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Narciso Contreras entra a Siria

Narciso Contreras en Franja de Gaza 2014 Foto: Ryoji Fujiwara

El presente texto contiene imágenes fuertes

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–Este es uno de los productos más dañinos -dijo mientras vaciaba un sobrecito de azúcar blanca a su café y sacaba otro cigarro de su cajetilla de Delicados. Vestía un abrigo negro, una playera blanca en V y unas botas de batalla.

-¿Seguirá pensándose en el desierto? Los minutos estaban contados así que apresuró las nimiedades de una plática casual con una pregunta inquisidora:

–¿De dónde sacaste las fotos? No te apures, lo preguntaba por la resolución de la imagen, nunca las había visto impresas en este formato. Dime.

¿Qué se hace cuando un ganador del Pulitzer cuestiona la impresión de una de sus fotos?

Los interlocutores titubearon por un momento. Era de noche, un cuchillo de aire lo enfriaba todo; apenas comenzaba noviembre de 2013.

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The people want the regime to fall. Dos años atrás, en 2011, un graffiti provocaba el despertar de un León. Quince chicos, una pinta y una noticia oficial fueron suficientes para interrumpir la siesta de los reflectores internacionales del forzado heredero del primer Assad. La policía, bajo el mandato de Bashad Háfez, aniquiló a los muchachos. El que alguna vez fuera aspirante a oftalmólogo habría debido recolocarse las gafas para que la hasta entonces inocente frase no se convirtiera en La madre de todas las batallas; esa medusa medioriental  asumida por rebeldes sirios y convertida en quimera, sinónimo de la mayor crisis migratoria mundial.

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–Tienes veinte minutos –aseveró alguien y dio start all cronómetro del iPhone.

–Y bien, ¿de dónde sacaste la foto?

¿Qué se hace cuando un ganador del Pulitzer cuestiona la impresión de una de sus fotos y encima vas y le pides que de primera mano te cuente la anécdota? Existen dos opciones: perecer o sobrevivir. Ahogarte en una ola de vergüenza revolviéndose las entrañas o hacer de esa misma ola un ligero movimiento en la silla reacomodándote imperceptiblemente el estómago y, como si nada, continuar. Yo sonreí. No recordaba de dónde había sacado la foto.

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Digamos que en el nombre se lleva la penitencia. Se para erguido, con la frente en alto, fija los ojos mientras habla, parecieran movimientos y palabras precisos como los de alguien entrenado para no dejar mirarse dentro. Un juego de pantalla difícil de distinguir para un amateur pero sencillo para alguien de los que también han sobrevivido a mucho.

Como mecha explosiva, la carrera profesional de Narciso Contreras se encendió en 2010. Apenas en 2012 ya posaba en la premiación junto a cuatro fotorreporteros más: Rodrigo Abd, de Argentina, Manu Bravo, de España, Khalil Hamray, de Kuwait y Muhammed Muheisen, de Jerusalén: eran los galardonados con el Premio Pulitzer en la sección Breaking News 2013 sobre el conflicto en Siria.

El mismo año en que estalló en los periódicos la guerra que destruiría para siempre los paisajes de Sherezada, un mexicano desconocido de 37 años vivía tranquilamente en  un monasterio de Vrindavan, al norte de la India, dedicado a estudiar y fotografiar a las comunidades religiosas del norte de India. Luego, como los mismos vuelcos de los relatos maravillosos decidió que las revueltas árabes de Túnez y Egipto que acabarían con los mandatos de Ben Ali y Hosni Mubarak merecían su total atención. Y también él, ¿por qué no? merecía una total atención. Comenzaron las publicaciones en todas partes: Knack Magazine, Reporters Without Borders, Standard Magazine, Time, Time-Lightbox, Sea-Globe, The Wall Street Journal, Caxin…

Dos años después del 15 de marzo de 2011, el día en que el escándalo del graffiti en Da’ Ar concretó la guerra de Siria, nadie en la AP aceptaba adentrarse por segunda ocasión al país árabe, pero Narciso Contreras, aquel que le teme a las maldades del azúcar blanca, aceptó.

Quizás lo hizo con la misma templanza con la que asume su relación con la fotografía, a la que describe como encuentro espiritual o con la absoluta honradez con la que reconoció ante su editor la alteración de una de sus fotografías que en el 2013 le costó el escándalo mundial así como cancelar sus colaboraciones como stringer en la agencia con la que ganó el premio Pulitzer.

Todo el trabajo fotográfico de Narciso Contreras de la AP —500 fotografías analizadas— fue sometido a un severo escrutinio por la agencia, el resultado, aunque enaltecía, hundía de cualquier manera la figura pública del fotógrafo.,ninguna otra resultó estar modificada. La luminaria se apagaba como el artificio.

El error que apenas menciona contrasta con la forma en la que se muestra como creyente.

Hare Krishna, el mantra con el que Narciso firmó su disculpa por haber borrado digitalmente una cámara porque “distraía la atención del público” acompaña también casi todo comunicado que emite en cualquier sitio. Hare Krishna, para rematar el texto de sala de alguna exposición, Hare Krishna, para celebrar el premio Carmignac de fotoperiodismo que recibió en 2016 con la serie Human trafficking in Libya.

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–Quien entra a Siria, sale muerto –se escuchaba decir a los editores en el tiempo en el que Narciso Contreras, García Vilanova y Javier Espinoza entraron de nuevo a la zona de combate.

De alguna forma los editores tenían razón. Después de esa ocasión, Vilanova y Espinoza acapararon el 16 de septiembre de 2013 los tabloides internacionales con la noticia de haber sido secuestrados por fuerzas de Al Qaeda; la siguiente noticia en marzo de 2014 anunciaba que estaban vivos. El peligro, el exilio y la muerte de los periodistas se expanden como una mancha.

En la página web Committe to Protect Journalists se despliega el encabezado de junio de 2015 Exiled: When the most dangerous place for journalists is your country  muestra a periodistas sirios que se dedican a cubrir el conflicto de su país amenazados durante años por el gobierno de Bashar Al Assad: Yasmine Merei, Mohammad Ghannam, Bassel Tawil y Awad Alali. 83 es el número total de periodistas caídos durante el conflicto desde 2011 hasta la fecha.

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El conflicto en escenas:

El ejército Libre Siria (ELS), unido a los grupos opositores: el Consejo Nacional Sirio (CNS) e incluso, los comités locales de coordinación (CLC) comienzan luchando contra el régimen de la Liga Árabe de Bashar Al Assad para lograr democratizar el país.

Después el líder de Al Qaeda, el ex preso estadounidense Abu Bakr Al Bagdadi crea la organización hermana Frente Al Nusra (a su vez lidereada en la región por Abu Mohamed Al Golani) para la “Liberación de los Pueblos de Levante” dedicados a realizar atentados contra los rebeldes opositores al gobierno de Assad.

Luego el mismo Abu Bakr Al Bagdadi  se autodenomina Califa Ibrahim y anuncia a todos los musulmanes ser su líder. Las muestras de su poderío lo expone en Youtube: crucifixiones y decapitaciones bajo el mandamiento del El Corán a todos los que hacen la guerra contra Dios.

En un intento por comprender el conflicto desde el lugar y el momento donde se gesta, Vera Miranova, de la Universidad de Maryland, se adentró junto con un equipo de encuestadores a cuatro sitios representativos del conflicto: Alepo, Idlib, Estambul y Jordania.

De puerta en puerta, abastecidos con una treintena de preguntas, el equipo levantó encuestas a los grupos de población sirios entre hombres y mujeres, es decir: civiles, combatientes del ejército rebelde, los que defienden el régimen y refugiados; casi medio millar de personas en total. Todo lo anterior en un lapso de tres años y en tres diferentes periodos, dividiendo la serie de preguntas con las cuales les habrían podido azotar la puerta. Pero no.

El resultado: “los refugiados están hartos” dice Mirinova en una entrevista hecha en la Gazette sobre su proyecto Voices of Syria; la encuesta arrojó también la postura de un ejército rebelde dispuesto a negociar mientras que los militantes del Islam se mostraban más reacios.

Y la guerra va.

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Un juego de palillos cae sobre la mesa. Se despliega el laberinto bélico.

Para Narciso lo que importa es la preparación.

Fueron en total dos años de paciencia los que le tomó a Narciso descifrar la manera de adentrarse a Siria. La estrategia de sacar el palillo negro de la enredadera apenas comenzaba.

La cama como alfombra se llena de objetos. Dos maletas para llenarlas con cámaras, lentes, medicinas, máscaras antigás, equipo de plástico para exposición de armamento químico, laptop, diez mil dólares en efectivo, cables. Además un entrenamiento médico y de sobrevivencia. Logística, prevención, plan de contingencia. Fixers, chofer, guardaespaldas y camionetas. Seguro médico y tres contactos externos entre agencias y un contacto personal. Reportarse cada ocho y doce horas, confiar en su equipo y lograr la historia. El objetivo de Narciso: los civiles.

–El editor va a observar la manera que ustedes resuelven una fotografía. Ustedes dicen: Es mi tema, quiero hacerlo bla bla bla” pero la foto, me atrevo a decir, requiere de una infraestructura con cobertura. El 90 o 95 por ciento de esa cobertura es la infraestructura, la preparación, los recursos, la planeación y toda la logística que requieres para estar ahí. Esa es la foto.

Si no lo logras –añade Narciso– Es como si te patearan cien veces en donde más duele.

Y para recrudecer la sentencia, frente al grupo de fotoperiodistas expectantes, Narciso vira contra sí mismo la cámara y apunta para jalar el gatillo. Frente al grupo, cita al crítico y fotógrafo francés Clemente Bernad  en voz alta:

“(La fotografía) puede hacernos creer cualquier cosa porque juega con la incredulidad del lector.”

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Alepo la estratégica, la de la frontera con Turquía, la que abría camino para la producción industrial y empresarial continúa desfalleciendo entre disputas de poder ahora entre Rusia y Estados Unidos. La ciudad del norte resiste sin agua, sin comida y casi sin gente. Tan sólo la idea de la caída de Alepo representa el golpe decisivo de cualquiera de los grupos que la asedian.

El pie de foto de la imagen sobre la que Narciso Contreras pedía en ese primer encuentro explicación (la misma que fue rechazada por Time por “ser demasiado explícita”) se lee así en el photobook del mexicano:

En este martes, 23 de Octubre de 2012, civiles sirios, un hombre y un niño, llegan a un hospital en Tarik Al-Bab después de ser malheridos en un ataque hecho con mortero en una edificación en el barrio de Za’ar al noreste de Alepo. (AP Photo/Narciso Contreras).

En realidad la foto es todavía más impresionante: cuatro personas de pie, dos cuerpos inconscientes- un niño a la derecha y un hombre a la izquierda- ambos desfallecidos y envueltos en un halo  de ropas rojas y de sangre están a punto de ser arrastrados sobre la batea de una improvisada ambulancia, el metal grisáceo del camión se entremezcla con el del pavimento maltratado, los cuatro socorristas que luchan contra el peso de los cuerpos transpiran ansiedad.

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El plano en cenital: la escena vista desde el tercer piso de un hospital del barrio de Za’ar bombardeado y perturbado por un remolino de fotorreporteros. Narciso huyendo del frenesí de sus colegas decidió explorar las ruinas y miró de arriba hacia abajo.

–Quería que fuera una imagen que se publicara sobre la guerra en Siria porque es muy fuerte, muy gráfica pero no terriblemente morbosa. Describe a un civil herido con una pierna semi mutilada por la explosión de un mortero y un niño muerto a los que no se les ve el rostro. Toda la escena es bastante dramática, mucha sangre, o sea es fuerte, ¿no? Un amputado, un mutilado, es fuerte y un niño arrastrado con los rastros de sangre de la cabeza. Es fuerte. Creo que es una imagen muy fuerte. Nadie la quiso publicar (entonces).

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Aunque habían pasado ya varios meses desde que Narciso Contreras en las instalaciones de la agencia Círculo Rojo insistiera en saber de dónde había obtenido la fotografía publicada en Cuartoscuro, la imagen en Internet de su silueta se seguía repitiendo. A lo lejos se ve que medirá quizás un metro con setenta y pico. Está al aire libre como en espera de algo. Calza botas todo terreno, pantalón cargo color gris deslavado y una camisa negra pegada al cuerpo con manga larga cubre sus brazos.

Naturalmente cuelgan a los costados las cámaras con la que trabaja y da talleres. Mira hacia su lado derecho y sonríe, una sonrisa como la de quien se sabe observado pero que a la vez algo le dio risa. Al fondo una banca de madera pequeña y con techo de toldo verde; junto a él, dos hombres morenos, uno parado y otro acuclillado con ropas ligeras miran la escena de la vida cotidiana. Narciso Contreras está relajado. Podría parecer que para sus adentros repite: Oh,Hare Krishna.


Texto extraído de

 http://cultura.nexos.com.mx/?p=11329