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Alba

Pestañitas

Sentada al filo de su cama, con su neceser gris de Lancôme, veía a mi abuela. El cuarto lo recuerdo oscuro, pero entraba la luz de la mañana a través del enorme ventanal de las escaleras. Y allí estaba ella, pintándose las pestañitas, primero se las enchinaba con el abrecartas en forma de espada con mango de madera, si mal no recuerdo, que pertenecía a mi abuelo, y ella maquillándose, de ratos tomando sorbos de su jugo de naranja en esos vasos color… oxidado.

Era su ritual, su manera de comenzar el día, como de muchas mujeres. Algunas, como Reyna no pueden salir sin los labios pintados, otras como Liliana, sin las sombras de ojos, o Constanza, sin el delineado que ha sobrevivido días de pandemia en casa.

Pero sigo viendo a mi abuela, sentada, haciéndose pestañitas como ella decía, para abrir sus ojos, para ver y sentirse mejor. Luego de pintarse, agarraba su peine verde aguamarina, de dientes anchos y se arreglaba o desarreglaba los chinos platinados, cogía su bolsa, negra casi siempre, y una mascada impregnada en Paloma Picasso.

Heredé unas pestañas largas y de aguacero, con unos ojos grandes. No tengo el abrecartas de mi abuelo, pero si una cucharita de casa de mi mamá y espero algún día tener una cucharita con más historia. 

Hay días y días, pero nunca nos olvidemos de nuestras pestañitas.

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