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Nublado

Que esta ciudad amanezca siempre fresca, a muy fría, no es porque sea un valle, es porque cuando decido usar una falda, un vestido o una tela que se atreva a mostrar un poco más arriba de mis tobillos, sé que estaré a la defensiva, cubierta con mi suéter negro, escondida detrás de mis gafas y aislada con mis audífonos. Por lo tanto, los aires de esta ciudad me “obligan” o me “sugieren” que me cubra, me esconda y para evitar sentirme mal, me aísle.

Escoger lo que me voy a poner, y más ahora que regresé a la vida laboral donde el código de vestimenta es formal y sí, eso implica usar un ligero tacón, es todo un arte. Pensar en lo que me voy a poner mi parte favorita de cualquier momento del día, mientras me baño, esperando el semáforo, en un concierto en una canción que no me sé o esos cinco minutos antes de dormir o de salir de la cama.

Siempre reviso el clima. En tiempos sin internet en el celular, lo revisaba en el periódico o esperaba las pautas de CNN con el estado del clima de distintas ciudades: Buenos Aires, Bogotá, Lima, La Paz, México, Managua, Santiago, Santa Cruz de la Sierra…

Ya tengo un outfit, los aretes, la bolsa, los zapatos (incluso con los que voy a manejar), el peinado es lo de menos, lo que importa es con qué me voy a cubrir, a esconder. Siempre me llevo algo, por el frío dirían todas las madres, pero no, lo hago para que no me jodan.

A veces creo que esta ciudad nos dice “cúbrete mija, no vaya a ser que…” y por eso amanece frío.

Nevado de Toluca

-Mamá, ¿por qué le tenemos que dar la vuelta a la montaña?

– ¿Por qué corren?

– ¿Por qué andan en bici?

– ¿En serio llevan a su bebé? ¿Será un tipo de manda?

– Qué ganas caray.

-Ayer hubieron varios heridos porque se resbalaron y un muerto, ese fue por loco señorita.

-No que muy macho para los maratones cabrón.

-No mames, esto es de locos, wey.

***

Cumplí 29 años y decidí ir al Nevado de Toluca, me acompañaron mis hermanas y el novio de una de ellas. Salimos muy temprano, 5:20 am y cuando llegamos, alrededor de las 7 am, el frío cortó mis cachetes y mis lentes se empañaban cada vez que llenaba mis pulmones.

Casi treinta o la edad eterna de Nanny Fine y sigo con mi 1.70 de altura, 55 kilos y unos gramos más y a veces menos, el cabello en proceso de ser largo cual amazona. Una licenciatura, una maestría, un par de cursos, dos idiomas, varios acentos que aún mezclo, con mis bolivianismos que en México no se usan y yo sigo por la vida sin darme cuenta.

En serio qué ganas de madrugar a horas inhóspitas y subir la montaña un domingo de enero. En parte era por la mentada foto y porque a veces extraño la nieve, ese frío que inmovilizó mis manos en alguna calle del East Village en Nueva York y me paralizó.

For real I can move them, I’m not kidding, take a look.

Caminamos 16 kilómetros, ida y vuelta, estuvimos a más de 4000 metros de altura, “fueron a La Paz y volvieron” dijo mi papá, “también pasamos por Santa Cruz”, dijo Gus refiriéndose a un pueblo perdido de Toluca.

Subí la pendiente porque quería ver y sentir algo majestuoso como Grand Central, la Coordillera de los Andes desde el avión o en la carretera del altiplano boliviano que parece no tener principio o fin, la vista entre Pinotepa Nacional y Pinotepa de Don Luis donde mi abuela quiere volar.

***

Cuando bajé al cráter donde están las lagunas caminé un rato, vi con mucho temor el agua congelada ese “piso” de mentiras que sólo tiene una función de tentar y retar hasta donde llegas, qué tanto puedes caminar, qué tanto te puede aguantar y qué tanto eres capaz de sonreírle al miedo de caerte, ahogarte y morir.

Seguí caminando hasta que de pronto miré a una señora que se puso hacer saludos al sol en la nieve, des-cal-za, inevitablemente pensé en el loco que había muerto y le dije a mi hermana: ya, vámonos.