aquellas damas que bordean los casi cien, deben dejar su rastro de Shalimar de Guerlain, el mismo que usaba Frida Kahlo, sólo que el de ella tenía otros componentes: tabaco y hospital.

Para saber cómo fue alguien es necesario hurgar, meterse donde no es debido, en lugares donde la presencia no sólo se siente por el espacio en sí mismo, sino por el dejo de su olor entre hilos y telas.

Frida Kahlo midió 1.70, fue delgada, con senos redondos y firmes; también vistió de una forma en particular, llevó una moda, un estilo personal, el cual fue más allá del simple vestir, ya que trató de llevarnos a su sentir, a las emociones que la hicieron usar faldas, huipiles, batas o retazos de telas hechos a su parecer.

472 objetos fueron clausurados después de la muerte de Frida. En 2004, se decide abrir el baño con el secreto indumentario más preciado del sur de la Ciudad de México, en la Casa Azul de Coyoacán, también conocida como el Museo de Frida Kahlo.

Cruzar el marco de la puerta y respirar un aire atrapado de un búnker que escondía colores y blancos, tuvo que ser como entrar a los recovecos de lo más íntimo en el lugar más íntimo de una casa: el baño.

Aquél es una zona limpia donde sacas lo más sucio de ti, un espacio en el que sucede una metamorfosis con tan solo el contacto de tu cara con el agua.

Pero en el baño de la Casa Azul hace 10 años pasó un no sé qué, con las personas que entraron después de cincuenta años de encierro entre el polvo y la humedad.

Locos del pueblo

Una vez conocí a dos locos de pueblo que se perseguían uno al otro con armas ficticias. Lo mejor vino cuando llegó la hora de la boda en medio de la Sierra, las luces de baile y la banda en las bocinas aturdían todo menos a los dos locos que corrían igual pero ahora con cerveza.

Se herían con chasquidos y sombras de manos que dibujaban disparos de vaqueros entre el frío, la fiesta y el cielo tupido de estrellas; se les veía cabalgar, se les veía estallar la risa en el vaho, los traicionaba el enojo y el desenfado de enredarse entre los invitados, tiraban sillas y desaparecían tras las casas reapareciendo sólo para seguirse hiriendo en una muerte eterna entre personas que celebraban.

Y ahí estaba yo, limpia, separada de todo, enfundada en unos jeans nuevos-intactos, color rosa pálido de pana, suéter de lana a rayas y una falta de ganas de estar ahí. Pero los locos me divertían en la típica postal del México rural del siglo antepasado. Observaba de lejos recargada en el coche y fumando nubes.

-Mira, sí es verdad que siempre hay dos locos de pueblo

Una “leve desviación” de carretera entre amigos se convirtió en tres días de boda celebrada en algún lugar de la Sierra Norte de Puebla. Ahuacatlán, donde “crece el aguacate” refresca con ese mismo fruto las bocas sudorosas de picor con el que cocinan el mole negro para la celebración de bodas, bautizos y demás fiestas importantes.

Los tres platos enteros de mole que comí, los acompañó de ley un aguacate de cáscara fina que hacía las veces de vaso de agua porque naturalmente agua no había.

Es para que te lo comas con todo y todo y sólo dejes el hueso- dijo uno de los sombrerudos que me vio tan callada porque yo, la invitada incomprendida no podía con que no hubiera algo que no picara en algún lugar de esa casa o del pueblo, ni tan poco concebía cómo y de qué modo tan inusual el uso de las cosas ahí, eran siempre otras.

Las tortillas de maíz negro eran cubierto y servilleta, las ropas enlodadas se usaban en el campo y en la boda, la cerveza fría o caliente era lo mismo que un vaso de agua, los totoles eran mascota o cena, los huapangos se tocaban, cantaban y bailaban en la sala, en la cocina, en el comedor o en el patio. Siempre, con la misma enjundia.

Esa ambigüedad que rehusaba poco a poco me fue envolviendo.

Con esos jeans rosas fui a la boda y fui al campo, bailé huapango en la sala y en la cocina, me los quité para nadar en el río, me los puse para huir del torrencial, me escondí en el gallinero, me los quité para tallarme mezcal en el cuerpo para no enfermar y me los volví a poner ya secos para calentarme con ese mismo alcohol.

Sin darme cuenta los locos me envolvieron, para el tercer día ya no quería irme de ahí.

Olores que no recuerdo

Estoy en el auto y de pronto quiero recordar un olor, el de una muñeca que estaba en el estudio de mi abuela. Una nena con el cabello rojo y rizado, creo que tenía un sombrero y seguramente un vestido. Estaba guardada en un mueble de cristal. Sacarla era un arte. No recuerdo haber jugado con ella, sólo la olía. No quiero la muñeca, quiero recordar la esencia, quiero ver a mi abuela.

Llegar a casa

Para subirnos a un autobús basta levantar una pierna, la derecha o la izquierda y subir el pequeño peldaño que nos coloca dentro del transporte; con un poco de prisa depositamos una moneda en la mano del conductor, esperamos el cambio, escaneamos rápidamente el interior y detectamos un asiento y nos dirigimos hacia él. Para pasar tranquilos el trayecto nos colocamos los audífonos, volteamos por la ventana y nos arrullamos con pensamientos hasta bajar en nuestra parada.

Lo difícil es alcanzar al autobús, correr bajo la lluvia para alcanzarlo, evadir los charcos que nos llegan hasta los tobillos, soportar que los autos nos salpiquen el agua de las calles, que las bicis no nos atropellen. Lo trabajoso es que el metro llegue a tiempo para hacer la escala y que en el trabajo las horas pasen lo suficientemente largas como para que no nos importe el haber olvidado el paraguas y por fin estar fuera de la oficina aunque sea así, mojados, cansados y con hambre. La recompensa será un asiento libre en el autobús.

Estar sentados dentro de un autobús mientras afuera llueve y adentro está calientito, el saber que tarde o temprano llegaremos a cenar, a ponernos la piyama a meternos bajo las cobijas y a dormir es lo mejor que existe.

Lo peor es saber que por la lluvia el autobús se va a llenar a reventar, que tendremos que soportar las bolsas de las personas que van de pie en nuestra cara, que muchos confundirán nuestras manos sobre el tubo del asiento de enfrente, con el tubo del asiento de enfrente, y que tendremos que tocar sus manos que tocaron un “no sé qué” que nos llena de asco y que al racionalizar el pensamiento de odio sabemos que para el otro también nuestra mano le da asco y mejor la quitamos con cierto grado de arrepentimiento por sentir asco de haber tocado su mano por accidente.

Entonces nos levantamos con cuidado y abruptamente porque nuestra parada se acerca, esquivamos los cuerpos de los demás, sentimos sus ropas mojadas, nos despedimos del calor sucio que nos arrulló todos esos minutos de trayecto y nos recibe de nuevo el viento y la lluvia fría en el rostro. A veces así se llega a casa.

Roma tren