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Foto: Eka Ríos

Esas Palabras Dulces

Foto: Eka Ríos de la serie “De la calle”

 

Que le vaya bonito, escuché mientras salía de una oficina de gobierno, pensé que le habían gustado mis piernas de shorts o mi pelo negro sin cortar, el policía abrió y cerró la puerta de vidrio a mis espaldas y me fui.

Afuera como siempre los taxistas y los coches traían las ventanas abajo con canciones obscenas a todo volumen. ¿Cómo se moldean los gustos?

Me puse a caminar sobre las banquetas donde las mujeres de mandiles a cuadros venden verduras en el piso.

Canicas de aguacates criollos,

chiles amarillos que engañan extranjeros,

semillas de girasol para el loro en la jaula  invaden las calles a mitad del día con el sol a sus cuestas.

La provincia de la que me fui hace trece años sigue siendo la misma pero empobrecida. Los gatos de la casa de enfrente de donde se fundó el Diario y de donde se lee  en la placa el nombre del bisabuelo, siguen reproduciéndose, el mercado con sus remedios obscuros y concha nácar se mantiene abierto en la misma esquina, el pan dulce que traen de Xico es rico por la manteca.

Parecería que no ha cambiado nada.

Pero la frase

“No tomes un taxi de la calle” instalada en la población desde hace seis años,

es ahora más fuerte que escucharla en la ciudad que expele contaminación para todo el mundo.

Que le vaya bonito, escuché cuando cerraba la puerta; pensé que le habían gustado las piernas iluminadas con neón del techo del auto.

Después de estar ausente por tanto tiempo uno se desacostumbra a lo que le era común y las palabras aunque iguales adquieren otros sentidos.

Mientras que en la ciudad-monstruo la amabilidad se estrella contra la rudeza de los hombres al volante, en la otra, la ahora visita extraña, se indigna con la amenaza de cuatro dulces palabras.

“Que le vaya bonito”  escuchaba con más repeticiones pero ninguna clase de entonación posible era suficiente para reeducar al oído, un oído confundido entre el barullo de palabras y músicas atiborrando ambos lados de las calles:

“Que le vaya bonito” lo dijeron en la panadería, lo pronunció  alguno que otro trabajador de obra, lo dijo la señora de la marisquería, quizás incluso lo dijeron los que me vendieron cosas en la calle y yo ni los oí.

***

Muy temprano en la mañana siete perros caminan por la calle, en la peregrinación se les juntan un gato y un par de gallinas, la manada comparte y se roban croquetas con la ambivalencia y rapidez de una feroz amabilidad.

***

A todas luces parecía que ocho días de reencuentros no bastaron para acostumbrarme. Me subí a la camioneta de las tías fumadoras. En la encapsulante carretera, la de los vidrios helados, volví a escuchar entre mi música el pequeño grupo de Ésas mordaces, suaves e idiotas adquiriendo sentido. Al final, la ciudad,

el taxista,

tú tomando a hurtadillas tu maleta,

yo,

las voces  a mi alrededor

acabaron por tararearlo en serio:

(Palabras dulces)

Que te vaya bonito.

Todas las palabras cambian.

Foto:

Eka Ríos

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Torreón. Lo recatado que se invierte. (Lado B del vestido rimbombante)

Torreón: lugar donde el hotel se ve desde el aterrizaje. Planicie de casas que sucedió apenas cien años atrás, gracias a un conjunto de torres, se anuncia como la ciudad más joven del país, pero de torres no hay nada y tampoco de modernidad. De lo que se ve, en Torreón existen apenas escasos pasos peatonales.

Con un semáforo en permanente verde, el peatón cruza la avenida de torpedos que por su rapidez parece carretera. Hoteles, boutiques de belleza, restaurantes a los lados de las aceras imaginarias presumen sus delicias: cabrito, gorditas, chilacas, requesón, todo aderezado con música de banda que de noche prometen tequila y cerveza.

Hasta dos mil diez, la Ciudad de Torreón tenía cerca de 608.836 habitantes y con tanta planicie se esperaría que la ciudad estuviera para entonces repleta, pero pese a las promesas de diversión, las mesas con tequila y cerveza permanecen vacías hasta altas horas de la madrugada.

-Soy de Veracruz pero vengo del D.F.

Le digo a la chica que hace mis uñas, mi pelo y mi rostro; en Torreón la belleza viene acentuadamente empaquetada. La boda de la mujer, la que pedía vistiéramos de largo, fue la diversión de hermanas y primas del novio.

-En Torreón así se hace. Sentencia la que me hace el rostro cuando le pregunto si con tanto labial no parezco Guasón.

La boda se dio primero en la iglesia y al parecer, al mundo católico, le gusta mantener en todos lados a sus seguidores recatados pero en forma: párese, siéntese, párese de nuevo y vuélvase a sentar. El calor que lo corroe todo alcanzó a rodarse por los muslos y las espaldas.

La boda y su segunda versión, la de la cena y la del ejercicio de verdad, empezó después. La provincia es donde todavía un cuchillo se encarga de la lluvia de todo un cielo, la amenaza de lluvia sólo dio para chispear.

-Tómate un tequila! Exclama el otro peluquero que me ve renuente al color rosa brillante del labial y al de las uñas accidentalmente fosforescentes.

Cambio de recato.

Mujeres pavorreal anunciadas con sus vestidos brillantina se sientan en las bancas de la iglesia y de la cena también. Pero los colores chillones de sus vestidos contrasta con la tímida, en proporción, desenvoltura con la que se mueven al bailar. Con esos colores y ese carácter, se esperaría otra cosa.

Lo recatado que se invierte.

-Tú muy bien, eh! Dice la señora de negro que me ve bailar, lo fosforescente que intimidaba se apaga en la pista de baile.

Todo muy bien…

(Pero)

la fiesta

acabó

a las dos.