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Una de vestidos

Hace un año terminaba de estudiar vestidos.

Al menos eso creía.

Mientras me preparo la cena, estoy en plena clase de yoga o en una reunión en la que perdí el hilo, pensar qué me voy a poner al día siguiente me tranquiliza.

Analizo la situación en la que estaré expuesta. Me olvido que mi radio de acción se limita a una oficina casi llena de matemáticos, secretarias con el ojo en un oficio y otro en el charque como diría mi mamá. Unos pisos con un par de grados más que afuera (dato que siempre tengo que tener en cuenta) y una predominancia del look casual que de vivo para vestirme, mi mantra desde hace un par de años.

Reviso el clima, recuerdo la agenda -la del correo y la que llevo en mi bolsa-, miro el cuadrado de cielo que me permite mi departamento, y si no hubo un cambio, el outfit que pensé la noche anterior, pasa a cubrirme.

Estudio las miradas de los demás, hacía donde van, por qué ahí y no allá. Algunas tienen que ser educadas y girar hacia otro lado, mientras que otras tienen que poner más que la intención.

Juego con el sonido, porque, a veces, unos tacones lejanos logran que la entrada sea más que triunfal, que sea esperada.

Ahora tengo un nuevo drama, un issue existencial, que merece un fino estudio: los anillos y aretes, que últimamente son un statement, tienen más poder que un vestido, al menos por tres segundos, porque logran fijar la mirada en un sólo lugar y ya no soy yo y mi vestido, sino que todo mi ser se limita a un anillo negro o mis aretes de cuando cumplí 25 años.

No por nada la primera mujer en convertirse en Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, tiene un libro y una exposición sobre sus broches, corrijo: sobre el poder de sus broches.

Hace un año estudiaba vestidos, hace unos meses me convertí en mi propio objeto de estudio, hace unos días, un vestido negro logró una sonrisa. 

 

Llegar a casa

Para subirnos a un autobús basta levantar una pierna, la derecha o la izquierda y subir el pequeño peldaño que nos coloca dentro del transporte; con un poco de prisa depositamos una moneda en la mano del conductor, esperamos el cambio, escaneamos rápidamente el interior y detectamos un asiento y nos dirigimos hacia él. Para pasar tranquilos el trayecto nos colocamos los audífonos, volteamos por la ventana y nos arrullamos con pensamientos hasta bajar en nuestra parada.

Lo difícil es alcanzar al autobús, correr bajo la lluvia para alcanzarlo, evadir los charcos que nos llegan hasta los tobillos, soportar que los autos nos salpiquen el agua de las calles, que las bicis no nos atropellen. Lo trabajoso es que el metro llegue a tiempo para hacer la escala y que en el trabajo las horas pasen lo suficientemente largas como para que no nos importe el haber olvidado el paraguas y por fin estar fuera de la oficina aunque sea así, mojados, cansados y con hambre. La recompensa será un asiento libre en el autobús.

Estar sentados dentro de un autobús mientras afuera llueve y adentro está calientito, el saber que tarde o temprano llegaremos a cenar, a ponernos la piyama a meternos bajo las cobijas y a dormir es lo mejor que existe.

Lo peor es saber que por la lluvia el autobús se va a llenar a reventar, que tendremos que soportar las bolsas de las personas que van de pie en nuestra cara, que muchos confundirán nuestras manos sobre el tubo del asiento de enfrente, con el tubo del asiento de enfrente, y que tendremos que tocar sus manos que tocaron un “no sé qué” que nos llena de asco y que al racionalizar el pensamiento de odio sabemos que para el otro también nuestra mano le da asco y mejor la quitamos con cierto grado de arrepentimiento por sentir asco de haber tocado su mano por accidente.

Entonces nos levantamos con cuidado y abruptamente porque nuestra parada se acerca, esquivamos los cuerpos de los demás, sentimos sus ropas mojadas, nos despedimos del calor sucio que nos arrulló todos esos minutos de trayecto y nos recibe de nuevo el viento y la lluvia fría en el rostro. A veces así se llega a casa.

Roma tren