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Hacerse las uñas

-Hija, te voy a pagar una manicure.

-Albita, necesitas un statement color.

Ir al salón de belleza forma parte de una costumbre familiar que normalmente se hereda de madre a hija. Lo cual no fue mi caso. A mí me tocó ser la chica que llegó con el fleco chueco porque su mamá se lo cortó, y nadie le creyó.

Es más, para mí, no es “salón” es “peluquería” porque su función es cortarme el cabello de una forma que no tenga que usar la secadora y crear peinados de telenovela minutos después de despertarme, yo valoro más mi sueño que una cabellera de envidia.

Si cuento las veces que he ido a que “me hagan las uñas” es muy probable que apenas y llegue a usar los diez dedos de las manos. Cinco bodas y un par de graduaciones. Mis cutículas no han sufrido como las de otras amigas que incluso tienen una persona que va a sus casas y sagradamente les hace las uñas.

Mis uñas son muy especiales, es el signo directo, aparte de mis ojeras, que soy hija de mi papá, parecen espátulas y crecen como las patas de un pato, y no estoy exagerando, si las comparo con las de mi hermana, que hasta sus uñas son perfectas, como las de una pianista, como una vez le dijo un tío.

Cuando voy al salón a que me hagan la manicure no sé qué conversar con la chica que está ahí, al frente mío, trabajando con las uñas de una mano, mientras las otras están en remojo, y yo con una ansiedad de no saber qué contar, porque claro, no sé los chismes de salón, desconozco a las clientas que siempre van y tampoco quiero desconcentrarlas porque como les dije, tengo uñas especiales.

Pero la crisis es peor cuando llega el momento de pagar, y claro, tengo que abrir la bolsa, sacar la billetera y rezar, para que las uñas queden intactas. Al final, siempre recurro, al “perdón, puedes sacar el dinero”. Y ahí no acaba la crisis, el momento de la propina. ¿Cuánto se le da? ¿El diez por ciento? ¿Por qué no vi cuánto le dió la señora? Bueno, gracias. Otra crisis: no sé el nombre de la chica, y todas las señoras se despiden y agradecen directamente a la artista de las uñas.

Llego a mi casa, feliz por mi logro con uñas a lo Mia Wallace y de pronto “maaaaaaaa!!!” el esmalte de una uña se ha corrido, logro arreglarlo moviendo el esmalte a su lugar.

Es lunes, ya sobrevivieron tres días, mañana es el día del showtime para mis uñas, bueno para mí. Y sí, llegar con una manicure de 150 pesos no sólo es una señal de señora que se respeta, sino de una chica de veintinueve años que desde mañana es jefa de departamento.

 

 

 

 

 

 

 

Rojeidades de la mano

Me gusta más escribir con las uñas pintadas, de preferencia con un rojo llamado “pucker up”, así seduzco al teclado y el resultado puede ser tan beneficioso como una one night stand (crónicas para este blog) o una relación más larga (mi tesis de vestidos).

Pero tengo un problema, mis uñas de las manos son espantosas, parecen espátulas y crecen sin ton ni son. Y el dato curioso: no puedo con la lima, me molesta su ruido; pero si voy al manicure, lo soporto, respiro profundo y pienso en lo divina que me veré en la fiesta.

En cambio las uñas de mis pies son perfectas, en comparación con las que salen más a público, pueden durar semanas y se ven muy indecentes antes de entrar a la ducha, de puntillas porque el piso está frío.

(Chicos, cuando vean a una chica con lindas uñas, no está de mal hacérselo notar, a veces corre un poco de sangre y es un arte de malabarismo que el color dure.)

Mientras escribo esto, mis uñas están desnudas porque no sé si mis actividades lo merezcan y siempre pienso en lo que haré al tercer día de estar pintadas, que es cuando la desnudez decide resucitar, el color se descarapela y el look desarreglado “casual” de Kate Moss o Courtney Love, es un reto, entre el cabello sin preocupación y los pantalones de cuero que aún no encuentro.

Podré estar flaca como la Moss y cantar “Malibu” en el auto en un viernes de clásicos de Reactor, pero mis uñas siempre serán la falla de origen que si volviera a nacer pediría una mejora.