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La calle de John Cane

Ilustración: John Cane

Los restauranteros compran mojarras a los productores acuícolas solamente si el producto cumple con un peso de 800 gramos. ¿Cómo saber ese dato al momento de seleccionar al pez? ¿Se pesa? ¿Afuera o dentro de agua?…

Al parecer se coloca una báscula dentro del agua y se trata de “subir” al todavía pez para calcular su gordura en el rectángulo del dificultoso objeto de metal hasta que marca una aproximada cifra.

¿Cómo se baila música electrónica dentro de un cuarto de garage sin luz con personas vestidas exclusivamente de negro, algunas trajeadas con lentes obscuros, máscaras antigás y/o  cuernos de chivo? No el arma, el chivo?

Al parecer,  los acuicultores de ocasión y los minotauros y quimeras de esta ciudad comparten en sus actividades la escurridiza necesidad de abrazar y/o actuar como si se abrazara el cuerpo de una criatura acuífera.

Abrazar, tirar, ir en búsqueda y recoger. Como la vida misma.

Las dificultades de los extraños movimientos parecería, incluyen que la criatura salga volando para ir por ella de nuevo, atraparla, arrastrarla, levantarla  y además, lograr no mirar feo al de al lado y evitarse así un pleito.

El baile de abrazar al pez o al electro, incluyó por una noche la incongruente visita de una mujer con atuendo de casi haber regresado del súper, de casi haberse metido ahí por casualidad y casi por no tener una mejor cosa por hacer.

Era probable que su presencia implicara evangelizar a aquella multitud con una sopa de verduras recién hecha proveniente del ridículo morral color rosa peligrando en el trajín que implica perseguir animales que no se dejan abrazar.

Peces, quimeras y morrales rosas.

La chica, la mujer o la señora del morral expresó su afectación desde la entrada. Le recogieron sus gotas para los ojos porque parecía un “gotero” y se dejó sellar con tinta su muñeca derecha.

La muñeca subió las escaleras de terciopelo rojo con botines y calcetas de estrellitas a juego con el extraño paquete bajo el brazo.

La que iría al súper por verduras ignoraba que el pasillo acabaría en la vitrina de las pupilas grises, entre los rostros tupidos de aretes en serie, cabezas con edificios de peinados crepé. Las gafas, los atuendos de metal y el tipo con los cuernos de chivo sobre la cabeza se ubicaban en el piso de abajo.

-Me siento observada. ¿Puedo dejar el morral en aquella esquina?

Las preguntas eran menos ridículas que las acciones.

La chica, la mujer, la señora o la muñeca enredó sin querer su pelo entre el cierre de uno de los seres inertes en la fila de las cervezas. Imposible evitar la risa de aquel grupo.

-Mínimo no fue en uno de los piercings. Susurró al oído del afectado en carcajadas de burla, el mismo humano que la había arrastrado hasta aquel supermercado abierto hasta altas horas de la noche.

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Ya en otra dirección la paleta de colores es más natural aunque abarca todavía tres de cada uno.

Franjas perfectas rompen cuerpos de aves, ramas invisibles vuelven la dureza el lienzo más orgánico; la descripción de un material buscado con lupa e imposible de conseguir en la ciudad, en el país o en el planeta entero, una cama gris, el restirador puesto al lado, hacen que la escena de la habitación se repita.

El citadino John, el puertorriqueño Antoine, la abuela que regaña a la nieta por ser tan promiscua o bien, el mismísimo genio amante del tiburón blanco expresa sus emociones desde la exactitud del color, el trazo y la pluma Bic .

John, perseguir a Antoine, re-encontrarse a John, querer lejos y querer de nuevo cerca a la abuela. Comer un chicle en la esquina del metro con sabor a pastel de cumpleaños

Cuerpos confundidos, caminos intrincados tras el pez.

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Otra habitación: la pareja observa a un chico en la pantalla dar instrucciones precisas sobre cómo morder  una manzana estando a dieta.

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Complicaciones absolutas para la muñeca alterando el supermecado freak; el pez sigue vivo, está domesticado.