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Bicky Ramírez

Caótica historia de una “no escritora” que ríe mucho

Me gusta escribir. Aunque vengo de una clase no privilegiada en donde escribir no es augurio de que conseguirás trabajo.

Mi mamá me enseñó a escribir y a leer a los cinco años . En la primaria leer rápido y sin deletreos el refrán:  “Pepe pecas pica papas…” era mi pasión.  Fui una alumna ejemplar a lo largo de seis años. También me decían que mi caligrafía era muy bonita. Mis compañeritos de clase me pedían prestados mis lápices porque pensaban que eso de tener bonita letra estaba determinado por el lápiz, más no por mi mano derecha. ¡Racismo, pues!

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Mi papá fue quien le dio las primeras recomendaciones literarias a mi hermana y le prestó sus viejos libros del bachillerato. Me causó curiosidad la atención que Rebe le ponía a los textos, así que decidí que tenía que hacer lo mismo. Cursaba la secundaria cuando le agarré el gusto a leer. Me di cuenta de que uno se entera de cosas, una de ellas es que, de acuerdo con Dante Alighieri en La divina comedia, me voy a ir al infierno.

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El bachillerato fue caótico, intenso y acelerado. El acercamiento que tuve con las letras se llamaba álgebra. Aún no concibo cómo la suma de dos letras te puede dar como resultado un número. Presenté tres extraordinarios sin éxito. En un acto de desesperación, hablé con el profesor de álgebra y le expuse mi caso:

-Profe, ayúdeme. No quiero repetir el año. Es que se lo juro que no le entiendo al algebra.

-¡Ay Bicky! A ver, dime ¿Qué vas a estudiar?

-Comunicación.

Mi honestidad, y no mi gusto por las matemáticas,  me hizo obtener un precioso seis y seguir con mi vida libertina.

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Tres años más tarde me encontraba en la licenciatura estudiando comunicación, destacando entre mis compañeros por mi mala ortografía y mi amplia capacidad para hacer reír a la gente. Fue hasta el último semestre de la carrera cuando llegó la revelación: el profesor de literatura universal nos dijo que cualquiera podía escribir. Fue en su clase donde leí a los clásicos y mi gusto por la poesía, pero sobre todo descubrí que podía escribir. El escritor que marcó mi estilo:  José Agustín.

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Lo malo de escribir es que no pagan bien.  A veces no pagan o, peor aún, pocos quieren publicar lo que escribes  (a menos que “seas el hijo de”).  Como buena proletaria me tardé mucho en conseguir un trabajo que involucrara la escritura, hasta que logré laborar en varios medios de comunicación como reportera. Ese trabajo me llevó a estudiar la maestría en comunicación. Fue en la maestría donde me dijeron que escribía bien, que tenía un estilo, que debería de dedicarme a esto.

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Decidí estudiar el doctorado en antropología porque quería jugarle a la intelectualilla que escribe etnografía. Bien pude hacerlo desde la comunicación u otra disciplina, pero si quería hacer etnografía, debía de hacerlo como se debe: con sus bases teóricas, con sus categorías rebuscadas…¿qué podía salir mal?

Durante el primer semestre del posgrado, el profesor puso un examen. Juro que estudié mucho: memoricé conceptos, los repetía y los practicaba con la ayuda de amigos, pero fue inútil. Lo peor no había sido la calificación, sino el discurso de desaliento del profesor.  El académico me dijo que mi examen era pésimo, que no se le entendía a mi letra. Me dijo que escribía muy mal y que no sabía. Me sugirió que renunciara al doctorado, y recalcó que eso era lo malo de venir de otras disciplinas, como la comunicación.

Al final del semestre mi calificación fue un siete. Me quitaron la beca. Lloré mucho y conocí lo que era un ataque de pánico. Tuve que tomar terapia porque me daba miedo escribir y porque sentía que no podía comprender lo que leía. Me sentía torpe frente a la computadora, tenía miedo de escribir. Para recuperar mi beca tuve que leer el doble, cursar materias como oyente, buscar seminarios en otras universidades y, sobre todo, no dejar de escribir.

Pasó un año y recuperé el apoyo. Creí que siempre odiaría a ese hombre, pues más que rigor académico, sentí que aquello fue un acto de discriminación. Lo sigo creyendo. Pero he mejorado, ¡vaya que he mejorado! Los peores agravios que he recibido hacen referencia a mi capacidad para escribir y adquirir conocimiento. Pero me he sabido reapropiar del insulto para salir adelante.

Hasta el momento sé que quiero escribir: para mi familia, para mis amistades. Para aquellos que odiamos las palabras rebuscadas de textos que pocos comprendemos. Quiero escribir sobre escenarios y situaciones que muchos consideran irrelevantes o peligrosos, pero que merecen ser narrados. Quiero escribir para los que no saben escribir. Pero, sobre todo, quiero escribir para reír.

No sé a dónde me lleve este capricho. Probablemente me enfrente al desempleo, aunque no sería la primera vez que paso hambre. Aún no sé cómo lo voy a lograr, sólo sé que, pase lo que pase, no voy a huir, no voy a desistir. No voy a dejar de escribir.

Pd. Tengo bonita letra, pero bebo.

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Germán

Vientos con olor a leña

El mes de septiembre enmarca la llegada del otoño, el preludio de días más frescos. Sin embargo, hace algunos años que aquí ya no se siente así. Algunas semanas atrás anunciaba un noticiero la entrada del primer frente frío del otoño – no en esta frontera del norte- «aquí sigue haciendo un chingo de calor» -le dije a mi hijo Poncio- el cual me miró, se sonrió como diciendo “ok papá” y siguió comiéndose un boli…

Desde que era un niño siempre hay algo con la llegada del frío que me provoca una sensación de nostalgia anónima dentro de mis pensamientos y que hasta el día de hoy, sólo sé que reside en lo más profundo de mi corteza cerebral.

Para mí el otoño es la mejor época del año, al menos en esta ciudad donde el clima es tan extremoso y principalmente porque enmarca el preludio a temperaturas más afables y da un breve respiro al sofocante calor del verano al menos por un muy corto tiempo, justo antes del frio intenso.

También es un tiempo donde se puede “medio caminar la ciudad” -salvo esos días donde hace mucho aire-, también la luz dorada es la mejor para tomar fotos porque se filtra perpendicular entre árboles y crea formas interesantes. Los espacios se llenan de hojas de colores ocres, las cuales es divertido pisar y escuchar el crujido… -patear montículos acumulados siempre debe ser parte del juego-pero lo que más me gusta el otoño, es encontrar en ese olor característico a leña, la llegada del frío y los pensamientos abstractos que me conectan con mis memorias y mis reflexiones.

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Sac-Nicté

Los sueños y el silencio

Un día me pregunté si todo lo que escribiría sobre B sería a partir de los sueños.

B murió hace seis años y medio. Una cantidad irreal de tiempo en la que ahora soy irremediablemente mayor que él y que ha transformado al duelo de a poco.

Cada vez que lo soñaba, aparecíamos mi mamá y yo tratando de rescatarlo: yo rompiendo en llanto al segundo, despertando sin lograr verlo, sin lograr salvarlo.

Ahí, recordaba siempre a Joan Didion y el resultado irónico de ser escritora frente a la muerte: poder imaginar lo que diría cualquiera, pero no poder conjurar a aquel con quien deseas hablar.

El año pasado ocurrió el quiebre.

Hundida en el estrés postraumático otra vez, en el duelo por dos muertes de mi familia, una noche siento que ya nada mejorará, que ya no puedo salir yo sola del vacío, como siempre lo hago, que necesito que alguien me abrace, que, como dice Abril Castillo en Tarantela, «me reconfigure el cuerpo porque ya sólo siento dolor». Pero no puedo ver a mis amigas por la cuarentena y mi familia está tan quebrada como yo.

Ahí aparece B. Ahora el sueño no es el de un rescate en el que yo fracaso, ahora él llega a mí para abrazarme. Cuando despierto, en completa calma por primera vez en meses, puedo sentir todavía el calor de su cuerpo rodeando al mío.

Esos sueños se repitieron muchas veces durante el 2021, como si fueran ese piano en el video de Cardigan al que Taylor Swift se aferra para no ahogarse.

Tres días antes de su cumpleaños, lo sueño de nuevo: en ese lugar intangible sé que a ambos nos destrozaron el torso en un accidente -una metáfora irónica-, pero me abrazo a él con fuerza y escucho  su corazón latir mientras él acaricia mi cabello.

Sé que todo está bien.

Lo sé también al despertar.

Falta poco para que acabe el año y encuentro en Instagram una cita de Elvira Sastre: «a veces suena su risa cuando está todo en silencio, como si me recordara que la vida nunca muere».

Ahora puedo ver que el silencio que en los primeros años del duelo pensé que era todo lo que nos iba a rodear por siempre, nunca existió.

Sé ahora que el destino de Didion no fue el mío. Que no puedo conjurar a B a placer (tampoco podemos hacerlo con los vivos), pero puedo contar con su presencia en destellos de luz, en recuerdos que funcionan como tótems, en sueños que me siguen iluminando aún después de despertar.

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Nofret

Brisa de pandemia

La brisa de las gotas de aquella fuente rociaba dulcemente su rostro y le recordaba a ella; le recordaba a ella mientras regaba los árboles de su amado jardín y se sentía uno de los colibríes que se acercaban a tomar un baño matutino.
Se quita el cubrebocas y toma un sorbo de su machiatto y vuelve a resonar en su memoria como un trueno aquella frase: “te estás convirtiendo en un personaje”.
-¿En quién te habías convertido? ¿Cómo pasaste de ser modesta y tímida a comportarte como un macho cabrón?- Eso se preguntaba ella mientras esperaba a una amiga a la que debía pedirle perdón por no saber domar su ira. ¿Era ella culpable de no saber cómo domarla?
Pide una Perrier y cierra los ojos para permitir que la brisa la acaricie. Puede verla claramente, ahí está ella orientándola y le recuerda que hasta hace poco no nos habían enseñado a encausar la ira. ¡Vaya, ni siquiera nos habían mostrado de qué manera debemos expresar nuestras emociones! Hasta hace bien poco todo ha sido represión. “No te enojes que no está bien que una ‘señorita’ grite”. “¿Cómo es posible que siendo tan inteligente no puedas controlar tu enojo?” ¡Cuántas
veces escuchó esas frases durante su larga adolescencia!
-Sí, te perdono, lo entiendo. Espero me perdones. También debemos
perdonarlos a ellos. Pero por favor te pido que me digas, ¿cómo me quito esta máscara?- Abre entonces los ojos y la silueta de su amiga se asoma en la esquina. ¿Acaso habrá olvidado a causa de la pandemia las reglas sociales? No hay respuesta, pero su corazón sabe que esta pandemia le arrebató la cordura.
No, no fue el virus quien se la llevó, se la llevó la pandemia… y no es lo mismo.