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Constanza

La vida en bici

Las que andamos como si la vida fuera completamente nuestra somos un espécimen extraño . En mi caso ríen cuando bajo y camino, pero cuando subo las piernas se llevan el espectáculo, cuando voy demasiado rápido se me quedan viendo. Apuesto a que las circunstancias de nuestro paso en bici deben cambiar.

En mi caso, cuando el semáforo está en siga, imagino, lo que sobresale es lo curioso que ando; una asmática en bici cuando tiene prisa va más bien paseando y carga su medio de transporte para cruzar Viaducto.

Hay una palabra que me perturba y que solamente se aparece cuando tomo la bici.

Y es que la palabra culo nos asusta. Pero para alguien que va en bici se convierte en algo aún más natural. Una bici, es más, debería de tener sus advertencias.

-Se te verá el trasero! Una frase seguramente pronunciada por la tía que bebe té con la abuela octogenaria debería venir en el ticket de compra.

Lo primero que se asoma es el bolsillo roto, el asiento remendado, la falta de una mochila que lo cubra. Lo que en realidad sucede es que el culo se pega al asiento y, además, ¡lo subes y lo bajas! la gente ve tu culo y tú ves el de ellos.

Es indignante que te lo vean, pero, vamos, uno no puede evitarlo.

Ya para cuando vas en el primer semáforo piensas en la palabra que lo nombra.

¿Cuántos nombres tiene?

¿Cómo se verá el mío?

¿Verán los dobleces de mis jeans o se indignarán por mis faldas shorts con los que engaño a todos en Insurgentes?

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Constanza

Lo que la pandemia ha hecho de ti

Leo un texto sobre “Aquello que la pandemia ha hecho de nosotros” y refleja todo lo político que uno pudiera llegar a ser.

Para muchos, leo en otras revistas, ha sido caminatas nocturnas, enterarse que serán padres, deshacerse de sus viajes en avión.

¿Qué ha hecho de mí?

Me pregunto a mí misma con la intensidad con la que algunos se lo hacen a la política.

¿Qué he hecho de mí? Querrás decir.

Respondo a la pregunta que alguien entre silencios me hace en un chat.

Ayer fui una bicicleta con la que redescubro me gusta el viento a mucha velocidad y con música. Ritmos que no incluyen personas sino sólo a mí misma bailando con ruedas de la ciudad que me circundan.

En la noche estoy postrada dialogando con mi cuerpo.

¿Qué he hecho de mí? Me pregunto sosteniendo un inhalador.

¿Conocen inquilinos que siempre cierran las ventanas ante la inminente ventisca y que ponen cruces de masking tape en los ventanales cuando se avecina el huracán?

Mis pulmones son los únicos que se niegan a responder a la pregunta que se vuelve sesión de psicoanálisis entre amigas.

Y casi los escucho bajar presurosamente las persianas.

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Constanza

Tigres contra Pumas

—No es que sea tonta.

            Yo elegí callar.

            Así me disculpo en mi cabeza en un mensaje a mis amigas que no puedo mandar mientras veo ir y venir a una pelota castigada.

            Tigres le ganó a Pumas en un partido de finales y con eso, por lo que escucho y veo en los rostros de quienes acompaño, entiendo, todo se fue a la mierda «menos el orgullo».

            Tigres contra Pumas.

            ¿Alguien recuerda cuál de las dos fuerzas ganaba en el Animal Planet?

            También hubo un Pumas-Águilas, un Pumas-Chivas, un Pumas-Tiburones…

            Lo animal que aflora.

            — ¿Qué animal seré yo?

            Dibujo en el cielo la respuesta.

            -Se están golpeando. Digo sin que me escuchen.

            De la multitud apenas y cruzo palabra con alguien.

            —No vayas a ser amuleto de mal agüero. Frase de una “convertida” sentencia mi estadía en el grupo y es además, el apodo que gano por gritar apenas los primeros cinco Goyas de mi vida.

Aparte del Goya que me licenció con el sello imperecedero “UNAM” y que yo, ni siquiera pronuncié, esos cinco Goyas, es lo más cercano a ser parte de la porra a la que apenas perteneceré.

            Correr en pos de lo que importa.

            Perder todo,

            “menos el orgullo”

            Correr todo un año tras el balón, que el futbolista juegue a perseguir millones es a lo que al aficionado le vale una tarde fría en el estadio, y

            todo

            ya estaba

            tirado a la mierda.

            Cuatro mil pesos en cerveza, noventa minutos de juego.

            A Pumas le faltaban cuatro goles. Tigres jugó para hacer tiempo, Pumas metió los cuatro, jugó sus mejores pases de la temporada, se les vio cansados al final del segundo bloque. Para los “medios” los dos equipos se pasaban el balón, pero Pumas consiguió anotar.

            Las bestias son bestias porque deciden ir tras lo que ya no tiene remedio.

            Para los penales, la bestia perdió y gritó más Goyas.

            El amuleto antes persona, también se transformó:

            —¿Seré yo?

            Los sabios amablemente desistirían  y no estarían ante la evidencia que estalla, luchando por querer convencer que Una no es tonta o imbécil o bestia y que Ellos, puedan creer que, driblando hasta morir, quizás le ganen a la bestia que es mentira y que se delata desde lo más íntimo,

            desde el cajón,

            desde el sofá,

            desde las paredes del baño

            porque la lógica de la situación y del tablero indica:

            Todo está echado a la mierda,

            “menos el orgullo”.

            Y quizás por eso estoy aquí, callada, persiguiendo como futbolista lo irremediable.

            Les respondo a mis amigas en nuestro tremendo chat de penurias.

            Perdemos lo irremediable, Pumas.

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Un frasquito italiano

Subir de peso, hincharse de calor, despertar con sarpullido. Salir de casa pisando una banqueta ardiente, llegar al mostrador sosteniendo en mano una talla que en ese momento la cajera te dice, con un vistazo a tu pecho, que esa medida no te quedará y pensar, después de esa recriminatoria mirada que lo mejor habría sido quedarte en la habitación a trabajar, arruina toda idea de “Una Italia de glamour”. Pensar en venir a Italia, comprar un boleto, llenar una maleta, no te hace ser italiana.

Primero hay que venir a Italia muchas veces, recibir una recriminatoria mirada por cada vez que se está acá y después, mucho tiempo después, interiorizar que es mejor no ser italiana y en cambio mantener latiendo delicadamente tu corazón.

El glamour de aparador, aquél que no puedes tocar siendo turista es mejor que ni te alcance viviendo aquí. Para prueba de ello está el bálsamo destilándose en forma de sudor por entre las piernas de una italiana, ésa, la del short de nueve euros pero que le sientan de miles, ella la que te hace a un lado por entre los pasillos del súper y que con la mirada te dice: no me gusta tu vestido.

Rubias, ojiazul, piernas bronceadas tonalidad oro, cuerpos por los que tus compatriotas hombres fantasearon en algún momento de su vida en dejarlo todo para ir a buscarse a una de ellas. Las mujeres italianas detrás del reino al que constantemente me acerco llamado “mostrador” olfatean el perfume de los pequeños errores y te dicen, en todo su esplendor, con una a todas luces no inocente pregunta:

En glish?

que

no eres

de aquí.

Italianas.

La mirada de Sofía Loren a Jayne Mansfield a pequeñaa dosis y sobre la blusa que prefiero no comprar.