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Un frasquito italiano

Subir de peso, hincharse de calor, despertar con sarpullido; salir de casa pisando una banqueta ardiente, llegar al mostrador sosteniendo en mano una talla que en ese momento la cajera te dice, con un vistazo a tu pecho, que esa medida no te quedará y pensar, después de esa recriminatoria mirada que lo mejor habría sido quedarse en la habitación a trabajar, arruina toda idea de “Una Italia de glamour”.

 

Pensar en venir a Italia, idear comprarte un boleto, llenar una maleta, no te hace ser italiana.

Primero hay que venir a Italia muchas veces, recibir una recriminatoria mirada por cada vez que se está acá y después, mucho tiempo después, interiorizar que es mejor no ser italiana y, en cambio, mantener latiendo delicadamente tu corazón.

 

El glamour de aparador, aquél que no puedes tocar siendo turista es mejor que ni te alcance viviendo aquí. Para prueba de ello está el bálsamo destilándose en forma de sudor por entre las piernas de una italiana, ésa, la del short de nueve euros, que te hace a un lado por entre los pasillos del súper y que con la mirada te dice: no me gusta tu vestido.

 

Rubias, ojiazul, piernas bronceadas tonalidad oro, cuerpos por los que tus compatriotas hombres sueñan dejarían en un típico arrebato ignorante a la familia que tienen al lado; las mujeres italianas detrás de su reinado llamado “mostrador” olfatean los pequeños errores de vocabulario y te dicen en todo su esplendor con una a todas luces no inocente pregunta:

 

“¿Inglés?”

 

que

 

“Tú,

no eres

de aquí”.

 

 

Italianas.

La mirada de Sofía a Jayne en frasquitos portátiles.

Tinto de verano

Ingredientes:

-Dos o más amigas.

-Vino (dicen que de cajita, pero si se entera mi papá, me quita el apellido, su regalo de 8 copas no puede ser usado de semejante forma).

-Refresco de limón.

-Manzanas verdes, porque así salió en el video.

-Una jarra. Asegúrese de tener una y no un termo para el café o el agua.

Preparación:

Comience con los últimos sucesos, por orden de importancia, los besos de hace un par de días, la propuesta laboral que la dejó pensando todo el fin de semana, las noticias de la hermana que se fue al sur a tener veinte años, estudiar y hacer playlist de fiestas. Todo ese recuento mientras corta en pequeños cuadrados, rectángulos o lo que le salgan, las dos manzanas verdes, de preferencia que estén amarillas y no verdes tal cual, así me dijo my partner in crime.

Una jarra…esto tiene pinta a florero. De vueltas en la cocina, pregunte a las personas a su alrededor.

“Es la que parece florero, pero no lo es porque tiene un asa.”

Prenda un cigarro y recuerde por qué nunca brillará en la cocina.

Creo que jodí el corcho.

Por eso siempre cedo el honor de abrir el vino a mis amigos.

Busque otro sacacorchos, rece a Dionisio, venga, sí se puede, un poco más, corcho afuera. Por más de cien pesos que sea el vino, tiene que respirar.

No recuerdo que va primero. Si las manzanas, el vino o la Sprite.

Vierta el vino porque está más cerca y la Sprite está enfriándose en el refrigerador. Siga con las manzanas, ah no, creo que van al final, (es que el chisme está bueno), saque el refresco del refrigerador y mézclelo con el vino, ahora sí, más manzanas. No entran. No importa.

Saque las copas que guarda en su caja porque no hay espacio entre las tazas. Invite a todos a su alrededor. Un Mason Jar, también aplica, pero sólo si tiene menos de 25 años.

Fruta al gusto, hielos si es necesario.

Prenda otro cigarro. Continué con el chisme y disfrute.