Monthly Archives: Febrero 2016

Mujer en metro

La gente escupe, entra y se arremolina.

Un ritual que te transporta.

La gente arremolinada se besa, se toca, se mira. Y sin tu permiso  te miran, te toquetean y besar…quiero creer que no ha pasado sin permiso. Pero violar, seguro. Lo más íntimo se omite. Lo más físico al parecer, se arranca.

El acoso, la discriminación y la suciedad vienen en el mismo vagón.

Primero fueron dos, luego tres. Son cinco pesos los que se pagan por transportarse en una serpiente naranja y convivir con las alarmantes cifras de sobre peso y pobreza en México. De 31 en el vagón miro a 24 personas que no caben en sus ropas.

Cuento a la gente en el metro para pasar los trayectos de estación a estación. Trato de no respirar el olor a hombres arremolinados peleándose por el cruce de miradas del trompo de pastor/mujer que tienen enfrente y por la que salivan.

Contrario al vagón de mujeres, los hombres apelmazados ni siquiera se voltean a ver y cuando deciden que van a bajar no se hablan entre ellos.

Las mujeres en cambio, arremolinadas o no, hablan, se organizan para bajar, entablan entrañables amistades de 45 segundos. Cargan al bebé para ayudar a pasar, cuidan al viejito que entra en bastón. Todas además, como si fuera requisito, se enchinan las pestañas.

Las “mejorías” que promete ser la “Ciudad de México” tardarán en llegar hasta los vendedores ambulantes de allá abajo.

Cinco pesos para conseguir lo que quieres: desde suicidios hasta zapatos, desde asaltos hasta pizzas, desde nalgadas y senos agarrados hasta un par de aretes. En el metro también hay conciertos en vivo, exposiciones, murales, ropa, productos milagrosos para adelgazar, periódicos y hasta consultorios médicos y farmacias.

La desgracia o la maravilla:

Con cinco pesos se recorre la ciudad entera.

Ninguna estación de metro te deja en realidad en tu destino.

El metro, la serpiente naranja que todo lo ve y no dice nada es la que nos engulle y escupe a su placer por cinco pesos.

*Fotografía: Pedro Valtierra Anza

Con Sarahí, etc.

Hice una maestría para profesionalizarme.

La primera vez que la vi sacó de un pequeño bolso azul de mano una libreta, pluma y unos zapatos de tacón alto, también una botella de agua que me dio para beber y que hice a un lado sorprendida por lo multifacético que puede mostrarse una persona en los primeros minutos de conocerla.

-Yo soy de Morelia, pero no soy de la Familia, eh.

                  Sarahí

Chica de provincia que vivió en Boston y ganó un concurso de dance floor frente a los ritmos de una negra, hablaba frente a mí sobre su vida y sus nervios porque la rechazaran.

Dos puntos de vista sobre la profesionalización significaban al final lo mismo para ambas: de nuevo a la universidad.

Sarahí, la mayor de tres hermanos, la que habla sobre Maili, la Legally Blonde para sus amigas, la provinciana de Morelia para los desconocidos, se convirtió para la maestría en la “ganadora de Cartier”

Profesionalización

rutina de salón

generación acomodada en lazos de amistad.

Este es el primer año que nos dejamos de ver.

 

 

 

 

 

Nevado de Toluca

-Mamá, ¿por qué le tenemos que dar la vuelta a la montaña?

– ¿Por qué corren?

– ¿Por qué andan en bici?

– ¿En serio llevan a su bebé? ¿Será un tipo de manda?

– Qué ganas caray.

-Ayer hubieron varios heridos porque se resbalaron y un muerto, ese fue por loco señorita.

-No que muy macho para los maratones cabrón.

-No mames, esto es de locos, wey.

***

Cumplí 29 años y decidí ir al Nevado de Toluca, me acompañaron mis hermanas y el novio de una de ellas. Salimos muy temprano, 5:20 am y cuando llegamos, alrededor de las 7 am, el frío cortó mis cachetes y mis lentes se empañaban cada vez que llenaba mis pulmones.

Casi treinta o la edad eterna de Nanny Fine y sigo con mi 1.70 de altura, 55 kilos y unos gramos más y a veces menos, el cabello en proceso de ser largo cual amazona. Una licenciatura, una maestría, un par de cursos, dos idiomas, varios acentos que aún mezclo, con mis bolivianismos que en México no se usan y yo sigo por la vida sin darme cuenta.

En serio qué ganas de madrugar a horas inhóspitas y subir la montaña un domingo de enero. En parte era por la mentada foto y porque a veces extraño la nieve, ese frío que inmovilizó mis manos en alguna calle del East Village en Nueva York y me paralizó.

For real I can move them, I’m not kidding, take a look.

Caminamos 16 kilómetros, ida y vuelta, estuvimos a más de 4000 metros de altura, “fueron a La Paz y volvieron” dijo mi papá, “también pasamos por Santa Cruz”, dijo Gus refiriéndose a un pueblo perdido de Toluca.

Subí la pendiente porque quería ver y sentir algo majestuoso como Grand Central, la Coordillera de los Andes desde el avión o en la carretera del altiplano boliviano que parece no tener principio o fin, la vista entre Pinotepa Nacional y Pinotepa de Don Luis donde mi abuela quiere volar.

***

Cuando bajé al cráter donde están las lagunas caminé un rato, vi con mucho temor el agua congelada ese “piso” de mentiras que sólo tiene una función de tentar y retar hasta donde llegas, qué tanto puedes caminar, qué tanto te puede aguantar y qué tanto eres capaz de sonreírle al miedo de caerte, ahogarte y morir.

Seguí caminando hasta que de pronto miré a una señora que se puso hacer saludos al sol en la nieve, des-cal-za, inevitablemente pensé en el loco que había muerto y le dije a mi hermana: ya, vámonos.