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Una de vestidos

Hace un año terminaba de estudiar vestidos.

Al menos eso creía.

Mientras me preparo la cena, estoy en plena clase de yoga o en una reunión en la que perdí el hilo, pensar qué me voy a poner al día siguiente me tranquiliza.

Analizo la situación en la que estaré expuesta. Me olvido que mi radio de acción se limita a una oficina casi llena de matemáticos, secretarias con el ojo en un oficio y otro en el charque como diría mi mamá. Unos pisos con un par de grados más que afuera (dato que siempre tengo que tener en cuenta) y una predominancia del look casual que de vivo para vestirme, mi mantra desde hace un par de años.

Reviso el clima, recuerdo la agenda -la del correo y la que llevo en mi bolsa-, miro el cuadrado de cielo que me permite mi departamento, y si no hubo un cambio, el outfit que pensé la noche anterior, pasa a cubrirme.

Estudio las miradas de los demás, hacía donde van, por qué ahí y no allá. Algunas tienen que ser educadas y girar hacia otro lado, mientras que otras tienen que poner más que la intención.

Juego con el sonido, porque, a veces, unos tacones lejanos logran que la entrada sea más que triunfal, que sea esperada.

Ahora tengo un nuevo drama, un issue existencial, que merece un fino estudio: los anillos y aretes, que últimamente son un statement, tienen más poder que un vestido, al menos por tres segundos, porque logran fijar la mirada en un sólo lugar y ya no soy yo y mi vestido, sino que todo mi ser se limita a un anillo negro o mis aretes de cuando cumplí 25 años.

No por nada la primera mujer en convertirse en Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, tiene un libro y una exposición sobre sus broches, corrijo: sobre el poder de sus broches.

Hace un año estudiaba vestidos, hace unos meses me convertí en mi propio objeto de estudio, hace unos días, un vestido negro logró una sonrisa. 

 

El calor que lo derrite todo #MiPrimerAcoso

Combatir el calor que lo derrite todo encima de un caballo, un caballo caoba con estrella en la frente era la victoria de cuatro horas de carretera sobre la costa, llegar a arriar ganado llenaba de aire mi pelo y las piernas de pellizcos por no traer la bota larga. Vivir una infancia de ensueño es desaparecer el calor que lo derrite todo con tan sólo entrar al cuarto indicado, tomar un refresco, y por puro gusto decidir regresar al lomo sudado del animal, desaparecer de nuevo hasta la puesta del sol.

En Túxpan, hasta en la casa más pequeña de Infonavit es posible bajarle al aire hasta menos de 19 grados.

Salía del auto con las llaves de la entrada para abrir las rejas, la primera de todas anunciaba con una figura de fierro rojo el nombre de ese lugar “El Cuinito” mismo fierro que distinguía en las nalgas a sus animales. Una alberca en forma de frijol, lo bastante profunda para que mi nuevo padre se metiera de un clavado, era parte del paisaje que se desprendía a la vista del balcón de una casa donde apenas nos veían llegar ya había sillones colgantes.

Entre las hectáreas que albergaba ganado corría el aire que no corría en toda la ciudad.

Un río que desemboca en el mar, un trayecto que alguna vez hizo el Che, el río que vio zarpar entre la maleza a pilares del periodismo, presume sus atardeceres al cruzar el puente principal.

Túxpan hizo que la soledad de una hija única se volviera interesante.

Aprendí que a las ranas les gusta la alberca, que las arañas viven entre las sábanas, que los borregos bebés se encariñan con uno y que los gatos salvajes se cruzan con los domésticos. Que todos los perros se llaman “Solavine” y están tuertos, embarazados o famélicos y que la mirada de los caballos siempre es meditabunda. Nunca hay que bajar un escalón sin asomarse para ver si no hay una víbora pegada al borde.

Los moscos pican más fuerte, pueden hinchar un párpado completo, las piedras son bicolor, las peleas de gallo se hacen atrás de la terracería, a la cajas de cartón se les llama cartones, la gente huele a sudor, las casas son de lámina, los pisos de lodo, las gallinas y borregos se comen, las vacas y toros se venden, los terrenos se rentan, las presas son demasiado valiosas, la explicación a lo extraño que es la vida es mucho más fácil y los caminos se hacen, como diría mi padre

“con una capa de grava y otra de piedra”.

En Túxpan también aprendí un miedo que me carcomió por años. No volví a subirme a un caballo, dejé de ir más allá de las escaleras, comencé a contar las cosas, creía que si juntaba mis dedos por tantas veces seguidas lograría que jamás volviera a pasar y que llevar una campana entre las bolsas de mis shorts me salvaría de cualquier cosa mala que pudiera pasar.

Me subí al caballo, esta vez bajaba por el camino de piedra y dejaba atrás la fiesta de la palapa, me gustaba ver el paisaje verde, ir entre el silencio y andar hasta donde nadie pudiera verme. Pero no bajé hasta donde no podían verme porque lo accidentado de los acontecimientos no me lo permitió. Me acompañaba “para que no me perdiera” uno de los caballerangos invitados. Rápidamente detectó un lunar entre mis piernas que solamente yo sabía que tenía, rápidamente me sentí extraña, rápidamente con un ademán de brazo que me paralizó me topé las espaldas con un árbol. Sus labios los pegó a los míos, no sabía que eso era un beso, no sabía que “no me iba a pasar nada”. Tiesa como vara otro movimiento de brazo me  levantó del suelo, por pequeños segundos volé por encima del pasto largo y me alejé de aquello que prometía ser bondadoso. La segunda voz que me habló solamente dijo: “No te vuelvas a acercar a él”.

Tenía nueva años.

Nunca volví a bajar así, de esa forma, al rancho.

#MiPrimerAcoso

Hacerse las uñas

-Hija, te voy a pagar una manicure.

-Albita, necesitas un statement color.

Ir al salón de belleza forma parte de una costumbre familiar que normalmente se hereda de madre a hija. Lo cual no fue mi caso. A mí me tocó ser la chica que llegó con el fleco chueco porque su mamá se lo cortó, y nadie le creyó.

Es más, para mí, no es “salón” es “peluquería” porque su función es cortarme el cabello de una forma que no tenga que usar la secadora y crear peinados de telenovela minutos después de despertarme, yo valoro más mi sueño que una cabellera de envidia.

Si cuento las veces que he ido a que “me hagan las uñas” es muy probable que apenas y llegue a usar los diez dedos de las manos. Cinco bodas y un par de graduaciones. Mis cutículas no han sufrido como las de otras amigas que incluso tienen una persona que va a sus casas y sagradamente les hace las uñas.

Mis uñas son muy especiales, es el signo directo, aparte de mis ojeras, que soy hija de mi papá, parecen espátulas y crecen como las patas de un pato, y no estoy exagerando, si las comparo con las de mi hermana, que hasta sus uñas son perfectas, como las de una pianista, como una vez le dijo un tío.

Cuando voy al salón a que me hagan la manicure no sé qué conversar con la chica que está ahí, al frente mío, trabajando con las uñas de una mano, mientras las otras están en remojo, y yo con una ansiedad de no saber qué contar, porque claro, no sé los chismes de salón, desconozco a las clientas que siempre van y tampoco quiero desconcentrarlas porque como les dije, tengo uñas especiales.

Pero la crisis es peor cuando llega el momento de pagar, y claro, tengo que abrir la bolsa, sacar la billetera y rezar, para que las uñas queden intactas. Al final, siempre recurro, al “perdón, puedes sacar el dinero”. Y ahí no acaba la crisis, el momento de la propina. ¿Cuánto se le da? ¿El diez por ciento? ¿Por qué no vi cuánto le dió la señora? Bueno, gracias. Otra crisis: no sé el nombre de la chica, y todas las señoras se despiden y agradecen directamente a la artista de las uñas.

Llego a mi casa, feliz por mi logro con uñas a lo Mia Wallace y de pronto “maaaaaaaa!!!” el esmalte de una uña se ha corrido, logro arreglarlo moviendo el esmalte a su lugar.

Es lunes, ya sobrevivieron tres días, mañana es el día del showtime para mis uñas, bueno para mí. Y sí, llegar con una manicure de 150 pesos no sólo es una señal de señora que se respeta, sino de una chica de veintinueve años que desde mañana es jefa de departamento.

 

 

 

 

 

 

 

Mujer en metro

La gente escupe, entra y se arremolina.

Un ritual que te transporta.

La gente arremolinada se besa, se toca, se mira. Y sin tu permiso  te miran, te toquetean y besar…quiero creer que no ha pasado sin permiso. Pero violar, seguro. Lo más íntimo se omite. Lo más físico al parecer, se arranca.

El acoso, la discriminación y la suciedad vienen en el mismo vagón.

Primero fueron dos, luego tres. Son cinco pesos los que se pagan por transportarse en una serpiente naranja y convivir con las alarmantes cifras de sobre peso y pobreza en México. De 31 en el vagón miro a 24 personas que no caben en sus ropas.

Cuento a la gente en el metro para pasar los trayectos de estación a estación. Trato de no respirar el olor a hombres arremolinados peleándose por el cruce de miradas del trompo de pastor/mujer que tienen enfrente y por la que salivan.

Contrario al vagón de mujeres, los hombres apelmazados ni siquiera se voltean a ver y cuando deciden que van a bajar no se hablan entre ellos.

Las mujeres en cambio, arremolinadas o no, hablan, se organizan para bajar, entablan entrañables amistades de 45 segundos. Cargan al bebé para ayudar a pasar, cuidan al viejito que entra en bastón. Todas además, como si fuera requisito, se enchinan las pestañas.

Las “mejorías” que promete ser la “Ciudad de México” tardarán en llegar hasta los vendedores ambulantes de allá abajo.

Cinco pesos para conseguir lo que quieres: desde suicidios hasta zapatos, desde asaltos hasta pizzas, desde nalgadas y senos agarrados hasta un par de aretes. En el metro también hay conciertos en vivo, exposiciones, murales, ropa, productos milagrosos para adelgazar, periódicos y hasta consultorios médicos y farmacias.

La desgracia o la maravilla:

Con cinco pesos se recorre la ciudad entera.

Ninguna estación de metro te deja en realidad en tu destino.

El metro, la serpiente naranja que todo lo ve y no dice nada es la que nos engulle y escupe a su placer por cinco pesos.

*Fotografía: Pedro Valtierra Anza

Venecia

Llegué a Venecia después de un viaje a Japón.

Un viaje de veinte días con fotos mías subida de peso que ya anunciaban la típica excusa a las amistades: aunque en Japón, más que engordar, en verano te hinchas de calor. ¡Ajá!

De cualquier forma fui a lo que en ese entonces era un local blanco semivacío y pagué para lo que según yo sería “subir y bajar las piernas cómodamente recostada”.

Error.

Error porque Venecia, tranquila flor de loto sobre una de las camas -cabello castaño, ojos miel y sonrisa de sol (guapísima)- hace de un dictado de sencillos movimientos un llamado a la disciplina.

Venecia de Jalisco pero con nombre de ciudad italiana, fundó en 2014 en la Ciudad de México, Mind Body Pilates en pleno centro de la Colonia Roma Norte.

En un inicio, con tan sólo cuatro camas de Pilates Reformer compradas a regañadientes por su familia, daba clases atrás de un local de ropa del que nunca imaginó acabaría siendo completamente suyo.

-Un día voy a tener un negocio como ese-

Le dijo a quien entonces la había introducido al trabajo de contadora recién trasladada al D.F. en el 2008.

Todos los que llegan a Venecia, al igual que la histórica ciudad, incrédulos al principio, cambian para siempre de parecer.

Venecia repite a cada uno que llega el cántico con el que secretamente le agradeces frente al espejo treinta días después:

En 10 sesiones, sentirás la diferencia,

En 20 sesiones, notarás la diferencia,

En 30 sesiones, tu cuerpo habrá cambiado.

Venecia, con un fuerte entrenamiento desde hace más de diez años en método Pilates y, como instructora de PMA (Pilates Method Alliance) hizo de una frase anhelante un local con más de diez camas Reformer, más de diez instructores y atiborrados clientes que pelean por una hora de sesión.

Venecia, como la ciudad, erigida sola es sin duda lugar de luz e inspiración para todos los que llegan a ella.

  • Para informes:

http://www.mindbody.mx/

https://www.facebook.com/pages/Mind-Body-Pilates-Studio/484180245043930

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Su rostro recuerda a las crías de agosto que comienzan a experimentar. El casi afro, la tez tersa, todo el cliché del que en edad amenaza a quitar el puesto a sus veteranos.

Pide café y fuma prematuramente, conoció a la prima porque en provincia y a principios de los noventas fueron juntos al jardín de niños.

Así de joven es. Pero el tema de su vida es la preocupación que carcome a los hombres adultos.

El niño vive enamorado del cuerpo de las mujeres.

El zarpazo lo da con lentitud probando el temple de quien se ha quitado la ropa y enfoca sólo cuando se lo permiten.

Hizo de FotoAdicta un catálogo de mujeres jóvenes moldeadas en foto que quieren mostrar lo desnudas que pueden llegar a ser en escenarios repetidos; típicos cuartos de adolescentes veinteañeras o con más libertad, las azoteas con ganchos de colores que llenaron las fotos de los primeros dosmiles.

Sólo por esta vez, con ocho años a la delantera, el fotógrafo se intimida por las modelos.

 

https://www.facebook.com/fotoadictam?ref=ts&fref=ts&__mref=message

http://miguelmorteo.tumblr.com/

https://instagram.com/miguelmorteo/