Monthly Archives: Agosto 2016

Foto: Eka Ríos

Esas Palabras Dulces

Foto: Eka Ríos de la serie “De la calle”

 

Que le vaya bonito, escuché mientras salía de una oficina de gobierno, pensé que le habían gustado mis piernas de shorts o mi pelo negro sin cortar, el policía abrió y cerró la puerta de vidrio a mis espaldas y me fui.

Afuera como siempre los taxistas y los coches traían las ventanas abajo con canciones obscenas a todo volumen. ¿Cómo se moldean los gustos?

Me puse a caminar sobre las banquetas donde las mujeres de mandiles a cuadros venden verduras en el piso.

Canicas de aguacates criollos,

chiles amarillos que engañan extranjeros,

semillas de girasol para el loro en la jaula  invaden las calles a mitad del día con el sol a sus cuestas.

La provincia de la que me fui hace trece años sigue siendo la misma pero empobrecida. Los gatos de la casa de enfrente de donde se fundó el Diario y de donde se lee  en la placa el nombre del bisabuelo, siguen reproduciéndose, el mercado con sus remedios obscuros y concha nácar se mantiene abierto en la misma esquina, el pan dulce que traen de Xico es rico por la manteca.

Parecería que no ha cambiado nada.

Pero la frase

“No tomes un taxi de la calle” instalada en la población desde hace seis años,

es ahora más fuerte que escucharla en la ciudad que expele contaminación para todo el mundo.

Que le vaya bonito, escuché cuando cerraba la puerta; pensé que le habían gustado las piernas iluminadas con neón del techo del auto.

Después de estar ausente por tanto tiempo uno se desacostumbra a lo que le era común y las palabras aunque iguales adquieren otros sentidos.

Mientras que en la ciudad-monstruo la amabilidad se estrella contra la rudeza de los hombres al volante, en la otra, la ahora visita extraña, se indigna con la amenaza de cuatro dulces palabras.

“Que le vaya bonito”  escuchaba con más repeticiones pero ninguna clase de entonación posible era suficiente para reeducar al oído, un oído confundido entre el barullo de palabras y músicas atiborrando ambos lados de las calles:

“Que le vaya bonito” lo dijeron en la panadería, lo pronunció  alguno que otro trabajador de obra, lo dijo la señora de la marisquería, quizás incluso lo dijeron los que me vendieron cosas en la calle y yo ni los oí.

***

Muy temprano en la mañana siete perros caminan por la calle, en la peregrinación se les juntan un gato y un par de gallinas, la manada comparte y se roban croquetas con la ambivalencia y rapidez de una feroz amabilidad.

***

A todas luces parecía que ocho días de reencuentros no bastaron para acostumbrarme. Me subí a la camioneta de las tías fumadoras. En la encapsulante carretera, la de los vidrios helados, volví a escuchar entre mi música el pequeño grupo de Ésas mordaces, suaves e idiotas adquiriendo sentido. Al final, la ciudad,

el taxista,

tú tomando a hurtadillas tu maleta,

yo,

las voces  a mi alrededor

acabaron por tararearlo en serio:

(Palabras dulces)

Que te vaya bonito.

Todas las palabras cambian.

Foto:

Eka Ríos

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Una de vestidos

Hace un año terminaba de estudiar vestidos.

Al menos eso creía.

Mientras me preparo la cena, estoy en plena clase de yoga o en una reunión en la que perdí el hilo, pensar qué me voy a poner al día siguiente me tranquiliza.

Analizo la situación en la que estaré expuesta. Me olvido que mi radio de acción se limita a una oficina casi llena de matemáticos, secretarias con el ojo en un oficio y otro en el charque como diría mi mamá. Unos pisos con un par de grados más que afuera (dato que siempre tengo que tener en cuenta) y una predominancia del look casual que de vivo para vestirme, mi mantra desde hace un par de años.

Reviso el clima, recuerdo la agenda -la del correo y la que llevo en mi bolsa-, miro el cuadrado de cielo que me permite mi departamento, y si no hubo un cambio, el outfit que pensé la noche anterior, pasa a cubrirme.

Estudio las miradas de los demás, hacía donde van, por qué ahí y no allá. Algunas tienen que ser educadas y girar hacia otro lado, mientras que otras tienen que poner más que la intención.

Juego con el sonido, porque, a veces, unos tacones lejanos logran que la entrada sea más que triunfal, que sea esperada.

Ahora tengo un nuevo drama, un issue existencial, que merece un fino estudio: los anillos y aretes, que últimamente son un statement, tienen más poder que un vestido, al menos por tres segundos, porque logran fijar la mirada en un sólo lugar y ya no soy yo y mi vestido, sino que todo mi ser se limita a un anillo negro o mis aretes de cuando cumplí 25 años.

No por nada la primera mujer en convertirse en Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, tiene un libro y una exposición sobre sus broches, corrijo: sobre el poder de sus broches.

Hace un año estudiaba vestidos, hace unos meses me convertí en mi propio objeto de estudio, hace unos días, un vestido negro logró una sonrisa.