Monthly Archives: Marzo 2016

Nublado

Que esta ciudad amanezca siempre fresca, a muy fría, no es porque sea un valle, es porque cuando decido usar una falda, un vestido o una tela que se atreva a mostrar un poco más arriba de mis tobillos, sé que estaré a la defensiva, cubierta con mi suéter negro, escondida detrás de mis gafas y aislada con mis audífonos. Por lo tanto, los aires de esta ciudad me “obligan” o me “sugieren” que me cubra, me esconda y para evitar sentirme mal, me aísle.

Escoger lo que me voy a poner, y más ahora que regresé a la vida laboral donde el código de vestimenta es formal y sí, eso implica usar un ligero tacón, es todo un arte. Pensar en lo que me voy a poner mi parte favorita de cualquier momento del día, mientras me baño, esperando el semáforo, en un concierto en una canción que no me sé o esos cinco minutos antes de dormir o de salir de la cama.

Siempre reviso el clima. En tiempos sin internet en el celular, lo revisaba en el periódico o esperaba las pautas de CNN con el estado del clima de distintas ciudades: Buenos Aires, Bogotá, Lima, La Paz, México, Managua, Santiago, Santa Cruz de la Sierra…

Ya tengo un outfit, los aretes, la bolsa, los zapatos (incluso con los que voy a manejar), el peinado es lo de menos, lo que importa es con qué me voy a cubrir, a esconder. Siempre me llevo algo, por el frío dirían todas las madres, pero no, lo hago para que no me jodan.

A veces creo que esta ciudad nos dice “cúbrete mija, no vaya a ser que…” y por eso amanece frío.

Hacerse las uñas

-Hija, te voy a pagar una manicure.

-Albita, necesitas un statement color.

Ir al salón de belleza forma parte de una costumbre familiar que normalmente se hereda de madre a hija. Lo cual no fue mi caso. A mí me tocó ser la chica que llegó con el fleco chueco porque su mamá se lo cortó, y nadie le creyó.

Es más, para mí, no es “salón” es “peluquería” porque su función es cortarme el cabello de una forma que no tenga que usar la secadora y crear peinados de telenovela minutos después de despertarme, yo valoro más mi sueño que una cabellera de envidia.

Si cuento las veces que he ido a que “me hagan las uñas” es muy probable que apenas y llegue a usar los diez dedos de las manos. Cinco bodas y un par de graduaciones. Mis cutículas no han sufrido como las de otras amigas que incluso tienen una persona que va a sus casas y sagradamente les hace las uñas.

Mis uñas son muy especiales, es el signo directo, aparte de mis ojeras, que soy hija de mi papá, parecen espátulas y crecen como las patas de un pato, y no estoy exagerando, si las comparo con las de mi hermana, que hasta sus uñas son perfectas, como las de una pianista, como una vez le dijo un tío.

Cuando voy al salón a que me hagan la manicure no sé qué conversar con la chica que está ahí, al frente mío, trabajando con las uñas de una mano, mientras las otras están en remojo, y yo con una ansiedad de no saber qué contar, porque claro, no sé los chismes de salón, desconozco a las clientas que siempre van y tampoco quiero desconcentrarlas porque como les dije, tengo uñas especiales.

Pero la crisis es peor cuando llega el momento de pagar, y claro, tengo que abrir la bolsa, sacar la billetera y rezar, para que las uñas queden intactas. Al final, siempre recurro, al “perdón, puedes sacar el dinero”. Y ahí no acaba la crisis, el momento de la propina. ¿Cuánto se le da? ¿El diez por ciento? ¿Por qué no vi cuánto le dió la señora? Bueno, gracias. Otra crisis: no sé el nombre de la chica, y todas las señoras se despiden y agradecen directamente a la artista de las uñas.

Llego a mi casa, feliz por mi logro con uñas a lo Mia Wallace y de pronto “maaaaaaaa!!!” el esmalte de una uña se ha corrido, logro arreglarlo moviendo el esmalte a su lugar.

Es lunes, ya sobrevivieron tres días, mañana es el día del showtime para mis uñas, bueno para mí. Y sí, llegar con una manicure de 150 pesos no sólo es una señal de señora que se respeta, sino de una chica de veintinueve años que desde mañana es jefa de departamento.