Tag Archives: Bologna

Un frasquito italiano

Subir de peso, hincharse de calor, despertar con sarpullido; salir de casa pisando una banqueta ardiente, llegar al mostrador sosteniendo en mano una talla que en ese momento la cajera te dice, con un vistazo a tu pecho, que esa medida no te quedará y pensar, después de esa recriminatoria mirada que lo mejor habría sido quedarse en la habitación a trabajar, arruina toda idea de “Una Italia de glamour”.

 

Pensar en venir a Italia, idear comprarte un boleto, llenar una maleta, no te hace ser italiana.

Primero hay que venir a Italia muchas veces, recibir una recriminatoria mirada por cada vez que se está acá y después, mucho tiempo después, interiorizar que es mejor no ser italiana y, en cambio, mantener latiendo delicadamente tu corazón.

 

El glamour de aparador, aquél que no puedes tocar siendo turista es mejor que ni te alcance viviendo aquí. Para prueba de ello está el bálsamo destilándose en forma de sudor por entre las piernas de una italiana, ésa, la del short de nueve euros, que te hace a un lado por entre los pasillos del súper y que con la mirada te dice: no me gusta tu vestido.

 

Rubias, ojiazul, piernas bronceadas tonalidad oro, cuerpos por los que tus compatriotas hombres sueñan dejarían en un típico arrebato ignorante a la familia que tienen al lado; las mujeres italianas detrás de su reinado llamado “mostrador” olfatean los pequeños errores de vocabulario y te dicen en todo su esplendor con una a todas luces no inocente pregunta:

 

“¿Inglés?”

 

que

 

“Tú,

no eres

de aquí”.

 

 

Italianas.

La mirada de Sofía a Jayne en frasquitos portátiles.

Personajes

936688_468569716645406_3493088638060289001_n

Estudiar literatura italiana te hace ver personajes del país de la bota por doquier. Más si uno se vuelve admirador del periodista Pereira, del estudiante necio Monteiro Rossi, de la mujer de “Los zapatos rotos” o, ya bien entrados en lo más aceitoso de la italianidad, de Sofía Loren, antítesis de la Ginzburg que habla de sus zapatos durante la guerra. La Italia reservada y la Italia explosiva.

Dos ideas polarizadas de lo que significa cohabitar con lo más latino del continente al otro lado del Atlántico y aún así, no lograr entenderlos. Siempre gritones y de voz semi aguda, dos tipos de italianos:

Zapatos rojos, medias traslúcidas o bronceado perfecto, falda de vuelo corta blanca, blusa con motivos rojos y blancos, cabello sin lavar pero con peinado perfecto. Perfume, bolsa a juego. Gafas obscuras. Al frente un espresso, y chico. Al lado perrito y bolsas Gucci. Chica en flats, shorts rotos, blusa blanca de hace dos días, cabello despeinado mal recogido, mochila con libros y ropa del fin pasado. Forjando un cigarro delante de chico que mira su celular. Ambas, hermosas.

Aplica igual para los hombres.

-¿En dónde están las papas fritas? Grita uno en el supermercado frente a los lácteos.

El niño Kinder: pantalón de lona azul, camisa de lino clara y modales de príncipe no existe más. El italiano de los noventas pareciera que ve en la desfachatez el futuro de la sofisticación por la que tanto se desfallecieron los mecenas renacentistas. Un hippi trasnochado en sus veintes que busca papas y cerveza en el súper. Los profesores, al igual que seguramente lo habría hecho Pereira, miran el jarrón romperse y dan sin remedio otra bocanada al cigarro.

-El curso pasado me aventé a 150 estudiantes repitiéndome en voz alta argumentos sobre Amuleto y Los detectives salvajes. Dice una profesora en español ibérico cuando se entera que puede practicar con la interlocutora de cabello negro su lengua extranjera predilecta.

“Quizás los chicos están así gracias a las novelas que les dan a leer” me pasa por la cabeza mientras acepto que me encantó Amuleto y detecto que comienzo a alucinar el temperamento de la región.

En la reunión: dos Pereiras, una semi Sofía y dos aspirantes a Pereira y Natalia Ginzburg platican o parlotean o gritan entre un respetable itañol sobre literatura latinoamericana.

Enredo de bromas, tomadas de pelo, argumentos verídicos, todo ensalzado con lo que uno imagina, racionalidad no deja de ser “drama interesante” para la visita que ensueña con llegar a casa y contactar con alguien al otro lado del Continente que comprenda su propio temperamento.