Tag Archives: DF

Mujer en metro

La gente escupe, entra y se arremolina.

Un ritual que te transporta.

La gente arremolinada se besa, se toca, se mira. Y sin tu permiso  te miran, te toquetean y besar…quiero creer que no ha pasado sin permiso. Pero violar, seguro. Lo más íntimo se omite. Lo más físico al parecer, se arranca.

El acoso, la discriminación y la suciedad vienen en el mismo vagón.

Primero fueron dos, luego tres. Son cinco pesos los que se pagan por transportarse en una serpiente naranja y convivir con las alarmantes cifras de sobre peso y pobreza en México. De 31 en el vagón miro a 24 personas que no caben en sus ropas.

Cuento a la gente en el metro para pasar los trayectos de estación a estación. Trato de no respirar el olor a hombres arremolinados peleándose por el cruce de miradas del trompo de pastor/mujer que tienen enfrente y por la que salivan.

Contrario al vagón de mujeres, los hombres apelmazados ni siquiera se voltean a ver y cuando deciden que van a bajar no se hablan entre ellos.

Las mujeres en cambio, arremolinadas o no, hablan, se organizan para bajar, entablan entrañables amistades de 45 segundos. Cargan al bebé para ayudar a pasar, cuidan al viejito que entra en bastón. Todas además, como si fuera requisito, se enchinan las pestañas.

Las “mejorías” que promete ser la “Ciudad de México” tardarán en llegar hasta los vendedores ambulantes de allá abajo.

Cinco pesos para conseguir lo que quieres: desde suicidios hasta zapatos, desde asaltos hasta pizzas, desde nalgadas y senos agarrados hasta un par de aretes. En el metro también hay conciertos en vivo, exposiciones, murales, ropa, productos milagrosos para adelgazar, periódicos y hasta consultorios médicos y farmacias.

La desgracia o la maravilla:

Con cinco pesos se recorre la ciudad entera.

Ninguna estación de metro te deja en realidad en tu destino.

El metro, la serpiente naranja que todo lo ve y no dice nada es la que nos engulle y escupe a su placer por cinco pesos.

*Fotografía: Pedro Valtierra Anza

Historias de un Oxxo

La noche de un Oxxo puede fluir tranquila o no.

De todas las historias, las personales son las que opacan la tranquilidad.

El Oxxo (referente de casa) sirve también de bastión del edificio completo. La mayoría de los vecinos se ha visto en la misma condición de pijamas y también en la misma fila esperando el cambio.

Lo cotidiano de las frases:

“Déjeme ahí donde está el Oxxo”.

“Compra en el Oxxo alimento o suero si no hay en el súper”.

Vuelven al Oxxo, aloxxo otso,  al oxxiso occso oxxidental un come tienditas por excelencia.

Este come tienditas también puede contar historias de vida de una cuadra y dar lecciones de amistad, violencia y miradas de revancha.

Mejor ejemplo de que las relaciones se crean de una cotidianidad, pero que también se rompen de maneras impredecibles, lo demuestra la volátil estadía del personal y sus cajeros.

Estuvo el que fiaba pesos  por hacer plática mientras abría y cerraba la caja, el que recomendaba chocolates o regalaba los conejitos en el turno de la noche o está todavía, la jarocha mal hablada que con su acidez llama ‘linda’ a la que se refugió en la gran caja de luz blanca de una huída de noche.

Pero el Oxxo además de enseñar sobre formas de amistad sabe también que Yazpik o, mejor dicho, la novia, o la acompañante-novia o la acompañante-novia-lo que sea de Yazpik- mira desde el Oxxo y hasta la calle de enfrente destruyendo a cualquiera que se atreva, aunque sea en pantuflas, leggins rosas, chongo y gafas, a reconocer sin querer y a seguir los ojos de su novio.

 

 

Venecia

Llegué a Venecia después de un viaje a Japón.

Un viaje de veinte días con fotos mías subida de peso que ya anunciaban la típica excusa a las amistades: aunque en Japón, más que engordar, en verano te hinchas de calor. ¡Ajá!

De cualquier forma fui a lo que en ese entonces era un local blanco semivacío y pagué para lo que según yo sería “subir y bajar las piernas cómodamente recostada”.

Error.

Error porque Venecia, tranquila flor de loto sobre una de las camas -cabello castaño, ojos miel y sonrisa de sol (guapísima)- hace de un dictado de sencillos movimientos un llamado a la disciplina.

Venecia de Jalisco pero con nombre de ciudad italiana, fundó en 2014 en la Ciudad de México, Mind Body Pilates en pleno centro de la Colonia Roma Norte.

En un inicio, con tan sólo cuatro camas de Pilates Reformer compradas a regañadientes por su familia, daba clases atrás de un local de ropa del que nunca imaginó acabaría siendo completamente suyo.

-Un día voy a tener un negocio como ese-

Le dijo a quien entonces la había introducido al trabajo de contadora recién trasladada al D.F. en el 2008.

Todos los que llegan a Venecia, al igual que la histórica ciudad, incrédulos al principio, cambian para siempre de parecer.

Venecia repite a cada uno que llega el cántico con el que secretamente le agradeces frente al espejo treinta días después:

En 10 sesiones, sentirás la diferencia,

En 20 sesiones, notarás la diferencia,

En 30 sesiones, tu cuerpo habrá cambiado.

Venecia, con un fuerte entrenamiento desde hace más de diez años en método Pilates y, como instructora de PMA (Pilates Method Alliance) hizo de una frase anhelante un local con más de diez camas Reformer, más de diez instructores y atiborrados clientes que pelean por una hora de sesión.

Venecia, como la ciudad, erigida sola es sin duda lugar de luz e inspiración para todos los que llegan a ella.

  • Para informes:

http://www.mindbody.mx/

https://www.facebook.com/pages/Mind-Body-Pilates-Studio/484180245043930

10842277_10153624030844569_4598199614333584749_o

11130853_10153833741979569_356079652_o11099558_10153839479399569_1019605543856747184_o

Llegar a casa

Para subirnos a un autobús basta levantar una pierna, la derecha o la izquierda y subir el pequeño peldaño que nos coloca dentro del transporte; con un poco de prisa depositamos una moneda en la mano del conductor, esperamos el cambio, escaneamos rápidamente el interior y detectamos un asiento y nos dirigimos hacia él. Para pasar tranquilos el trayecto nos colocamos los audífonos, volteamos por la ventana y nos arrullamos con pensamientos hasta bajar en nuestra parada.

Lo difícil es alcanzar al autobús, correr bajo la lluvia para alcanzarlo, evadir los charcos que nos llegan hasta los tobillos, soportar que los autos nos salpiquen el agua de las calles, que las bicis no nos atropellen. Lo trabajoso es que el metro llegue a tiempo para hacer la escala y que en el trabajo las horas pasen lo suficientemente largas como para que no nos importe el haber olvidado el paraguas y por fin estar fuera de la oficina aunque sea así, mojados, cansados y con hambre. La recompensa será un asiento libre en el autobús.

Estar sentados dentro de un autobús mientras afuera llueve y adentro está calientito, el saber que tarde o temprano llegaremos a cenar, a ponernos la piyama a meternos bajo las cobijas y a dormir es lo mejor que existe.

Lo peor es saber que por la lluvia el autobús se va a llenar a reventar, que tendremos que soportar las bolsas de las personas que van de pie en nuestra cara, que muchos confundirán nuestras manos sobre el tubo del asiento de enfrente, con el tubo del asiento de enfrente, y que tendremos que tocar sus manos que tocaron un “no sé qué” que nos llena de asco y que al racionalizar el pensamiento de odio sabemos que para el otro también nuestra mano le da asco y mejor la quitamos con cierto grado de arrepentimiento por sentir asco de haber tocado su mano por accidente.

Entonces nos levantamos con cuidado y abruptamente porque nuestra parada se acerca, esquivamos los cuerpos de los demás, sentimos sus ropas mojadas, nos despedimos del calor sucio que nos arrulló todos esos minutos de trayecto y nos recibe de nuevo el viento y la lluvia fría en el rostro. A veces así se llega a casa.

Roma tren