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Un frasquito italiano

Subir de peso, hincharse de calor, despertar con sarpullido; salir de casa pisando una banqueta ardiente, llegar al mostrador sosteniendo en mano una talla que en ese momento la cajera te dice, con un vistazo a tu pecho, que esa medida no te quedará y pensar, después de esa recriminatoria mirada que lo mejor habría sido quedarse en la habitación a trabajar, arruina toda idea de “Una Italia de glamour”.

 

Pensar en venir a Italia, idear comprarte un boleto, llenar una maleta, no te hace ser italiana.

Primero hay que venir a Italia muchas veces, recibir una recriminatoria mirada por cada vez que se está acá y después, mucho tiempo después, interiorizar que es mejor no ser italiana y, en cambio, mantener latiendo delicadamente tu corazón.

 

El glamour de aparador, aquél que no puedes tocar siendo turista es mejor que ni te alcance viviendo aquí. Para prueba de ello está el bálsamo destilándose en forma de sudor por entre las piernas de una italiana, ésa, la del short de nueve euros, que te hace a un lado por entre los pasillos del súper y que con la mirada te dice: no me gusta tu vestido.

 

Rubias, ojiazul, piernas bronceadas tonalidad oro, cuerpos por los que tus compatriotas hombres sueñan dejarían en un típico arrebato ignorante a la familia que tienen al lado; las mujeres italianas detrás de su reinado llamado “mostrador” olfatean los pequeños errores de vocabulario y te dicen en todo su esplendor con una a todas luces no inocente pregunta:

 

“¿Inglés?”

 

que

 

“Tú,

no eres

de aquí”.

 

 

Italianas.

La mirada de Sofía a Jayne en frasquitos portátiles.

Emma Recchi

Hay mujeres que saben usar una bolsa no sólo de diseñador, sino que lleva el nombre de una leyenda como la Birkin Bag, nombrada por Jane Birkin, quien necesitaba un objeto que le permitiera cargar con todo. Otras que saben peinarse, un moño francés o un buen cepillado y voilá! Y no faltan aquellas chicas que desde sus once años los viernes por la tarde una señora las visita y les hace el manicure y pedicure en la cocina.

Pero existen las que saben hacer todo eso y no por el papel que tienen que actuar dentro de una película italiana, sino porque ellas nacieron para dirigir banquetes, no para cocinar, ellas fueron educadas para afirmar o negar con la mirada y saber cómo hacer una entrada triunfal y no un fashion and be late, ellas se desmaquillan con Chanel.

Puede que no hayan heredado las perlas que la abuela compró en su último viaje a Mallorca, que usen el bisonte a escondidas de la sociedad porque ya no es políticamente correcto o que sueñen con entrar en el vestido de novia de sus madres a pesar de las fatales hombreras y nunca más vueltos a existir 58 centímetros de cintura “cuando tenía tu edad”.

A veces es el sonido de unos stilettos bien pisados, otras ocasiones es un perfume con un buen fijador y la mejor de todas es cuando sale un “querida” acompañado por una sonrisa.

Ellas son mujeres de mi casa, de la calle y de la tele.

De vez en cuando…yo también soy una de ellas.

Vida en tren

De chica viajé y dormí una vez en un vagón de tren. No logro discernir el tiempo que duró el trayecto pero recuerdo haber cenado y dormido para despertar en lo que en ese entonces era la ciudad de la abuela.

Nunca más hasta la adolescencia me volví a subir a otro tren.

La segunda vez que puse un pie en un vagón lo hice en otro idioma y me equivoqué pero no representó nada grave más que haber subido una maleta el doble de pesada que yo a un vagón y a una hora equivocada. De chica tampoco frecuentaba los vagones del metro en los que normalmente se transporta buena parte de la adolescencia de las ciudades grandes.

Más bien, mi encuentro con los rieles se limitó desde un sofá a darle fin a la angustiosa vida de Anna Karenina, a ver cómo colgada de los tubos le salían estigmas a Patricia Arquette o a acordarme de cuando niña me estampé en la panza de un señor gordo en un vagón de metro por haberme soltado sin querer de la mano de la abuela.

Pero el salto cuántico lo di de adulta.

***

Mi amigo europeo no entiende por qué le tomo fotos a los rieles

-En México sólo hay autobuses

***

Cremona es una ciudad famosa en el mundo por dos cosas, la industria y la laudería; yo agregaría por su gente larga y blanca y demasiado bien vestida con mirada despectiva de Silvana Mangano.

Cremona es la ciudad donde nació Minna, Cremona es un pueblo a donde va la gente de distintas partes del mundo a aprender a hacer cellos y violines,  Cremona es la Italia norteña que no viene en los libros de idiomas y a la que tampoco le enseñaron a tratar con el turista.

Perderse entre trenes regionales y haberlos tomado todos a tiempo tiene su mérito.

El mérito de aceptar la vergüenza de equivocarse de país por tomar el tren equivocado también es digno de alabarse.

Uno no se gradúa en trenes sino hasta que insiste en preguntar con la lengua a maromas al controlador de boletos el destino final de un tren cachado a última hora tres veces seguidas.

-Friburgo, Alemania. Cierto? (X3)

-La señorita está nerviosa. Le respondió el croata que me llevó de la mano en inglés durante el trayecto de 30 minutos de Basel a Friburgo.

Ellas

Génova son dos.

Para llegar a ella se toma temprano el tren.

6:28 -9:58 am. Puntual.

8:15 el Regional desayuna: el de al lado una galleta, la de enfrente un pan baguette. Agua.

El vagón se apesta, suda y se complica aún más: comienzan los dialectos.

De inmediato uno se sabe en otra tierra. El puerto recibe a los visitantes con una brisa que sonríe mostrando otra Italia. La Italia Norte de mar, la bronceada, la “todavía hasta ahí es alegre”. Y en parte, así es.

El Liguria: belleza europea se presenta delante a los pies, el mar azul profundo se alcanza de inmediato. Las piedras la delatan: frialdad es en lo que uno se sumerge entre cuerpos tatuados y de espinosas bocas.

-Vámonos. Dice mi amiga. –Esta gente está muy tamarra.

Entonces te muestran La otra puerta. Y uno pasa sin saber bien a qué va.

-Vivo en un lugar muy representativo. En el centro histórico.

Hasta ahí, el turista es ingenuo. Y lo tercero que dice la amiga es:

-Ah y por cierto, en Génova no hay turistas.

Es verdad.

“Deep in the maze of the gritty old town, beauty and the beast sit side by side in streets that glimmer like a film noir movie set.”

Se lee en la guía que llevo y que decido ni siquiera mostrar.

Aunque de nombre generoso Genoa Puerta, aunque generosa entregó a Europa América, aunque generosa recibe con gran brisa, Génova es ola que te acoge, saborea y escupe.

O te mantiene medio vivo bajo un yugo de humedad malsana.

Edificios monstruosos. Modernos monstruosos. Voluptuosos cimientos de edificios monstruosos son punta de iceberg de la Génova que no se muestra en el libro. Pacientes construcciones que cuidan sus laberínticos corales; los filosos Vicoli por los que no entra el sol: estalagmitas que deshuesan barcos bajo un histórico mar.

I Vicoli, las callecitas donde viven las putas, los inmigrantes, los olores. Y la amiga.

Evidentemente no iba a hacerla de turista.

Iba a ver la cara de las dos Génovas y de las dos “Val”

-Val, conté cincuenta escalones hasta tu depa.

-¡Sí! Acá así es.

Dice la amiga entre apenada y contenta y feliz por al fin vernos; vive en un tercer piso.

“Val” “La Val” Valeria vino a Italia por segunda vez a estudiar periodismo pero en realidad canta en una banda de inmigrantes. La amiga que hace ilustraciones, transcripciones y cursos de dibujo acabó confesando a sus padres que no le interesa la Universidad.

Sin discusiones. Ella hace bien, le sienta bien y está contenta.

Me costó día y medio aceptar: la Valeria géminis, la Valeria dos Valerias, la Valeria que vino a estudiar, la que desertó y prefirió aprender a vivir. La Valeria segura y la Valeria insegura. La que escucha pero que con tanta palabra no escucha silencios. La Valeria al fin y al cabo, valiente. Las dos, con V.

Las dos Génovas, la rica, bien vestida y decente que se pasea en yates y actúa en la tele, la Génova pobre y prostituta que de día o de noche se mea en sus estrechísimos pasillos. A la voluptuosa o a la famélica no le importa que vestida o desnuda se le observe, se le ignore o se le tome fotos.

La Génova en la que de día es Nueva York es la misma en la que de noche desembarca más de África. La Génova de la gran gastronomía es la travesti que de su mano te da de comer, la Génova que viste de oro es la misma que mendiga menos de un euro.

Con Génova no se juega

porque es la puta más grande

la más rica

la que te engaña mejor

Sería el cántico de los que se les reconoce marineros por sus tatuajes borrosos y despiertan tirados en las calles en plena luz de día.

Al día siguiente cuando por fin te vas, desde el tren te despide sonriente con un beso, te guiña el ojo y le pagas aceptando que su sonrisa de mar del Norte te engañó, porque Génova Nunca será Suave y mucho menos, la linda mar del Sur.

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Personajes

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Estudiar literatura italiana te hace ver personajes del país de la bota por doquier. Más si uno se vuelve admirador del periodista Pereira, del estudiante necio Monteiro Rossi, de la mujer de “Los zapatos rotos” o, ya bien entrados en lo más aceitoso de la italianidad, de Sofía Loren, antítesis de la Ginzburg que habla de sus zapatos durante la guerra. La Italia reservada y la Italia explosiva.

Dos ideas polarizadas de lo que significa cohabitar con lo más latino del continente al otro lado del Atlántico y aún así, no lograr entenderlos. Siempre gritones y de voz semi aguda, dos tipos de italianos:

Zapatos rojos, medias traslúcidas o bronceado perfecto, falda de vuelo corta blanca, blusa con motivos rojos y blancos, cabello sin lavar pero con peinado perfecto. Perfume, bolsa a juego. Gafas obscuras. Al frente un espresso, y chico. Al lado perrito y bolsas Gucci. Chica en flats, shorts rotos, blusa blanca de hace dos días, cabello despeinado mal recogido, mochila con libros y ropa del fin pasado. Forjando un cigarro delante de chico que mira su celular. Ambas, hermosas.

Aplica igual para los hombres.

-¿En dónde están las papas fritas? Grita uno en el supermercado frente a los lácteos.

El niño Kinder: pantalón de lona azul, camisa de lino clara y modales de príncipe no existe más. El italiano de los noventas pareciera que ve en la desfachatez el futuro de la sofisticación por la que tanto se desfallecieron los mecenas renacentistas. Un hippi trasnochado en sus veintes que busca papas y cerveza en el súper. Los profesores, al igual que seguramente lo habría hecho Pereira, miran el jarrón romperse y dan sin remedio otra bocanada al cigarro.

-El curso pasado me aventé a 150 estudiantes repitiéndome en voz alta argumentos sobre Amuleto y Los detectives salvajes. Dice una profesora en español ibérico cuando se entera que puede practicar con la interlocutora de cabello negro su lengua extranjera predilecta.

“Quizás los chicos están así gracias a las novelas que les dan a leer” me pasa por la cabeza mientras acepto que me encantó Amuleto y detecto que comienzo a alucinar el temperamento de la región.

En la reunión: dos Pereiras, una semi Sofía y dos aspirantes a Pereira y Natalia Ginzburg platican o parlotean o gritan entre un respetable itañol sobre literatura latinoamericana.

Enredo de bromas, tomadas de pelo, argumentos verídicos, todo ensalzado con lo que uno imagina, racionalidad no deja de ser “drama interesante” para la visita que ensueña con llegar a casa y contactar con alguien al otro lado del Continente que comprenda su propio temperamento.