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Los pelos de la escoba

Una cosa son los pelos después de cepillarme el cabello al salir de la ducha, que jalo del cepillo de madera, hago un nudo como lo hacía la Antonia, pero otros son los que se enredan en la escoba.

Los odio.

Están ahí muertos, sin nada más qué hacer que esperar el momento que llegue la escoba y los “recoja”, porque no los limpia, se enredan, se pegan, se van entre las cerdas.

No me dan asco, simplemente detesto que no tengan otra función más que estar ahí.

Al menos el polvo tiene la función de ensuciar y de hacerme estornudar, pero los pelos, míos, tuyos y de todos nosotros, solo se quedan ahí quietos.

Sin embargo, son los perfectos delatores que estuviste aquí.

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Receta visual

No sé cada cuándo llegan los correos del NYT Cooking, que estoy segura de que fueron hechos para ver y decir: se ve delicioso y no tan difícil.

Mis dos hermanas tienen el gusto, la facilidad y el gen de la cocina, yo en cambio, tengo el gusto por tener hambre todo el tiempo y la facilidad de llenarme al tercer bocado.

Sábado por la noche, scroll en Instagram, mientras veo una película argentina de un pintor y su galerista, y sonrío mientras los escucho mandarse mutuamente a la reverenda mierda.

Paro en una foto, luego Constanza me manda otra, y eso fue todo. Doy una vuelta visual por mi refri y recreo una mezcla de lo que puede ser mi desayuno.

Ingredientes

2 o más fotos de platillos que se le antojen y suponga tener algunos de los ingredientes.

No ir al supermercado, ni al Oxxo, resígnese a lo que tiene.

Se vale suplantar uno por el otro, ya sea por la forma o por el color.

Preparación

Vea las dos o más fotos, juegue con ellas, que los colores y ubicaciones sean similares, para que al menos le sepan como las vio.

Ahora sí, sírvase, pero antes no se olvide de la foto, la mía no se fue a Instagram porque salió muy mal, la foto, ya que mi receta fue un éxito.

Provecho.

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Aquel cajón

Ya no recuerdo con exactitud los detalles, formas y telas que hay dentro del segundo cajón.
Sí recuerdo los reflejos, los perfumes y claro, algunas historias de cuatro paredes.
Los tengo en dos colores, la mayoría en uno que remite a lo serio, pero no, va más allá.
Hace muchas noches que no me doy el tiempo de acomodarlos, por color, por forma, por razón.
El de hoy es negro, con un ligero encaje. Es digno del verano, que, si estuviera en otra latitud, sería perfecto para ir después a la playa.
¿Bajo qué lineamientos los puedo ordenar? O me lanzo al azar, a meter la mano el día que toque y que salga el primero en enredarse entre mis dedos.
El segundo cajón ya no se abre diario, no tanto porque se dejaron de usar, sino para que se guarden las historias que se quedaron en puntos suspensivos, los olores de aquellas noches de
lavanda y los días de té negro con bergamota.

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Navidad sin ella

Hay noches que son ideales para llorar sin que nadie te vea, incluso tienen lugares precisos en los que te puedes esconder y disimular los sollozos o culpar a los olores.

            Los recuerdos atacan.

            Un reloj descompuesto, un suéter que me regaló y una chamarra que sólo ella pudo haber escogido. Pero mi papá lo hace por ella, porque así le hubiera gustado.

            Aguanto las lágrimas.

            La mesa está lista, la música también; la comida la probé una noche antes y estaba deliciosa.

            “Seguramente te estás pintando las uñas de rojo”, me dice Ale, mi hermana, por teléfono desde Barcelona, y me pide una foto de mi vestido. Este año no me tomé una sola fotografía; me faltaba algo, ¿los aretes? No logro recordar cuáles fueron los que usé. Hay una selfie de mis ojos en la que, según yo, estaba maquillada; pero, no, parezco una criatura de 12 años.

            Antes de que hubieran muchas risas porque mi abuelo casi comete el crimen más grande de la historia de la Navidad: dejar caer al niño mientras lo arrullaba; comencé a recoger las huellas de la cena, dispuesta a dejar que mis ojos se humedecieran como cada 24, desde hace ya varios años.

            Pero no fue así, otra persona lavó los platos, yo sólo los recogí.

            A las cuatro de la mañana me despertó el dolor crónico, ese que me había dejado un par de años, pero que regresaba porque tenía un pico que cumplir. A veces, la impotencia se convierte en lágrimas. A veces respiro… y otras veces sueño con ella en su sala, con la mesa china y las copas rojas.

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Un perfume de Guerlain hecho polvo y humedad

Te miras, te criticas y te escondes. Cierras la puerta y respiras, ves alrededor y estás sola.

      Vuelves a observar y hay objetos que conocen lo más profundo de la boca, los olores íntimos, las nuevas arrugas y las viejas estrías. Un espacio de prisas mañaneras, pero con noches que merecen un ritual. Un esmalte rojo, la enagua con encajes de la última visita a París, una calada más al cigarro, y estás lista para aparentar que no hay dolor, sólo seducción.

      Curiosear en lo ajeno es como espiar y revolver el lugar por el que se pasea —sin permiso— la mirada. Es un deambular de manos entre unos cajones que, probablemente, el tiempo aseguró, creándoles una maña, en caso de que quisieran ser abiertos.

      Hay espacios privados de ensueño, que merecen un ritual cada vez que se entra, como el vestidor con zapato-anillo de compromiso de Carrie Bradshaw del programa Sex and the City.

      Paloma Picasso, a eso olía mi abuela, y al parecer todas las señoras de San Ángel que ahora tienen más de 80 años. Aquellas damas que bordean los casi cien deben dejar su rastro de Shalimar de Guerlain, el mismo que usaba Frida Kahlo, sólo que el de ella tenía otros componentes: tabaco y hospital.

      Para saber cómo fue alguien es necesario hurgar, meterse donde no es debido, en lugares donde la presencia no sólo se siente por el espacio en sí mismo, sino por el dejo de su olor entre hilos y telas.

      Frida Kahlo midió 1.70, fue delgada, con senos redondos y firmes; vistió de una forma en particular; llevó una moda, un estilo personal, que fue más allá del simple vestir, ya que trató de llevarnos a su sentir, a las emociones que la hicieron usar faldas, huipiles, batas o retazos de telas hechos a su parecer.

      472 objetos quedaron clausurados después de la muerte de Frida. En 2004, se decide abrir el baño que guardaba el secreto indumentario más preciado del sur de la Ciudad de México, en la Casa Azul de Coyoacán, también conocida como el Museo de Frida Kahlo.

      Cruzar el marco de la puerta, y respirar el aire atrapado de un búnker que escondía colores y blancos, tuvo que ser como entrar a los recovecos de lo más íntimo en el lugar más íntimo de una casa: el baño.

      Aquél es una zona limpia, en donde sacas lo más sucio de ti, un espacio en el que sucede una metamorfosis con tan sólo el contacto de tu cara con el agua.

      Pero, en el baño de la Casa Azul, hace 10 años pasó un no sé qué, con las personas que entraron, después de cincuenta años de encierro entre el polvo y la humedad.