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Alba Miranda Constanza Mazzotti

Nuevos Inicios

Alba Mercedes

Un julio, al igual que hace cinco años, Constanza estaba a horas de subirse a un avión y me entregaba su vida para el doctorado. Y entre papeles oficiales, en un pequeño café francés, decidimos publicar nuestras andanzas y creamos Tres de Leila.

A pesar de la tecnología, nuestro inicio fue en una típica lluviosa Ciudad de México y en una ciudad vieja italiana con mucho calor, y con muchas historias que contar, pero que fueran cortas, porque la vida corría en diferentes horarios y con una maestría que terminar y un doctorado por definir.

Pasaron muchos veranos, lluvias y una pandemia, que nos trajo colaboradores y una renovación de clóset, mas no de estilo.

Y es así, como TDL (para quienes nos conocen en llamas), vuelve a comenzar y para no variar igual de viaje y desde distintas ciudades, con horarios diferentes, idiomas y lo más importante: historias por compartir e incluso sanar.

Constanza Mazzotti

Fue difícil encontrarle un nombre con el que nos sintiéramos cómodas. Lo tuvimos que pensar rápido, aunque creo que esa decisión ya se venía cocinando desde hacía meses. Yo estaba muy incómoda de la garganta, tenía la peor de las gripas y, además, estaba sorda.

Le entregué a Alba un sobre amarillo con todas las indicaciones para que me inscribiera al doctorado durante mi ausencia.

Sinceramente no sé cómo es que logró descifrar mis indicaciones pues eran, ahora que lo repaso, complicadísimas. Hojas con pasos numerados, vericuetos con chocantes señalizaciones burocráticas en las que me atreví a colocar el número de pasos para caminar hacia las oficinas conjuntas dentro de la universidad.

Ahora entiendo que una gran amiga es quien hace ese tipo de cosas. Uno se titula de un doctorado con la ayuda de mucha gente, pero Alba fue una de las fundamentales.

Dejé a Alba con un sobre y yo tuve, a las pocas horas, un vuelo complicadísimo.

El dolor de oídos se equiparaba al que tuve en mi infancia cuando me enfermé de una infección que me inmovilizó por completo y además, el avión tenía un plus, estaba lleno de lo que ahora son exgobernantes mexicanos buscados por la justicia o prisioneros en algunas de las cárceles más temidas.

Ellos iban a saludar al Papa, yo, a terminar mi tesis de maestría

Caminaba por Roma cargando una maleta, un par de oídos tapados y un desfase horario aderezado por uno de los peores calores del verano del 2015 mientras veía en las pantallas de publicidad gubernamental los rostros de los políticos veracruzanos en el Vaticano.

Tomé un tren a mi ciudad, me subí al autobús equivocado, caminé arrastrando una maleta con rueditas, subí cuatro pisos para llegar a mi departamento y comenzó una de las experiencias escriturales más emocionante de mi vida. Tres de Leila no sólo me ha forzado a escribir de manera constante sino a perder el miedo y a hacer de la escritura por más cuidada o descuidada un proceso primordial en mi día a día.

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Constanza Mazzotti

Cachete o mejilla

Tengo un cachete que me molesta. La misma palabra lo hace al momento de pronunciarla. Cachete. Aunque he optado por la palabra mejilla, sigue pareciendo incómodo referirse a esa parte del rostro con un sinónimo que notoriamente suena forzado. Cachete o mejilla, una burda y la otra, se pasa de sutil. Y mis cachetemejillas no lo son.

Y es que desde que perdí una de mis muelas, todo mi rostro comenzó a acoplarse a la ausencia.

Obviamente mi apariencia no se ha modificado de manera radical pero noto la diferencia cuando me veo en fotos. Si de por sí siempre he sido cachetona, ahora lo noto más y vivo con el fantasma del cachete hinchado que me incomoda cada que aparezco en una imagen o pantalla y peor aún, si es de celular.

El punto es que perdí una muela y eso debería de ser lo grave. Pues vaya que lo es cada que voy al dentista a que revise cómo va mi proceso de implante. Un proceso doloroso porque, además, mi cuerpo, que grita ¡chimuela! no aceptó esa segunda vez al implante pues le faltó hueso para afianzarse en la mandíbula.

Entiendo, por la detallada explicación que me dio mi dentista, que la producción de hueso es normal en cuerpo jóvenes y raro o nulo cuando hay una enfermedad importante en el organismo o de plano el cuerpo es de alguien de mucha edad.

Yo soy joven, dentro de lo que cabe, no tengo enfermedades importantes y mucho menos soy de la tercera edad, pero mi cuerpo necesita ayuda para poder tener esa muela que perdí. Entonces sacaron el implante y pusieron hueso y mi cachetemejilla se volvió a inflamar y peor aún, con dolor.

Nunca he padecido de la espalda o de las rodillas, pero vaya que padezco de un menisco fuera de lugar en la mandíbula que me ha llevado a tener en alguna ocasión,la quijada fuera de lugar, un dolor semejante, imagino, al de una buena golpiza.

Esa clase de dolor que yo llamo “de muela” aunque es de menisco, me recuerda a que se debe por una ausencia. En mi caso, es un pequeño molar lo que me recuerda a las ausencias más importantes de mi vida, por la época en la que se rompió, por las razones de la ruptura y lo más importante, por las personas implicadas.

Las ausencias duelen más de lo que uno puede imaginar, aunque en apariencia no suceda nada, hay miles de implicaciones tanto físicas como emocionales cuando algo se truena, se rompe o se extrae y que te pueden dejar en cama, como la ausencia de una pequeña muela.

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Paulina Ovando Collado

Nunca hubiera sido lo mismo sin tí

Viajar con alguien es la disposición entera de ser leído como un libro. Me gusta la intimidad que se genera a cada paso en lugares desconocidos. Todas las aventuras son como portales en nuestra experiencia con el otro: subir a un taxi sin conocer siquiera la dirección de nuestro destino y reír a carcajadas, los secretos que necesitan un cómplice salen a la luz bajo el sopor de noches calurosas y vino: las historias que queremos que nunca sean contadas, se convierten en confesiones que nadan entre risas y llanto.

Estamos hechos de claroscuros. Al descubrir un nuevo café, de pronto, como en un estallido, nuestros demonios, esos que están siempre contenidos en casa, le explotan en la cara al otro y la complicidad crece.  ¿Quién si no nosotras para desayunar a orillas del río Sena? mejor bienvenida a París no pudimos tener entre tartines y café para reponernos del viaje en tren.

Nuestro mutuo entendimiento se abraza mientras nos mecemos en las hamacas en tardes calurosas, en donde nuestra mayor responsabilidad es vivir el presente.

Nos reconocemos cuando nuestros cuerpos expiden los mismos olores, ¿acaso es nuestro humor lo que nos hace iguales?

Pactos silenciosos mientras constatamos la fuerza o la locura de ese Otro: sólo tú caminaste durante horas con un pie roto por las calles de la Habana y la Gran Manzana; después en el silencio de la noche aliviaste todo el dolor con hielos en la tina del hotel.

Es en la mirada de nuestros acompañantes en donde suceden los milagros del alma y no en esas tierras que no nos pertenecen aunque las hayamos pisado antes. Aunque a veces esos milagros se materializan y las cortinas se abren para poder ver el mar. Son esos instantes en donde nos descubrimos y nuestro amor crece. Me emociona por fin haber llegado a esos páramos idealizados. Y en cambio, todos estos vastos universos que son ellas, y que soy yo misma, significan mucho más que el Coliseo en soledad.

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Bicky Ramírez

Ayunar, maldecir, odiar. 

Hacía tiempo que no me tomaba unas vacaciones… a solas. Sépase usted que, desde hace mucho, mucho tiempo no estaba soltera. Tengo 33 años y he tenido novio desde los 17. Como las olimpiadas cada cuatro años y sin descanso, celebraba una nueva relación. A largo plazo eso me trajo serios problemas de salud emocional y a principios del 2022 me diagnosticaron depresión en tercer grado, casi a punto de ser medicada.  Me sentía triste y no lograba identificar la razón. Durante el mes de enero me despertaba en la madrugada sólo para llorar. La amargura de mi llanto me causaba desconsuelo.

Evidentemente aquello me llevó a ser constante con la terapia. Y es que no tenía “mal de amores” como mis amigos señoros machos berreaban entre bromas.  A lo largo de quince años me había auto-saboteado, me falté el respeto y pisotee mi dignidad con el único objetivo: ser la mejor novia que mi pareja en turno pudiera tener. Esa exigencia que se traduce en una falta de amor propio, me llevó a soportar  infidelidades, chantajes, insultos, manipulaciones y abusos económicos. La única persona que no entra en esta lista es el Beto, mi segunda expareja a quien recuerdo con mucho cariño y quien entendió que la relación tenía que llegar a su fin.

Luego de esta declaración. Ahora sí, viene el frenesí. 

Cuando atraviesas por esa transición entre la ruptura y el tener que reconocer que la tristeza no solo responde a un golpe al ego, sino al miedo de lidiar con la soledad, entrelazado con el miedo a que “nadie se vuelva a fijar en ti” y ese pinche miedo a ser señalada como vieja y solterona. Lo primero que tienes que hacer es ver la película “Comer, Rezar, Amar”, protagonizada por la actriz americana Julia Roberts, una adaptación del libro de Elizabeth Gilbert (el cual también leí). La película se basa en las memorias de la escritora Liz Gilbert, quien un día se descubre abrumada por la rutina, pone fin a su matrimonio y emprende un viaje de autodescubrimiento que la llevó a visitar Italia,  la India e Indonesia.

Pese a que este filme resulta una herramienta de empoderamiento para algunas mujeres, muchas no corremos con la suerte de tomarnos unas vacaciones por Europa o Asia para reencontrarnos con nosotras mismas. Habría que hacer una lectura interseccional en donde se destaque la clase, el género, el lugar de origen, la condición social (si hay hijos de por medio) y sobre todo, el contexto de violencia emocional, física o sexual con el que se esté lidiando. No todas tenemos la fortuna de asistir a terapia y reconocer que necesitamos ayuda. No todas logran generar redes con otras mujeres que también han sido violentadas. No todas cuentan con solvencia económica que les brinde seguridad. Además, es muy difícil que las amistades y familia comprendan que no es drama, sino violencia. Por ello, aquí mi antítesis titulada: Ayunar, maldecir, odiar.

***

Vivo en la ciudad de México y soy becada. Por motivos económicos, escolares y pandémicos, no puedo salir del país para tomarme unas vacaciones que me lleven a lidiar con mi depresión. Pero como toda una Julia Roberts -versión oaxaqueña-, todos los días me doy a la tarea de hacer mi propia película. El problema es que ni comía, ni rezaba y mucho menos, amaba.

La depresión me llevó a hacer una dieta involuntaria que constaba de una comida al día. Conforme mi estado de ánimo mejoró, comencé a comer y beber sin culpa.  Ahora casi todos los fines de semana deleito mi paladar con tacos al pastor, suadero o alambre de pollo. También me gustan los chicharrines con cerveza. La comida me ha llevado a entablar nuevas amistades y retomar aquellas a quienes había abandonado. Y así como en la escena donde Julia Roberts declara tener una relación amorosa con su pizza en la ciudad de Nápoles, yo he logrado tener una relación amorosa con las micheladas que venden por el metro Impulsora en Ecatepec, las cuales me presentó mi amiga la Vero. Creo que aún no he subido de peso.  

Paradójicamente he cambiado de religión. Esto es algo que siempre quise hacer porque el señor Jesus de ojos azules y toda su parentela blanca nunca me habían dado confianza. Siempre he creído que rezarle a toda representación judeocristiana es como si me dirigiera a un militante del Partido Acción Nacional (PAN). Por eso mis súplicas no llegaban al cielo. Ahora me siento en paz con mis nuevas creencias. Gracias Grego por presentarme tu religión.

He odiado. Durante las primeras terapias odié y maldije repetidamente a esos tres hombres que me hicieron daño. Pero, sobre todo, me odié a mí misma por permitir que me pisotearan, por no poner límites. Ahora ya no los odio porque gracias a esos episodios aprendí que siempre debo de ponerme en primer lugar. Me bastaron quince años para darme cuenta que no necesito de una pareja para salir adelante, para ir al cine, para tomar un café, para ver una película en casa, para ir de viaje. Yo tengo la capacidad de hacer eso y más.  

Hasta el momento no he tenido intención alguna de conocer a nadie. Necesitaba unas vacaciones conmigo, a solas, sin hombres que no solo quieren una novia, sino una mamá, un títere, una persona de limpieza, una escort o una niñera que no los haga sentir solos. Hombres que lo quieren todo y lo obtienen todo, a cambio de nada.

Estar sola me ha permitido identificar qué es lo que me gusta, lo que quiero y lo que no quiero. Y parece fácil, pero es todo un proceso. Se que algún día volveré a tener otra pareja, (porque estoy bien bonita jajaja). Pero para ese entonces, mi novio del futuro se topará con una Bicky que sabe poner límites, segura de sí misma y sobre todo, que no se quedará callada. Entonces habré aprendido a quererme y a valorarme. Para lograrlo debo seguir vacacionando, haciendo todos los días, mi propia película siendo una “Julia Roberta”.

Y ustedes amistades  ¿Ya se tomaron unas vacaciones?

(Este texto está dedicado a todas mis amigas: a quienes lograron sanar, quienes están de vacaciones, quienes toman vacaciones a medias, quienes no se animan a tomarse sus vacaciones y a quienes están a punto de hacerlo. Para ellas mi sororidad, comprensión y cariño)

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Victoria Montemayor Galicia

Una noche invernal en París

La noche era clara, sin bruma, no tan fría para ser invierno en París. El cielo en azul marino refulgía de estrellas. Ese día mi amiga Ceci y yo habíamos recorrido el museo de Picasso y Delacroix. Habíamos comido pastelitos de manzana con cereza, habíamos surcado calles angostas y empedradas en la Ille de la Cité que invariablemente nos llevaban a la rue du Cloitre Nôtre Dame, y asombradas como niñas que descubren un tesoro, nos habíamos maravillado de la majestuosidad de la Catedral a un costado del Sena. Fuimos a un carrito de baguettes, pedimos dos de tres quesos en nuestro pésimo francés, y fuimos a sentamos en una banca en la plazuela frente a Nôtre Dame para admirar el crepúsculo, la magnificente construcción y el colorido rosetón. A la distancia, los inexpresivos apóstoles de piedra nos observaban y las inocentes gárgolas parecían querer asustarnos.

Habíamos llegado a París en una fría y nublada mañana del 30 de enero del milenio que comenzaba. Aquel año la Torre Eiffel centelleaba con la cifra luminosa en medio de la noche. Cruzábamos el campo Marte, y yo caminaba maravillada y alegre por debajo de la Torre. Íbamos rápidamente mi padre, su mujer, una amiga franco-chihuahuense y yo. Aquella noche era 5 de febrero y había una recepción en la Embajada de México para festejar, y tuvimos la suerte de comer antojitos mexicanos, beber tequila, vino tinto y champagne. La noche tenía su propia alegría. Mi amiga y yo no dejábamos de observar la Torre desde el ventanal, los mariachis cantaban, las risas y el murmullo de franceses y mexicanos llegaba hasta nuestros oídos. De repente, mi padre se acercó y nos dijo: “¿Ya vieron quién está ahí?” Ceci y yo volteamos la cabeza, y en medio de unos trajeados caballeros, sentada en una silla de terciopelo rojo se encontraba ella, La Doña. Vestida primorosamente de terciopelo negro, su cabello largo, su suéter de cuello alto, su maquillaje, su lunar, su ceja, sus perlas, sus anillos, la elegancia y el porte con el que todos la recordamos. Nos miraba desde lejos sabiéndose importante, sabiendo que era ya una leyenda, un ícono, un ornamento en aquella cena.

La cena terminó y nos dirigimos al estacionamiento para pedir el carro. María estaba abajo con su abrigo de piel, sus guantes negros y sus joyas. El chófer vestido de gris (o ¿era azul?) la esperaba ya para ayudarla a subir a su Roll Royce ─¿azul o gris?─. Mi padre y la tía Águeda nos dijeron: “Díganle adiós”. Y entonces movimos las manos como si fuera un breve homenaje a aquel personaje que era una leyenda en sí misma. María volteó y con un rostro infantil y su maravillosa sonrisa nos decía adiós.

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Fatima Jaoui

Veranos Lejanos

Dejé de viajar a Marruecos después de ir allí todos los veranos cuando era  joven.

Ir a Marruecos siendo niña es una bonita aventura, ese era nuestro ritual de cada verano.

En ese entonces estaba muy feliz de ver a mis primas y regalarnos ropa para que pudiéramos vestirnos igual.

Había una sensación de generosidad en nuestros viajes.

Íbamos a divertirnos con nuestra familia y compartir risas agradables. No tenía que preocuparme por nada ni enterarme del drama de los adultos.

Recuerdo jugar con piedras, palos, botellas de plástico y sentir que estaba en la cima del mundo.

Cuando era adolescente comencé a notar los choques culturales entre mi vida en Francia y los intensos dos meses al norte de Marruecos con los marroquís. Empecé a temer ir.

Primero tuve que lidiar con los estereotipos asociados a los norteafricanos que viajan en automóvil a Marruecos.

Tuve que soportar cómo los españoles se burlaron de nosotros y llamaron camellos a nuestros coches porque estaban llenos.

Los europeos se burlaron de nosotros todos los veranos en la televisión y en los periódicos con caricaturas o dibujos animados.

De adolescente me avergonzaba que esa fuera la historia que tenía que vivir.

La historia de personas sin educación con un francés roto que acumulan souvenires vanos y baratos para llevárselos a sus familiares. Me enojaba porque yo era parte de esas burlas por mi historia cpor  mi nombre, por dónde vivo y por cómo es mi apariencia. El flagrante racismo francés fue difícil de digerir y especialmente de adolescente.

Como adolescente, también comienzas a enfrentar el sexismo y las opinionesno solicitadas. Los hombres de la familia solo dirían cosas para lastimar y matar tu inocencia. Además, usaban reglas religiosas inventadas. Los hombres extraños nunca pierden la oportunidad de hablar mal de uno.

Desde adolescente nunca me he sentido tranquila en la calle. Siempre hay un riesgo. Como adolescente, perdí la inocencia de poner la ropa que quería sin sentirme juzgada. Incluso si tratara de cubrir cada centímetro de mi cuerpo, los hombres encontrarían maneras de lanzar un comentario malo. Un verano, mi prima con quien estaba disfrutando mis vacaciones se casó por arreglo. Simplemente me sorprendió cómo mi tío descartó la opinión de mi prima y aprovechó los días que no estuvimos juntos para atraparla y cerrar el trato de su dote. Mi padre nunca hubiera permitido que eso le sucediera a ninguna de sus hijas. Nunca entendí cómo mi padre podía estar relacionado con mis tíos y tías. Era el día y la noche, la luz y la oscuridad.

Después de eso, me cansé mucho de ir a Marruecos y enfrentarme a silbidos violentos y vergüenza en las calles me dio tanta ansiedad que ya no valía la pena. Para mí, fue más una tortura que verdaderas vacaciones. Quería ir a lugares donde me sintiera segura y donde no me molestaran estos hombres sexualmente frustrados. Como adulta, volví dos veces. Han pasado casi 10 años desde la última vez que puse un pie en Marruecos. Quería volver en 2020 pero sucedió lo del Covid. Sé que no volveré durante el insoportable verano. Iré a visitar la tumba de mi papá cuando pueda. Ahora, él es el único que puede hacerme volver después de esta larga ausencia elegida.

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Sarahí Bañuelos

Querer de nuevo. I LOVE Nueva York.

He escuchado decir que el tiempo lo cura todo, que un corazón dolido poco a poquito va retomando su latido habitual con el paso del tiempo (alerta de spoiler) encontré una mejor opción: viajar.

Una de las cosas que he aprendido más tarde que nunca, es que las personas nos vamos construyendo con nuestras decisiones diarias y eso fue precisamente lo que pasó. Tiempo atrás ya había estado el pensamiento fugaz de regresar una vez más a la jungla de concreto, la ciudad que nunca duerme: Nueva York.

Llevaba ya unos meses diciéndome a mí misma que no tenía el corazón roto, que somos las consecuencias de nuestras decisiones y aprendiendo que la honestidad es una virtud de doble filo que no siempre trae finales felices.

La realidad era que estaba pasando por un duelo amoroso, viviendo frustración laboral y añorando tener las respuestas a la pregunta ¿Qué quiero hacer de mi vida? Recordé una vez más la frase: “Un clavo saca a otro clavo”, si se trataba de querer de nuevo, decidí que quería a Nueva York; sola, con el intento de encontrarme a mi misma en medio del caos y la adrenalina. Y así fue.

Una semana increíble, que desde la llegada al aeropuerto la ciudad me recibía con un I      NY, y así lo sentí. Mi primera vez en un hostal, mis viajes en el metro, todo se sentía natural y libre. Tomé mi tiempo para hacer un itinerario de los lugares que quería recorrer, compré el pase por las atracciones de Nueva York y empecé la aventura.

Sentí las luces de día y noche en las pantallas de Times Square, recorrí las calles con las innumerables marquesinas de sus teatros. Quedé hechizada con la obra de Broadway Harry Potter and the Cursed Child.

Comí en los jardines de Bryan Park, me vi reflejada en una exposición sobre el viaje de la Mariposa Monarca en la hermosa biblioteca pública.

Hice nuevos amigos durante el tour por Harlem, nos tomamos fotos en el estadio de los Yankees y en la Uniesfera de la famosa escena de la película Hombres de Negro en Queens; cruzamos los 3 puentes que conectan a la ciudad, comimos pizza en Williamsburg mientras admirábamos los brillantes murales de sus paredes.

Aprendimos sobre la comunidad judía ortodoxa de Satmar en Brooklyn y la historia de la gran mujer Emily Warren Roebling quién termino la construcción del puente de Brooklyn.

Admiré el atardecer y la caída de la noche desde el Top of the Rock, uno de los miradores 360º de la ciudad.

Tomamos unos tragos en Rudy’s en Hell’s Kitchen. Pedaleamos por Central Park, donde añore tener una boda como Blair y Chuck de Gossip Girl frente a la fuente, recordé la fuerza de la palabra Imaginar en el memorial de John Lennon de los Beatles; me cruce con una ardilla justo como en la película Encantada, escalé la escultura de Alicia en el País de las Maravillas (Para ello fue hecha, para interactuar) y desayuné en unos de los tantos jardines que encierra el parque.

Visité el MOMA, donde pude nutrirme de fantasía con obras de Remedios Varo, Picasso, Matisse, Monet. Compré un delicioso sándwich en el Chelsea Market y lo disfruté con la increíble vista desde Little Island. Caminé de principio a fin The High Line en Hudson Yards para llegar a The Vessel y después subir a The Edge, otro de los miradores que te deja sin aliento con su plataforma de cristal, donde se puede ver desde las alturas, como pasa la ciudad bajo tus pies.

Me divertí tomando selfies con Miley Cyrus, Bad Bunny y Audrey Hepburn en el museo de cera. No pude más con el cansancio y terminé por dormir durante el recorrido en bote por las luces de la ciudad, ya que la lluvia y la niebla no permitieron admirarla adecuadamente; aunque rescato que ver la estatua de la libertad de manera fantasmagórica tuvo su toque único.

A pesar de la lluvia, pedaleé por el puente de Brooklyn y fue mágico. Subí al Empire State, una vez más, quedé anonadada por las vistas de una ciudad tan diversa, abierta e inquieta.

Me maravillé con el MET, es mucho más grande de lo que imaginaba, cada una de sus salas, te transporta: arte egipcio, medieval, bizantino; una exquisita y variada selección de pinturas europeas, arte moderno y la tan esperada exposición: In America: A Lexicon of Fashion, un paseo por la moda en las palabras que definen lo mucho que aprendí en este viaje: gratitud, apreciación, conciencia, maravilla, encanto, autodeterminación.

Después de mucho tiempo por primera vez, hice oración, abrazada de la paz que transmite la catedral de San Patricio.

Tal vez es como dice mi canción favorita de Elsa y Elmar: “Voy a estar bien, a la deriva, pero de alguna manera ya me lo esperaba… Voy a estar bien…vas a estar bien… vuelve a ti mi amor”

Y adivinen qué… en ninguno momento sentí el corazón roto, me sentí viva, con la magia de viajar, disfrutar el aquí y ahora con mi historia siendo parte ya del corazón de Nueva York.

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Sac-Nicté

Opción de título 1: Una mujer tomada de la mano de un adivino

Opción 2: Hipótesis y sueños

Supongo que la culpa es de Arráncame la vida. Gracias más a la película que al libro, mi necesidad de que me lean las cartas del tarot en cada lugar que visito se disparó en Puebla, a los 18, 19 años. Ahí, acompañada de mi mamá, elegí un local de vibra sospechosa en el centro en el que una señora con el cabello corto y pintado de rubio hizo exactamente lo que yo esperaba: «adivinó» mi futuro. Luego descubrí que el tarot es otra cosa, y a un lado de la Tabacalera en Madrid una señora que se parecía a mi abuela hizo exactamente lo que yo no esperaba: explicarme que nos enamoramos también de las ciudades y grabarme en la cabeza y el corazón un poquito de fe tejida con mis destrezas.

Ahora estoy en Santiago, Chile, y la ciudad está repleta de volantes que anuncian lecturas de tarot y prometen amarres excepcionales. Desde la primera vez que salgo del metro pienso que no quiero caer en una lectura que será como la de Puebla, falsa y predecible, pero me pregunto si de verdad me iré del país abandonando mi tradición.

Es mi penúltimo sábado en la ciudad, ha sido un día horrible, hace tanto frío que me duelen las costillas cuando respiro y sólo quiero encontrar un par de aretes bonitos en Lastarria y volver al departamento. Camino entre el gentío cuando me jala una mirada como me atrapan las pinturas en los museos. En el piso, sobre un par de libros, en un cartel viejo, alcanzo a leer la palabra «tarot». Le pregunto el precio a este hombre que a todas luces es más joven que yo, me pregunta si quiero cartas o quiromancia y ni siquiera lo dudo: elijo esa antigua clase de adivinación con la que sólo me he encontrado en mis libros de Harry Potter y en las «gitanas» que rondaban la primaria en la que estudié, buscando, decían las malas lenguas, niños para secuestrar.

Acordamos el precio y me pide que caminemos al fondo de una plaza que yo no había notado. Siento la punzada de la prudencia en el estómago y pienso que tal vez debería pedirle que no nos alejemos tanto de las personas, pero la posibilidad de la aventura me llama más.

Me sentaré frente a él, con su libreta en mano y sin carga en el celular, esperando que sea de nuevo una farsa, que me diga algo ridículo sobre alguien inexistente que está enamorado de mí, pero hace exactamente lo que no espero: en mis manos leerá mi vida como si se la estuviera contando, medirá mis palmas y mis dedos y calculará con la precisión de un cirujano el momento adolescente en que empecé a ser yo y la edad que tenía cuando llegó lo que él llamará una y otra vez «la crisis», la misma que yo he llamado durante casi siete años «mi mayor breakdown».

Sé que no volveré a verlo y me despediré de él, atravesaré la calle y escucharé a un par de jóvenes cantando Help. Desearé quedarme para escuchar todo el concierto, pero sé que tengo que correr para escribir antes de olvidar esto. Empezaré a pensar en la estructura de este texto mientras atravieso desesperada calles que ya sé de memoria y que no debería recorrer porque me han dicho una y otra vez que es peligroso.

No importa.

Bajaré corriendo las escaleras del metro, habrá un señor pidiendo dinero y mientras busque desesperadamente monedas chilenas, un billete saldrá volando y sé que será para él. Saldré de la estación Santa Lucía, caminaré dos cuadras, entraré saludando al edificio, pediré el elevador, llegaré al departamento, encontraré la llave al fondo de mi mochila, lo aventaré todo con descuido y finalmente comenzaré a escribir.

Pero ahora, en esta plaza escondida en Lastarria, en la que el frío repentinamente ha bajado y ya no me lastima, Mirko me mira a los ojos y me dice, mientras descanso mis manos en las suyas: «Sac-Nicté, tengamos una experiencia maravillosa».

Todo lo demás, diría Louise Glück, son hipótesis y sueños.

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Alba Miranda

Salir de la cama

En las mañanas, a veces, antes de que suene el despertador, y si aún sigue oscuro, al menos en mi recámara, recorro con mis pies sin calcetines, porque así lo dicta el clima, el ancho de mi cama y disfruto ese frío de la sábana aún sin tocar.

Trato de recuperar algún retazo de sueño o incluso de regresar y volver a estar ahí. Si no tengo puesto el antifaz, lo busco con la mano izquierda en el buró y es como si me vistiera de nuevo, pero no con la pijama, sino con el sueño en standby.

Si es un buen sueño, me sigo, al contrario que, si es producto de mi ansiedad o de un asunto sin resolver y solo ocasiona un despertar rápido y sin estiramiento, y olvídate de las tres gracias de la mañana.

Sigo buscando las partes frías, sigo soñando, pero una parte desea con muchas ganas que haya alguien en la cocina, poniendo agua para hervir, sacando el filtro, el café, el azúcar, preparando el ritual, el plato cuadrado de cerámica con orillas de ladrillo, la cucharilla que está a punto de perderse (solo me quedan dos), y, si estoy de suerte, un pan con dulce de leche.

No está.

Estoy yo, salgo y veo a mi sol entrar por el balcón, lo saludo cuando abro la ventana, respiro de esa luz, me doy media vuelta y me preparo mi café.

Bonito día.

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Broken Heart

g.

They call it heartache because missing someone is

an actual physical pain, in your blood and bones.

Lucia Berlin

Recuerdo mi primer corazón roto: fue a los 16 años y mi mamá, que en ese entonces tenía dos años más de los que yo tengo ahora, me miraba con ternura diciendo que a esa edad todo se siente más fuerte. Por eso nunca me imaginé que podría pasar algo similar, o peor, a mis casi 38 años.

            Desde hace algunos años, soy practicante del amor líquido y voy por la vida con mi bandera de desconstruída. Sin embargo, en una ocasión crucé el mar buscando el amor, entonces supongo que soy un ser lleno de contradicciones.

            En diciembre conocí a g., quien estaba en una relación abierta y a distancia. De un día para otro me encontré pasando con él mi tiempo libre y sorprendentemente enamorada. Durante 4 ½ meses la vida se me fue esperando verlo, escapando de mi casa para vivir con él un par de días, haciéndole postres y disfrutando de ir al cine en primera fila. A diferencia del amor adolescente, g. me encontró en un momento en el que al fin me siento yo. Con él caminar era una aventura, comer era delicioso y mi sonrisa era la más bonita que me he conocido. Cada día compartíamos imágenes de obras de arte y uno que otro poema. Los días se volvieron más lindos y me enseñé a amar más fuerte.

            Pero la nube de su relación siempre estuvo ahí y la información fue llegando a cuentagotas; un poco por culpa de ambos porque ninguno quería romper el hechizo. Primero me enteré que ella vivía en un país muy lejano, después que g. tenía planes de irse a vivir allá un tiempo y más tarde que se casarían.

            Un día de la nada me enteré de la fecha de su partida: 1° de mayo. A pesar de la tristeza, yo le propuse a g. disfrutar de las 6 semanas que nos quedaban juntos. En esas semanas hicimos hogares efímeros, paseamos, nos abrazamos, bailamos, me tomó fotos, comimos y nos perdimos en un camino con tierra de colores, árboles con tizne y conejos. Yo comencé a llorar con él, pero más sola. Él prometía un futuro no tan desolador y se imaginaba uno de estos acuerdos posmodernos en los que quizás algún día podríamos compartir un hogar. El día que se fue hablamos hasta que le pidieron poner su teléfono en modo avión.

            En febrero, cuando yo supe por primera vez detalles de su pareja, comencé a escribirle un diario. El amor a veces es solitario y fue la única manera de lidiar con todo lo que sentía. El día que se fue se lo conté y prometí hacérselo llegar. Durante esa semana lo diseñé, busqué las imágenes que me recordaban a él y algunos poemas que me había compartido. Le dediqué un par de párrafos a nuestras manos entrelazadas y las rayas de su panza y se lo envié. Hacerle llegar ese diario para mí fue una manera de lidiar con mi corazón roto y cerrar un círculo; para él, realmente no lo sé.

            Durante esos días se volvió difícil vivir. Levantarme de la cama, caminar, comer y convivir se volvieron tareas titánicas. Seguía llorando a la menor provocación y sólo podía recordar una frase cursi que leí por ahí que me parece que es de una canción de Adele que decía algo como: sólo espero el día en que vuelva a ser yo. Recordaba una foto que me tomé un día que decidí que era muy feliz y soñaba con el día que me sintiera así de nuevo.

            A menos de dos semanas de su partida me encontré que él también estaba escribiendo un diario: el de su llegada a ese país lejano. Abrí el enlace y lo primero que narra es que había cambiado de religión y que su nombre ya no era g., sino a. Describía a esa persona que él amaba y con la que se había encontrado el día 2 de mayo; ahora compartían un departamento, habitan en una ciudad en la que disfrutan alimentar gatos callejeros y se abrazan todas las noches. En otro momento y en otra circunstancia, supongo que me habría roto, pero cuando leí eso, el círculo se cerró: yo había amado a g., para mí a. es un completo desconocido y no encuentro ya razones para llorar.