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4.661

Hace varios años me corté mi cabello casi por debajo de las orejas y así lo mantuve hasta hace un par de meses que decidí regresar al largo.

Lo pintaron de chocolate, de casi negro, pero no tanto y una vez café oscuro en un intento fallido de regresar a “lo natural”.

Como fiel lectora de revistas, siempre he leído que un corte de cabello es símbolo de una ruptura y que se recomienda porque es una forma de dejar ir.

Yo no sólo dejé ir, sino que deje que llegaran otras cosas, maestría, nuevas amistades, fiestas, viajes y queveres.

Ahora lo dejo crecer, lo dejo suelto -mi muñeca extrañará la liga negra y mi bolsa la piraña- y creo que también me dejo ser mi versión favorita: Rojo 4.661.

Taza roja

Tengo manías como no repetir aretes, zapatos y color de ropa, dos días seguidos.

Si uso anillos tienen que estar en equilibrio, es decir, en los mismos dedos en ambas manos.

La pluma azul hecha de botellas recicladas es un capricho post-maestría, entraré en crisis cuando la descontinúen.

Si me levanto muy temprano para escribir un ensayo o un texto que quiero salga lindo, tomo café en mi taza roja, las otras las uso para leer, trabajar de noche y disfrutar del domingo.

Esta taza llegó en momentos de tesis, trabajos y de no saber otro camino más que el de la biblioteca y si pudiera la llevaría conmigo a todos lados, pero no, porque siento que se le puede acabar su poder supersticioso de escribir claro y bonito.

taza roja

Rojeidades de la mano

Me gusta más escribir con las uñas pintadas, de preferencia con un rojo llamado “pucker up”, así seduzco al teclado y el resultado puede ser tan beneficioso como una one night stand (crónicas para este blog) o una relación más larga (mi tesis de vestidos).

Pero tengo un problema, mis uñas de las manos son espantosas, parecen espátulas y crecen sin ton ni son. Y el dato curioso: no puedo con la lima, me molesta su ruido; pero si voy al manicure, lo soporto, respiro profundo y pienso en lo divina que me veré en la fiesta.

En cambio las uñas de mis pies son perfectas, en comparación con las que salen más a público, pueden durar semanas y se ven muy indecentes antes de entrar a la ducha, de puntillas porque el piso está frío.

(Chicos, cuando vean a una chica con lindas uñas, no está de mal hacérselo notar, a veces corre un poco de sangre y es un arte de malabarismo que el color dure.)

Mientras escribo esto, mis uñas están desnudas porque no sé si mis actividades lo merezcan y siempre pienso en lo que haré al tercer día de estar pintadas, que es cuando la desnudez decide resucitar, el color se descarapela y el look desarreglado “casual” de Kate Moss o Courtney Love, es un reto, entre el cabello sin preocupación y los pantalones de cuero que aún no encuentro.

Podré estar flaca como la Moss y cantar “Malibu” en el auto en un viernes de clásicos de Reactor, pero mis uñas siempre serán la falla de origen que si volviera a nacer pediría una mejora.