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Fatima

Le Parc des Chanteraines

Caminar por el parque es una actividad hermosa para el alma. Generalmente me siento 

muy energizada después de un paseo. Me gusta el aire que toca mi cara, mi piel y mi cabello. Parecería como si flotara y nada pudiera detenerme. El parque sabe todo acerca de mí; sabe que tan rápido o que tan lento camino, si me siento a gusto o si necesito llegar de una vez a casa. Honestamente creo que estos árboles saben mucha más sobre mí que mis propios amigos y familiares. Esta relación tan íntima con los parques inicia caminando hacia los espacios verdes. El color verde y el aire provocan la mejor sensación justo detrás del cuello ligeramente sudado.

Entrar al parque es abrirle la puerta al alma para que vuele libremente entre los árboles.

Lentamente uno se mimetiza con el parque y, cuando uno se sienta sobre la tierra se experimenta una energía reconfortante alrededor del cuerpo.

En el parque siempre estoy perdida en mis pensamientos con monólogos infinitos. Después de purificar mis pensamientos, regreso a casa con mejor pensamientos y una ligereza que se siente como si caminara en las nubes.

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Alba

Pestañitas

Sentada al filo de su cama, con su neceser gris de Lancôme, veía a mi abuela. El cuarto lo recuerdo oscuro, pero entraba la luz de la mañana a través del enorme ventanal de las escaleras. Y allí estaba ella, pintándose las pestañitas, primero se las enchinaba con el abrecartas en forma de espada con mango de madera, si mal no recuerdo, que pertenecía a mi abuelo, y ella maquillándose, de ratos tomando sorbos de su jugo de naranja en esos vasos color… oxidado.

Era su ritual, su manera de comenzar el día, como de muchas mujeres. Algunas, como Reyna no pueden salir sin los labios pintados, otras como Liliana, sin las sombras de ojos, o Constanza, sin el delineado que ha sobrevivido días de pandemia en casa.

Pero sigo viendo a mi abuela, sentada, haciéndose pestañitas como ella decía, para abrir sus ojos, para ver y sentirse mejor. Luego de pintarse, agarraba su peine verde aguamarina, de dientes anchos y se arreglaba o desarreglaba los chinos platinados, cogía su bolsa, negra casi siempre, y una mascada impregnada en Paloma Picasso.

Heredé unas pestañas largas y de aguacero, con unos ojos grandes. No tengo el abrecartas de mi abuelo, pero si una cucharita de casa de mi mamá y espero algún día tener una cucharita con más historia. 

Hay días y días, pero nunca nos olvidemos de nuestras pestañitas.

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Germán

Convergencias Geométricas

La necesidad o necesidades de algo exterior. Te paras frente a un edificio…siempre está presente… surge a cada instante la idea de estabilidad en cada punto, en cada línea, un pensamiento perpetuo que se erige en un estado mental contemplativo, del cual podemos alejarnos y volver y encontrar mucho más de lo mismo, más que antes.

“Los edificios” o “El edificio” resuena en nuestra mente como un algo, una cosa muy diferente del edificio, una oda a la distopía, que no encuentra sustento en sus cimientos. Los caminas, los admiras, lo imaginas y lo prosigues…observas puntos creadores de líneas que se entrecruzan y crean las trayectorias de diversas formas y colores que conforman el panorama urbano de esta gran ciudad, algunos son imponentes a la vista, enormes estructuras que albergan cientos de historias, algunas recientes, otras tantas sobrevivientes de una realidad que no es la actual.

Los edificios son capaces de provocar pensamientos, ciertos efectos, por una parte los que recogemos a partir de la contemplación, sus ángulos, sus luces y sus sombras y por otra, lo que desde nuestro interior se diluye y se mezcla a partir de nuestras experiencia y provocan imágenes que saltan desde la memoria. La serie pues, es un punto de vista muy particular del imaginario que rodea a estos monumentos de la modernidad y las posibilidades de representación.

La serie en si, trata de evocar las marcas visibles de la búsqueda utópica que la modernidad deja en las ciudades. Los edificios son monumentos de distintas realidades que de manera imbricada construyen evidencia de la historia moderna pero no sólo eso, tal como Deleuze lo definiera “un edificio es una máquina”, una máquina de ideas y sus posibilidades.

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Victoria

Crónica de un gato entre burbujas de cristal

Era noche, la víspera de Pentecostés. Un gato merodeaba en los alrededores de Nôtre Dame. El Sena resplandecía a la luz de la luna casi llena. Las estrellas brillaban y emitían su dulce canto nocturno. La fortaleza del Louvre y una pirámide de cristal se erguían imponentes en la oscuridad. El canto de los cuervos iluminaba la foresta y la estatua de un fauno surgió de entre los matorrales.

El gatito corría veloz como si quisiera alcanzar las estrellas. De pronto, un ángel se presentó en su túnica blanca resplandeciente, un arpa dorada entre sus manos, su voz emitía suaves palabras que el gatito apenas comprendía. ¿Qué es este hombre resplandeciente ante mí? Pensaba. El ángel, con sus ojos de zafiro contemplaba al gatito gris de ojos aceitunados. El ángel cantaba. El sonido de su música dejaba al gatito en suave estupor. Se veía corriendo en un campo verde rodeado de otros gatos que jugueteaban alegremente entre flores de colores. El gatito permanecía atónito. La música y las palabras del ángel comenzaban a dibujar luces de colores que centelleaban en un campo lleno de lirios, lotos, violetas, rosas, en donde aves del paraíso danzaban entre las nubes. Las notas del arpa poco a poco lo envolvían en una reluciente ensoñación. El ángel cantaba y sus ojos celestes resplandecían en los pequeños ojos aceitunados. Las notas fueron brotando al compás del arpa dorada. La melodía formaba iridiscentes esferas y el gatito se multiplicaba en los espejos. Poco a poco se fue elevando a las estrellas, corretea entre cisnes y Andrómeda lo arrulla.

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Alba

La taza de las plumas

De chica usé los 12 colores obligatorios, con el gris del lápiz y como gran paso a la pubertad con las plumas azul, roja y si eras muy atrevida, una negra. Sin embargo, recuerdo con mayor satisfacción la caja de 24 marcadores de mi papá, y en particular el amarillo, todo manchado, porque ilusa yo, no sabía que, si lo usaba para colorear sobre algo cercano al granito del lápiz, ya quedaba manchado por siempre, y lo peor: la prueba que los había usado, probablemente sin su permiso.

Pero hubo un momento donde podías usar todos los colores que querías, incluso dorados y plateados, con brillos, con aroma y una textura –según la marca– de gel, que seguramente la manuscrita la hacían ilegible, pero también coincidió con el acto disruptivo de escribir en imprenta y fue cuando volví a dejar los colores y me centré en los establecidos azul y rojo.

Hasta hace muchos años usé una azul, la más cercana, la que aparecía en mi bolsa, en mi buró, en el escritorio de la oficina o enredada en mi cabello.

Pero hace unos días, tuve el placer de escribir mi nombre Alba, Albita, Mercedes, A (mi rúbrica, porque una llega a ser adulta y tiene que aprender en menos de cinco segundos cómo rubricar), y unos corazones y estrellas, con 21 colores que me causaron muchas sonrisas y obvio acerqué mi nariz a la hoja por si aún olían a eso: escribir con colores.

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Constanza

Otro tipo de persona

Tener inflamado el pecho. Todo empieza con una leve incomodidad que llega con el aire ligeramente más frío, puede ser desde una ventana mal cerrada durante una lluviosa noche, el aire acondicionado que “no se le puede bajar” o la bebida que está un poco más fría y a la que el camarero no puede hacerle ya nada porque de lo contrario la bebida espumosa que ordenaste tendrías que cambiarla por un té.

Lo que hay que evitar a toda costa son los cambios bruscos del clima en un lugar específico del cuerpo: el pecho. Eso incluye escote, pies, y espalda cubiertos porque el frío entra por muchas partes del plexo solar e inflama todo. El frío puede empezar por los pies, pasa por los bronquios y garganta hasta dejarte en cama mínimo una semana entera. El asma te hace adquirir un tipo de personalidad especial y una pasa a ser la que usa calcetines gruesos con botas cerradas, playera térmica debajo de la blusa que culmina en una bufanda.

El asma es caprichosa, una combinación entre emociones mal calibradas que se convierten en ansiedad, o un alimento, mucha contaminación, y un leve resfriado es el desbalance perfecto para recomenzar un tratamiento en el que invertiste muchas inhalaciones de corticoides. ¿Cuándo y cómo desaparece el asma? 

Como todo está en el pecho, desaparece cuando el pecho deja de oprimir y eso puede tardar el tiempo en que deshilvanas emociones, tensiones y el frio que acumulaste dentro de los bronquios va cediendo. Pero a este temido mal hay un remedio infalible. En mi caso el asma desaparece frente al mar e incluso ahí tolera bebidas con hielos, cocos, cervezas y sueros a tal grado que nadie en un restaurante sospecharía que soy la que cambia el coctel por un té. Los lugares calurosos y húmedos son un escenario donde el inhalador se queda dentro de la bolsa durante días y como magia se abren paso las telas suaves, algodones, lino, sandalias abiertas dejando que uno se convierta en otro tipo de persona.

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Victoria

Una noche en el desierto

Entre las dunas del desierto se levanta una carpa. Rojo, azul, negro y esmeralda. Es un harem de piel canela, cabellos negros, castaños y rojizos, ojos azules, grises, verdes, marrones. Manos delicadas y piernas largas. Siluetas, curvas, vestidos rosas, morados, turquesa, naranja. Labios de diversos contornos y aromas. El viajero llegó una tarde de otoño, al crepúsculo, cuando la ventisca había pasado, traía especias, zafiros y diamantes, algunos eran cristales. Era alto, ojos negros, nariz afilada, labios delgados, barba larga, piel curtida por el sol, el tono de su voz era como el trueno. Se entrevistó con Alí el marajá. Intercambiaron palabras, comieron, bebieron, eruptaron, fumaron. Entrada la tarde cuando las dunas se tiñen de plata y la voz del desierto brota, la carpa se viste de música, las mujeres de gala bailan, los tambores retumban y las flautas suenan. La mirada del viajero se desvío hacia unos ojos grises que lo miraban fijamente. ¿Quién era? Se sabe poco del tráfico de mujeres en esta parte del desierto. La mujer danzó para él, se acercó, sus caderas retumbaron en sus pensamientos. El viajero no la tocó, se limitó a jugar con la imaginación. ¿Cómo raptarla? Lo matarían en cuanto cruzara el primer oasis, quizá ni siquiera podría caminar ni dos kilómetros cuando los encontrarían, ¿regresar cada año? ¿De qué serviría? La mujer balanceaba sus caderas, alzaba los brazos, sus movimientos, cobra opalescente que ondea en el noctámbulo yermo. La mujer no apartaba la mirada. ¿Lo retaba o lo deseaba?  La danza y la música extasiaba al comerciante. Pasaría la noche con ella, su cuerpo en el suyo, ¿quién dominaría a quién? 

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Sac-Nicté

El caos es mi casa

Veo un post en instagram de @amandina.catrala: «para conocer algo hay que habitarlo, y yo siempre me estoy yendo». Es una ilustración de una mujer en una montaña. No vemos su rostro, pero sabemos que está caminando.

Yo he sabido que me voy cada 8 de julio de los últimos siete años. En las efemérides personales, julio representa para mí retos, movimiento, y llega siempre acompañado de los terribles «¿y si…?»

¿Y si tomé la decisión equivocada? ¿Y si me arrepiento? ¿Y si no me voy?

Constantemente pienso en Alejandra Pizarnik con su «¿por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro?», pero me persigue mucho más la distancia que Leonora Carrington tuvo que recorrer «para llevar la vida que llevaba dentro», según Joanna Moorhead.

Y yo, como ellas, veo un espacio inmenso.

Siempre he huido de algunos lugares y elegido otros pensando que todo es temporal. Que ya vendrá otra calle, otro balcón, otra cafetería. Que si me acostumbro demasiado inevitablemente se me va a romper el corazón. Ahí donde la pandemia me obligó a quedarme en el primer lugar que habité y nunca terminé de conocer, ahora me lleva de vuelta a otro que es «sorpresa todo el tiempo», de acuerdo a Martín Caparrós, y que tal vez, en su caos y sus promesas, sea mi casa. 

«Elegir» un lugar es algo que hice mal a los 22, peor a los casi 23 y, espero, de forma más inteligente, a los casi 30.

Ojalá la tercera sea la vencida.

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Constanza

Buscar

Abrir un cajón, revolver varios papeles, escribir a los amigos para ver si entre los WhatsApp aparece, pero nada de eso funciona. 

En cambio, hacer un café justo antes de que amanezca, poner la mente en blanco y ahí está. Una caja tirada hace tres meses por pensar en que era basura te avisa desde la última imagen que mantienes de ella siendo empacada en una bolsa negra, que era ahí, o al menos, eso es lo que las falsas memorias hacen creer y es, hasta ese momento que se empieza a sufrir.

Los de espíritu combativo comenzarán todo y al instante desde el inicio, todos los documentos, trámites y recuerdos que se guardaban en esa caja se reconstruirán, buscando formas de recolección entre amistades que te regalen una imagen parecida a la fotografía, se pagará por los documentos que deban de emitir las oficinas, se buscará ayuda profesional para recuperar las claves de SAT.

Los de espíritu dócil dejarán ese mismo café, cerrarán nuevamente los ojos, apagarán las alarmas y volverán a dormir anestesiados en un “que todo fluya”. Enfrentarán la búsqueda al tiempo en que se presente la necesidad de cada documento no sin antes maldecir la ligereza con la que le dijeron “adiós” a esa “pila de “basura”.

Los papeles del SAT lo resolverán los contadores, a la falta de otros documentos se les agregará un ligero “pues creo que ahí tenía una copia” y las fotografías se recuperarán cuando “ya que nos volvamos a ver”.

Pero la vergüenza de haber tirado una caja con los papeles más importantes a la basura porque se les creía una “pila de papeles sin importancia” permanece en ambas formas de buscar.

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Paulina

Love is love

Las tardes de primavera son placenteras. ¿Cuántos azules ves en el mar? No todo es azul en El Caribe, hay algo de verde turquesa aunque también es un mar de postal con sus arenas blancas. El Caribe te hipnotiza. El viento tiene algo alborotado las aguas, pero no tanto como para no meterse a bañar.

Todo sucedía en una sintonía perfecta, única. Los hermanos a mi lado disfrutaban del sol, ella al teléfono, él leía a Proust. A mi derecha estaba una madre y su hijo. Bebían margaritas. Él parecía algo ausente, ella fumaba un cigarrillo recargada en una palmera. Su piel tostada dejaba ver largos años de sol transcurridos, que se asomaban a través de su bikini, contrastando con el rubio cenizo de su melena. 

A unos ocho o quizá 10 metros justo frente a nosotros había cuatro hombres sentados en la arena sobre toallas a rayas blanca y azul idénticas. Sus cuerpos delgados dejaban ver largas horas de arduo trabajo en el gimnasio. No sabría reconocer su nacionalidad. ¿Importa acaso? Sus colores no me regalaron esa señal o esa marca. 

Cuando el sol llegó a su punto más alto y todos estábamos como embriagados por el oleaje, la música que se alcanzaba a escuchar de fondo, los cuerpos casi desnudos; llegaron dos hombres cubiertos de pies a cabeza y usaban pasamontañas. ¿Por qué habría de llegar la policía a discutir con aquellos cuatro hombres? ¿Qué estaba sucediendo?  De un momento a otro, llegó una camioneta con otros dos policías a la escena ¿del crimen?

Los policías, no sólo discutían, ahora jaloneaban a los cuatro hombres sentados. 

Nosotros, los otros, expectantes, nos acercamos hacia donde la policía había casi dislocado los hombros de aquellos hombres. Ahora los sometían contra la camioneta, forzandolos a subir. 

Un beso. 

Un beso había desatado toda esta violencia. Alguna persona había llamado a la policía, porque dos de esos hombres se habían dado un BESO. Y la policía obtusa como aquella llamada había respondido de inmediato dejando en segundo plano cualquier otra situación.

Hombres, mujeres y niños, ahí estábamos todos rodeando la camioneta. ¡Homofobia! ¡Homofobia! Se comenzó a escuchar, acentos y lenguas diferentes, cómo un canto de guerra. La policía enmascarada golpeaba a los culpables de aquel beso criminal. Y el canto se hacía cada vez más unísono. No sé cuánto tiempo habrá pasado de esta escena macabra. Gritos, humillación. Cuando el sol estaba bajando la policía cedió, no ante el reconocimiento de su insensatez, sino ante la presión; y los cuatro policías salieron huyendo, como si los cantos hubieran sido piedras.