Monthly Archives: Octubre 2015

Cicatrices

cicatrices

Comenzaré de arriba hacia abajo.

Soy muy blanca y aún cuando me bronceo —una vez cada que nace un baby panda— se ven.

Solo si levanto mi cabeza se puede ver una línea que a mis siete años por querer ser igual que las chicas que practicaban gimnasia, yo también podía hacer una acrobacia en las paralelas y claramente no fue así. Lo único que hasta hoy puedo hacer es una media luna.

La típica de la vacuna sobre el brazo derecho, que cada vez que le pregunto a mi mamá le cambia de nombre y planea envejecer conmigo como marca de una generación que tuvimos vacunas de pistola.

Hay otras sobre mi cara resultado de una adolescencia marcada por unas uñas ansiosas que sólo querían apurar el proceso de crecer, y a veces, aún lo siguen haciendo.

Tengo varias de la varicela.

Unas que logro ver otras que aún no he descubierto.

En los dedos de mi mano derecha aunque no lo parecen por lo rayada que tengo la mano —dicen que significa que viajo y seguiré viajando mucho— tengo dos: una que me recuerda al frío de Nueva York tratando de prender la calefacción y otra de una operación que no recuerdo para qué fue, sólo que cuando me durmieron me preguntaron mis colores favoritos.

Y aquellas que detesto porque siempre estarán y jamás se irán, de pronto llegaron como un designio de ser mujer que no hace mucho ejercicio, pero igual las iba a tener.

Mis favoritas son las de los tobillos, esos huecos complicados para depilar (en mi mundo se rasuran los hombres, nosotras nos depilamos), que cuando se falla, sólo duele cuando se ve el hilito de sangre. No lo sé, pero misteriosamente desaparecen.

Venecia

Llegué a Venecia después de un viaje a Japón.

Un viaje de veinte días con fotos mías subida de peso que ya anunciaban la típica excusa a las amistades: aunque en Japón, más que engordar, en verano te hinchas de calor. ¡Ajá!

De cualquier forma fui a lo que en ese entonces era un local blanco semivacío y pagué para lo que según yo sería “subir y bajar las piernas cómodamente recostada”.

Error.

Error porque Venecia, tranquila flor de loto sobre una de las camas -cabello castaño, ojos miel y sonrisa de sol (guapísima)- hace de un dictado de sencillos movimientos un llamado a la disciplina.

Venecia de Jalisco pero con nombre de ciudad italiana, fundó en 2014 en la Ciudad de México, Mind Body Pilates en pleno centro de la Colonia Roma Norte.

En un inicio, con tan sólo cuatro camas de Pilates Reformer compradas a regañadientes por su familia, daba clases atrás de un local de ropa del que nunca imaginó acabaría siendo completamente suyo.

-Un día voy a tener un negocio como ese-

Le dijo a quien entonces la había introducido al trabajo de contadora recién trasladada al D.F. en el 2008.

Todos los que llegan a Venecia, al igual que la histórica ciudad, incrédulos al principio, cambian para siempre de parecer.

Venecia repite a cada uno que llega el cántico con el que secretamente le agradeces frente al espejo treinta días después:

En 10 sesiones, sentirás la diferencia,

En 20 sesiones, notarás la diferencia,

En 30 sesiones, tu cuerpo habrá cambiado.

Venecia, con un fuerte entrenamiento desde hace más de diez años en método Pilates y, como instructora de PMA (Pilates Method Alliance) hizo de una frase anhelante un local con más de diez camas Reformer, más de diez instructores y atiborrados clientes que pelean por una hora de sesión.

Venecia, como la ciudad, erigida sola es sin duda lugar de luz e inspiración para todos los que llegan a ella.

  • Para informes:

http://www.mindbody.mx/

https://www.facebook.com/pages/Mind-Body-Pilates-Studio/484180245043930

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Unos tirantes negros

El negro es básico, no es tan sencillo como el blanco y tampoco pasa desapercibido como el “color piel”.

Fui creada y educada para usar vestidos (mis piernas y mi clóset no mienten), pero esta ciudad no tiene ojos seductores en búsqueda de pasión, sino ojos macabros y sedientos de lujuria.

Hay un detalle que sobresale a la altura de mis clavículas, envolviendo a mis hombros como un listón, son delgados y se mantienen tensos, igual que yo cuando siento esa mirada en celo que sólo los lleva a la reverenda mierda.

Son de color negro porque me gusta combinar, aunque sea en el interior.

Y creo que me esperan varios años más de escuchar en voz baja “se te nota el bra”.

El sofá de tu casa

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Comencé ocupando parte de su terraza. Mantel, dos vasos y a conversar.

Antes museo, anchoas con pan y aguacate.

Después me senté en una banca sucia de donde me movió porque “levántate que está muy polvosa”

Con los meses dejé de sentarme ahí hasta que pude ocupar las sillas nuevas que compró para la terraza.

Al mismo tiempo descubrí el sofá.

Un sofá  en forma de ele perfecto para desplazarse de orilla a orilla, quedarse en sus esquinas por ratos y hundirse en algún sueño diurno.

Desplazarse por el sofá hasta quedarse dormido es una actividad de fines de semana. A veces, para descansar, existe el de enfrente de color blanco o el de rayas grises. Muchas sillas y lugares para echarse una cobija y reposar a ver sol, plantas y de nuevo a desaparecer.

Una vez alguien me preguntó que “¿a qué iba tanto a esa casa y por qué casi no salía?”

Una casa en la casa de alguien más.

Saber que hay un sofá que casi no se ocupa porque te guarda el lugar toda la semana es vacación cuando en la casa propia no se tiene ni sol ni plantas ni sofá porque aunque se tenga sol, plantas y sofá, las propias

nunca

sirven

para lo mismo.

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Esperar a un profesor

Vi pasar al profesor, iba con prisa y estaba despistado.

Él es un profe de lo que aceptan a seis tesistas y luego no saben qué hacer con ellos, con nosotros o conmigo.

La clase es a las cuatro pero son cuatro treintaicinco y somos solamente tres en el cubículo. Todos miran hacia otro lado excepto yo que a falta de computadora lo más que puedo hacer es revisar nuevamente en mis hojas los aciertos que desde hace quince días ignoro.

El coloquio es dentro de un mes y veintiséis días; el profe, parece, no se ha dado cuenta. Los cuarentaidós minutos muertos dan para imaginar.

-¿Tendrá esposa?

-¿En dónde dijo que hizo el doctorado?

-¿Ya te firmó esto y aquello?

 

Al cuarto para las cinco esperar así a un profesor es perseguirlo desde el aula.

4:54

 

-¿Y dijo algo?

-Voy a mandarle un whatsap

-Va a abogar por la autogestión.

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Copiar y crear

Escribo con letra imprenta como un acto de rebeldía ante la manuscrita que me enseñaron en el colegio, también porque era un indicio de que oficialmente podías considerarte alguien grande.

Durante el trance para encontrar mi letra pasé por muchas copias. Que si la letra era más gordita, que si le ponía o no un círculo sobre la “i” o si la dejaba sola. Incluso llegué a escribir con puras mayúsculas sin dejar un sólo espacio entre los cuadrados, de preferencia grandes.

Ahora sí, de grande-grande, o eso creo, ya no copio letras porque son muy pocos los que escriben a mano, sino que creo letras, una “g” y una “j” sin curvatura hasta abajo, una “s” a medias que parece una “c” al revés, una “t” sin rayita horizontal y ahora que me leo, a las mayúsculas les pongo mucho énfasis como si fueran la nota de sol en un pentagrama.

A veces, cuando estoy apurada, me sale una manuscrita enojada, molesta, que sólo escribe la primera parte de la palabra y confío en mi memoria para recordarla después, lo cual no sucede, pero sí, cuando mi letra es gordita, apretada y sin puntos ni circulitos sobre la “i”.