Category: Alba

Despeinada

Alguna vez leí que un corte de cabello si es drástico, implica cambios.

Desde hace un año está en crecimiento. Lo cual no resultó tan fácil.

Dejé de usar shampoo y cremas del supermercado, me fui a lo orgánico y más caro, que sí tuvo un buen efecto, pero no por mucho tiempo.

El cabello creció y así juntos nos enredamos.

Recurrí a técnicas del pasado, a peinarme en la ducha, a usar diferentes shampoos, incluso pensé en dejarlo de usar, pero no, mi cabello es muy grasoso.

Consideré en comprar uno de esos peines que planchan el cabello, los vi, pero no, esa no soy yo….aún no.

Me acostumbré a su constante caída, a su desteñido naranja y a su delgadez.

Sí lo amarro, sí a la cola de caballo, sí a las pirañas, pero también lo dejo ser, quiero que crezca y con el tiempo se haga fuerte. Con el shampoo que compré en una barata y con el peine que me recomendaste, funciona, aunque cada tanto lo tanto lo tengo que limpiar, porque a diferencia de los anteriores, este no esconde la suciedad.

El cabello crece, mis problemas también, y así los tiño, los enredo durante el día o entre sueños y al final sé como desenredarlos: cierro los ojos, batallo con los nudos, tarareo la última canción que sonaba al apagar la ducha, tiro los cabellos y sólo me quedo con los que quieren ser.

Tinto de verano

Ingredientes:

-Dos o más amigas.

-Vino (dicen que de cajita, pero si se entera mi papá, me quita el apellido, su regalo de 8 copas no puede ser usado de semejante forma).

-Refresco de limón.

-Manzanas verdes, porque así salió en el video.

-Una jarra. Asegúrese de tener una y no un termo para el café o el agua.

Preparación:

Comience con los últimos sucesos, por orden de importancia, los besos de hace un par de días, la propuesta laboral que la dejó pensando todo el fin de semana, las noticias de la hermana que se fue al sur a tener veinte años, estudiar y hacer playlist de fiestas. Todo ese recuento mientras corta en pequeños cuadrados, rectángulos o lo que le salgan, las dos manzanas verdes, de preferencia que estén amarillas y no verdes tal cual, así me dijo my partner in crime.

Una jarra…esto tiene pinta a florero. De vueltas en la cocina, pregunte a las personas a su alrededor.

“Es la que parece florero, pero no lo es porque tiene un asa.”

Prenda un cigarro y recuerde por qué nunca brillará en la cocina.

Creo que jodí el corcho.

Por eso siempre cedo el honor de abrir el vino a mis amigos.

Busque otro sacacorchos, rece a Dionisio, venga, sí se puede, un poco más, corcho afuera. Por más de cien pesos que sea el vino, tiene que respirar.

No recuerdo que va primero. Si las manzanas, el vino o la Sprite.

Vierta el vino porque está más cerca y la Sprite está enfriándose en el refrigerador. Siga con las manzanas, ah no, creo que van al final, (es que el chisme está bueno), saque el refresco del refrigerador y mézclelo con el vino, ahora sí, más manzanas. No entran. No importa.

Saque las copas que guarda en su caja porque no hay espacio entre las tazas. Invite a todos a su alrededor. Un Mason Jar, también aplica, pero sólo si tiene menos de 25 años.

Fruta al gusto, hielos si es necesario.

Prenda otro cigarro. Continué con el chisme y disfrute.

Una de vestidos

Hace un año terminaba de estudiar vestidos.

Al menos eso creía.

Mientras me preparo la cena, estoy en plena clase de yoga o en una reunión en la que perdí el hilo, pensar qué me voy a poner al día siguiente me tranquiliza.

Analizo la situación en la que estaré expuesta. Me olvido que mi radio de acción se limita a una oficina casi llena de matemáticos, secretarias con el ojo en un oficio y otro en el charque como diría mi mamá. Unos pisos con un par de grados más que afuera (dato que siempre tengo que tener en cuenta) y una predominancia del look casual que de vivo para vestirme, mi mantra desde hace un par de años.

Reviso el clima, recuerdo la agenda -la del correo y la que llevo en mi bolsa-, miro el cuadrado de cielo que me permite mi departamento, y si no hubo un cambio, el outfit que pensé la noche anterior, pasa a cubrirme.

Estudio las miradas de los demás, hacía donde van, por qué ahí y no allá. Algunas tienen que ser educadas y girar hacia otro lado, mientras que otras tienen que poner más que la intención.

Juego con el sonido, porque, a veces, unos tacones lejanos logran que la entrada sea más que triunfal, que sea esperada.

Ahora tengo un nuevo drama, un issue existencial, que merece un fino estudio: los anillos y aretes, que últimamente son un statement, tienen más poder que un vestido, al menos por tres segundos, porque logran fijar la mirada en un sólo lugar y ya no soy yo y mi vestido, sino que todo mi ser se limita a un anillo negro o mis aretes de cuando cumplí 25 años.

No por nada la primera mujer en convertirse en Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, tiene un libro y una exposición sobre sus broches, corrijo: sobre el poder de sus broches.

Hace un año estudiaba vestidos, hace unos meses me convertí en mi propio objeto de estudio, hace unos días, un vestido negro logró una sonrisa. 

 

A las 10

A las 10 me da un segundo aire, el mejor.

Ya salí de la ducha, ceno más rico y me preparo un té negro con dos de azúcar como postre antes de dormir.

Hace rato que no me despierto a las 10.

Un café con dos de miel, trabajo una hora, mando un correo.

Que tenga buen fin de semana.

Alba

A las 10 me tomo mi segundo café. Mi prensa francesa, café de Veracruz y dos de azúcar, pero esta es mascabado.

Antes.

A las 10 salía de la ducha después de yoga y luego maestría.

A las 10 seguía dormida o me ponía mi antifaz para evitar el día.

Hoy a las 10 me preparé mi cena y el desayuno de mañana. No hay tesis, pero hay trabajo y muchas ideas por comenzar a dejar por aquí y por allá.

Nublado

Que esta ciudad amanezca siempre fresca, a muy fría, no es porque sea un valle, es porque cuando decido usar una falda, un vestido o una tela que se atreva a mostrar un poco más arriba de mis tobillos, sé que estaré a la defensiva, cubierta con mi suéter negro, escondida detrás de mis gafas y aislada con mis audífonos. Por lo tanto, los aires de esta ciudad me “obligan” o me “sugieren” que me cubra, me esconda y para evitar sentirme mal, me aísle.

Escoger lo que me voy a poner, y más ahora que regresé a la vida laboral donde el código de vestimenta es formal y sí, eso implica usar un ligero tacón, es todo un arte. Pensar en lo que me voy a poner mi parte favorita de cualquier momento del día, mientras me baño, esperando el semáforo, en un concierto en una canción que no me sé o esos cinco minutos antes de dormir o de salir de la cama.

Siempre reviso el clima. En tiempos sin internet en el celular, lo revisaba en el periódico o esperaba las pautas de CNN con el estado del clima de distintas ciudades: Buenos Aires, Bogotá, Lima, La Paz, México, Managua, Santiago, Santa Cruz de la Sierra…

Ya tengo un outfit, los aretes, la bolsa, los zapatos (incluso con los que voy a manejar), el peinado es lo de menos, lo que importa es con qué me voy a cubrir, a esconder. Siempre me llevo algo, por el frío dirían todas las madres, pero no, lo hago para que no me jodan.

A veces creo que esta ciudad nos dice “cúbrete mija, no vaya a ser que…” y por eso amanece frío.

Hacerse las uñas

-Hija, te voy a pagar una manicure.

-Albita, necesitas un statement color.

Ir al salón de belleza forma parte de una costumbre familiar que normalmente se hereda de madre a hija. Lo cual no fue mi caso. A mí me tocó ser la chica que llegó con el fleco chueco porque su mamá se lo cortó, y nadie le creyó.

Es más, para mí, no es “salón” es “peluquería” porque su función es cortarme el cabello de una forma que no tenga que usar la secadora y crear peinados de telenovela minutos después de despertarme, yo valoro más mi sueño que una cabellera de envidia.

Si cuento las veces que he ido a que “me hagan las uñas” es muy probable que apenas y llegue a usar los diez dedos de las manos. Cinco bodas y un par de graduaciones. Mis cutículas no han sufrido como las de otras amigas que incluso tienen una persona que va a sus casas y sagradamente les hace las uñas.

Mis uñas son muy especiales, es el signo directo, aparte de mis ojeras, que soy hija de mi papá, parecen espátulas y crecen como las patas de un pato, y no estoy exagerando, si las comparo con las de mi hermana, que hasta sus uñas son perfectas, como las de una pianista, como una vez le dijo un tío.

Cuando voy al salón a que me hagan la manicure no sé qué conversar con la chica que está ahí, al frente mío, trabajando con las uñas de una mano, mientras las otras están en remojo, y yo con una ansiedad de no saber qué contar, porque claro, no sé los chismes de salón, desconozco a las clientas que siempre van y tampoco quiero desconcentrarlas porque como les dije, tengo uñas especiales.

Pero la crisis es peor cuando llega el momento de pagar, y claro, tengo que abrir la bolsa, sacar la billetera y rezar, para que las uñas queden intactas. Al final, siempre recurro, al “perdón, puedes sacar el dinero”. Y ahí no acaba la crisis, el momento de la propina. ¿Cuánto se le da? ¿El diez por ciento? ¿Por qué no vi cuánto le dió la señora? Bueno, gracias. Otra crisis: no sé el nombre de la chica, y todas las señoras se despiden y agradecen directamente a la artista de las uñas.

Llego a mi casa, feliz por mi logro con uñas a lo Mia Wallace y de pronto “maaaaaaaa!!!” el esmalte de una uña se ha corrido, logro arreglarlo moviendo el esmalte a su lugar.

Es lunes, ya sobrevivieron tres días, mañana es el día del showtime para mis uñas, bueno para mí. Y sí, llegar con una manicure de 150 pesos no sólo es una señal de señora que se respeta, sino de una chica de veintinueve años que desde mañana es jefa de departamento.

 

 

 

 

 

 

 

Nevado de Toluca

-Mamá, ¿por qué le tenemos que dar la vuelta a la montaña?

– ¿Por qué corren?

– ¿Por qué andan en bici?

– ¿En serio llevan a su bebé? ¿Será un tipo de manda?

– Qué ganas caray.

-Ayer hubieron varios heridos porque se resbalaron y un muerto, ese fue por loco señorita.

-No que muy macho para los maratones cabrón.

-No mames, esto es de locos, wey.

***

Cumplí 29 años y decidí ir al Nevado de Toluca, me acompañaron mis hermanas y el novio de una de ellas. Salimos muy temprano, 5:20 am y cuando llegamos, alrededor de las 7 am, el frío cortó mis cachetes y mis lentes se empañaban cada vez que llenaba mis pulmones.

Casi treinta o la edad eterna de Nanny Fine y sigo con mi 1.70 de altura, 55 kilos y unos gramos más y a veces menos, el cabello en proceso de ser largo cual amazona. Una licenciatura, una maestría, un par de cursos, dos idiomas, varios acentos que aún mezclo, con mis bolivianismos que en México no se usan y yo sigo por la vida sin darme cuenta.

En serio qué ganas de madrugar a horas inhóspitas y subir la montaña un domingo de enero. En parte era por la mentada foto y porque a veces extraño la nieve, ese frío que inmovilizó mis manos en alguna calle del East Village en Nueva York y me paralizó.

For real I can move them, I’m not kidding, take a look.

Caminamos 16 kilómetros, ida y vuelta, estuvimos a más de 4000 metros de altura, “fueron a La Paz y volvieron” dijo mi papá, “también pasamos por Santa Cruz”, dijo Gus refiriéndose a un pueblo perdido de Toluca.

Subí la pendiente porque quería ver y sentir algo majestuoso como Grand Central, la Coordillera de los Andes desde el avión o en la carretera del altiplano boliviano que parece no tener principio o fin, la vista entre Pinotepa Nacional y Pinotepa de Don Luis donde mi abuela quiere volar.

***

Cuando bajé al cráter donde están las lagunas caminé un rato, vi con mucho temor el agua congelada ese “piso” de mentiras que sólo tiene una función de tentar y retar hasta donde llegas, qué tanto puedes caminar, qué tanto te puede aguantar y qué tanto eres capaz de sonreírle al miedo de caerte, ahogarte y morir.

Seguí caminando hasta que de pronto miré a una señora que se puso hacer saludos al sol en la nieve, des-cal-za, inevitablemente pensé en el loco que había muerto y le dije a mi hermana: ya, vámonos.

 

 

 

4.661

Hace varios años me corté mi cabello casi por debajo de las orejas y así lo mantuve hasta hace un par de meses que decidí regresar al largo.

Lo pintaron de chocolate, de casi negro, pero no tanto y una vez café oscuro en un intento fallido de regresar a “lo natural”.

Como fiel lectora de revistas, siempre he leído que un corte de cabello es símbolo de una ruptura y que se recomienda porque es una forma de dejar ir.

Yo no sólo dejé ir, sino que deje que llegaran otras cosas, maestría, nuevas amistades, fiestas, viajes y queveres.

Ahora lo dejo crecer, lo dejo suelto -mi muñeca extrañará la liga negra y mi bolsa la piraña- y creo que también me dejo ser mi versión favorita: Rojo 4.661.

Navidad sin ella

Hay noches que son ideales para llorar sin que nadie te vea, e incluso tienen lugares precisos en los que te puedes esconder y disimular los sollozos o culpar a los olores.

Los recuerdos atacan.

Un reloj descompuesto, un suéter que ella me regaló y de pronto una chamarra que sólo ella pudo haber escogido y mi papá lo hace por ella, porque así le hubiera gustado.

(Aguanto las lágrimas, no en el centro comercial, no en Zara.)

La mesa está lista, la música también, la comida ya la probé una noche antes y estaba deliciosa.

“Seguramente te estás pintando las uñas de rojo”, me dice Ale, mi hermana por teléfono desde Barcelona, me pide una foto de mi vestido. Este año no me tomé una sola fotografía, me faltaba algo, ¿los aretes? (No logro recordar cuáles fueron los que usé). Hay una selfie de ojos y según yo estaba maquillada y no, parezco una criatura de 12.

Antes de que hubieran muchas risas porque mi abuelo casi comete el crimen más grande de la historia de la Navidad: dejar caer al niño mientras lo arroya, comencé a recoger las huellas de la cena, dispuesta a dejar que mis ojos se humedecieran como cada 24 desde hace ya varios años.

Pero no fue así, otra persona lavó los platos, yo sólo los recogí.

A las cuatro de la mañana me despertó el dolor crónico, ese que me había dejado un par de años, pero regresó porque tenía un pico que cumplir. A veces la impotencia se convierte en lágrimas. A veces respiro…y otras veces sueño con ella en su sala con la mesa china y las copas rojas.

…Ya lloré.

 

 

 

 

Girls meets Star Wars

Las primas Miranda Leyva no la habían visto, los primos Fernández Miranda eran unos expertos, la Bojanic Miranda y los Illescas Miranda, creo que les era indiferente.

Pero ahí estábamos todos en pijamas un 25 de diciembre o 26 sin papás, solos con una televisión y una colección de dvd’s piratas de “La Guerra de las Galaxias”.

Mi única relación con dicha película era que mi abuela me decía “Yodita” porque, para ella, el Yoda era bello y yo de bebé era una gorda muy linda con ojeras que ahora parecen unos surcos.

Uno de mis primos estaba explicándome la trama como si fuera física cuántica y yo sólo quería ver el famoso peinado de la princesa.

Recuerdo que fue un día largo o dos, con las pausas para cambiar de dvd, ir al refrigerador y ver qué hacían los “grandes”.

Años después fuimos toda la tribu a ver otra película en la que salía Jar Jar Binks y mi 1.70 de altura junto a un overol que llevaba ese día, me hicieron acreedora de ese apodo, igual con cariño.

Conozco lo básico para ser políticamente correcta ante un meme de esta saga en cuestión, pero la verdad sólo iré por ver a Adam Driver.

Excelente trabajo de casting.