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El calor que lo derrite todo #MiPrimerAcoso

Combatir el calor que lo derrite todo encima de un caballo, un caballo caoba con estrella en la frente era la victoria de cuatro horas de carretera sobre la costa, llegar a arriar ganado llenaba de aire mi pelo y las piernas de pellizcos por no traer la bota larga. Vivir una infancia de ensueño es desaparecer el calor que lo derrite todo con tan sólo entrar al cuarto indicado, tomar un refresco, y por puro gusto decidir regresar al lomo sudado del animal, desaparecer de nuevo hasta la puesta del sol.

En Túxpan, hasta en la casa más pequeña de Infonavit es posible bajarle al aire hasta menos de 19 grados.

Salía del auto con las llaves de la entrada para abrir las rejas, la primera de todas anunciaba con una figura de fierro rojo el nombre de ese lugar “El Cuinito” mismo fierro que distinguía en las nalgas a sus animales. Una alberca en forma de frijol, lo bastante profunda para que mi nuevo padre se metiera de un clavado, era parte del paisaje que se desprendía a la vista del balcón de una casa donde apenas nos veían llegar ya había sillones colgantes.

Entre las hectáreas que albergaba ganado corría el aire que no corría en toda la ciudad.

Un río que desemboca en el mar, un trayecto que alguna vez hizo el Che, el río que vio zarpar entre la maleza a pilares del periodismo, presume sus atardeceres al cruzar el puente principal.

Túxpan hizo que la soledad de una hija única se volviera interesante.

Aprendí que a las ranas les gusta la alberca, que las arañas viven entre las sábanas, que los borregos bebés se encariñan con uno y que los gatos salvajes se cruzan con los domésticos. Que todos los perros se llaman “Solavine” y están tuertos, embarazados o famélicos y que la mirada de los caballos siempre es meditabunda. Nunca hay que bajar un escalón sin asomarse para ver si no hay una víbora pegada al borde.

Los moscos pican más fuerte, pueden hinchar un párpado completo, las piedras son bicolor, las peleas de gallo se hacen atrás de la terracería, a la cajas de cartón se les llama cartones, la gente huele a sudor, las casas son de lámina, los pisos de lodo, las gallinas y borregos se comen, las vacas y toros se venden, los terrenos se rentan, las presas son demasiado valiosas, la explicación a lo extraño que es la vida es mucho más fácil y los caminos se hacen, como diría mi padre

“con una capa de grava y otra de piedra”.

En Túxpan también aprendí un miedo que me carcomió por años. No volví a subirme a un caballo, dejé de ir más allá de las escaleras, comencé a contar las cosas, creía que si juntaba mis dedos por tantas veces seguidas lograría que jamás volviera a pasar y que llevar una campana entre las bolsas de mis shorts me salvaría de cualquier cosa mala que pudiera pasar.

Me subí al caballo, esta vez bajaba por el camino de piedra y dejaba atrás la fiesta de la palapa, me gustaba ver el paisaje verde, ir entre el silencio y andar hasta donde nadie pudiera verme. Pero no bajé hasta donde no podían verme porque lo accidentado de los acontecimientos no me lo permitió. Me acompañaba “para que no me perdiera” uno de los caballerangos invitados. Rápidamente detectó un lunar entre mis piernas que solamente yo sabía que tenía, rápidamente me sentí extraña, rápidamente con un ademán de brazo que me paralizó me topé las espaldas con un árbol. Sus labios los pegó a los míos, no sabía que eso era un beso, no sabía que “no me iba a pasar nada”. Tiesa como vara otro movimiento de brazo me  levantó del suelo, por pequeños segundos volé por encima del pasto largo y me alejé de aquello que prometía ser bondadoso. La segunda voz que me habló solamente dijo: “No te vuelvas a acercar a él”.

Tenía nueva años.

Nunca volví a bajar así, de esa forma, al rancho.

#MiPrimerAcoso

Nublado

Que esta ciudad amanezca siempre fresca, a muy fría, no es porque sea un valle, es porque cuando decido usar una falda, un vestido o una tela que se atreva a mostrar un poco más arriba de mis tobillos, sé que estaré a la defensiva, cubierta con mi suéter negro, escondida detrás de mis gafas y aislada con mis audífonos. Por lo tanto, los aires de esta ciudad me “obligan” o me “sugieren” que me cubra, me esconda y para evitar sentirme mal, me aísle.

Escoger lo que me voy a poner, y más ahora que regresé a la vida laboral donde el código de vestimenta es formal y sí, eso implica usar un ligero tacón, es todo un arte. Pensar en lo que me voy a poner mi parte favorita de cualquier momento del día, mientras me baño, esperando el semáforo, en un concierto en una canción que no me sé o esos cinco minutos antes de dormir o de salir de la cama.

Siempre reviso el clima. En tiempos sin internet en el celular, lo revisaba en el periódico o esperaba las pautas de CNN con el estado del clima de distintas ciudades: Buenos Aires, Bogotá, Lima, La Paz, México, Managua, Santiago, Santa Cruz de la Sierra…

Ya tengo un outfit, los aretes, la bolsa, los zapatos (incluso con los que voy a manejar), el peinado es lo de menos, lo que importa es con qué me voy a cubrir, a esconder. Siempre me llevo algo, por el frío dirían todas las madres, pero no, lo hago para que no me jodan.

A veces creo que esta ciudad nos dice “cúbrete mija, no vaya a ser que…” y por eso amanece frío.

Mujer en metro

La gente escupe, entra y se arremolina.

Un ritual que te transporta.

La gente arremolinada se besa, se toca, se mira. Y sin tu permiso  te miran, te toquetean y besar…quiero creer que no ha pasado sin permiso. Pero violar, seguro. Lo más íntimo se omite. Lo más físico al parecer, se arranca.

El acoso, la discriminación y la suciedad vienen en el mismo vagón.

Primero fueron dos, luego tres. Son cinco pesos los que se pagan por transportarse en una serpiente naranja y convivir con las alarmantes cifras de sobre peso y pobreza en México. De 31 en el vagón miro a 24 personas que no caben en sus ropas.

Cuento a la gente en el metro para pasar los trayectos de estación a estación. Trato de no respirar el olor a hombres arremolinados peleándose por el cruce de miradas del trompo de pastor/mujer que tienen enfrente y por la que salivan.

Contrario al vagón de mujeres, los hombres apelmazados ni siquiera se voltean a ver y cuando deciden que van a bajar no se hablan entre ellos.

Las mujeres en cambio, arremolinadas o no, hablan, se organizan para bajar, entablan entrañables amistades de 45 segundos. Cargan al bebé para ayudar a pasar, cuidan al viejito que entra en bastón. Todas además, como si fuera requisito, se enchinan las pestañas.

Las “mejorías” que promete ser la “Ciudad de México” tardarán en llegar hasta los vendedores ambulantes de allá abajo.

Cinco pesos para conseguir lo que quieres: desde suicidios hasta zapatos, desde asaltos hasta pizzas, desde nalgadas y senos agarrados hasta un par de aretes. En el metro también hay conciertos en vivo, exposiciones, murales, ropa, productos milagrosos para adelgazar, periódicos y hasta consultorios médicos y farmacias.

La desgracia o la maravilla:

Con cinco pesos se recorre la ciudad entera.

Ninguna estación de metro te deja en realidad en tu destino.

El metro, la serpiente naranja que todo lo ve y no dice nada es la que nos engulle y escupe a su placer por cinco pesos.

*Fotografía: Pedro Valtierra Anza