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Navidad sin ella

Hay noches que son ideales para llorar sin que nadie te vea, e incluso tienen lugares precisos en los que te puedes esconder y disimular los sollozos o culpar a los olores.

Los recuerdos atacan.

Un reloj descompuesto, un suéter que ella me regaló y de pronto una chamarra que sólo ella pudo haber escogido y mi papá lo hace por ella, porque así le hubiera gustado.

(Aguanto las lágrimas, no en el centro comercial, no en Zara.)

La mesa está lista, la música también, la comida ya la probé una noche antes y estaba deliciosa.

“Seguramente te estás pintando las uñas de rojo”, me dice Ale, mi hermana por teléfono desde Barcelona, me pide una foto de mi vestido. Este año no me tomé una sola fotografía, me faltaba algo, ¿los aretes? (No logro recordar cuáles fueron los que usé). Hay una selfie de ojos y según yo estaba maquillada y no, parezco una criatura de 12.

Antes de que hubieran muchas risas porque mi abuelo casi comete el crimen más grande de la historia de la Navidad: dejar caer al niño mientras lo arroya, comencé a recoger las huellas de la cena, dispuesta a dejar que mis ojos se humedecieran como cada 24 desde hace ya varios años.

Pero no fue así, otra persona lavó los platos, yo sólo los recogí.

A las cuatro de la mañana me despertó el dolor crónico, ese que me había dejado un par de años, pero regresó porque tenía un pico que cumplir. A veces la impotencia se convierte en lágrimas. A veces respiro…y otras veces sueño con ella en su sala con la mesa china y las copas rojas.

…Ya lloré.

 

 

 

 

Girls meets Star Wars

Las primas Miranda Leyva no la habían visto, los primos Fernández Miranda eran unos expertos, la Bojanic Miranda y los Illescas Miranda, creo que les era indiferente.

Pero ahí estábamos todos en pijamas un 25 de diciembre o 26 sin papás, solos con una televisión y una colección de dvd’s piratas de “La Guerra de las Galaxias”.

Mi única relación con dicha película era que mi abuela me decía “Yodita” porque, para ella, el Yoda era bello y yo de bebé era una gorda muy linda con ojeras que ahora parecen unos surcos.

Uno de mis primos estaba explicándome la trama como si fuera física cuántica y yo sólo quería ver el famoso peinado de la princesa.

Recuerdo que fue un día largo o dos, con las pausas para cambiar de dvd, ir al refrigerador y ver qué hacían los “grandes”.

Años después fuimos toda la tribu a ver otra película en la que salía Jar Jar Binks y mi 1.70 de altura junto a un overol que llevaba ese día, me hicieron acreedora de ese apodo, igual con cariño.

Conozco lo básico para ser políticamente correcta ante un meme de esta saga en cuestión, pero la verdad sólo iré por ver a Adam Driver.

Excelente trabajo de casting.