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Frida Mazzotti

Murciélagos

Hoy saldré a buscar murciélagos.

Muy de noche.

Haré una fiesta con ellos y después les mostraré los huequitos del jardín de mi casa en los que dormirán.

En espera de que se queden para siempre

Les ofreceré flores y frutas rojas y cantos de aves al amanecer. Y miel y azúcar y flores

En espera de que se queden para siempre

Que velen mis sueños y me protejan con sus alas suaves y sus brillantísimos ojos

Esta noche salgo a buscar murciélagos

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Constanza Mazzotti

Espejos

Perseo logró decapitar a Medusa gracias a que la miró a través del reflejo que hacía con su espada. 

De una Góngora Perseo obtuvo como regalo sus sandalias aladas, pero de bronce.

Pegaso nació y escapó de uno de los cabellos muertos de Medusa y creó un mundo de Ninfas.

Después de decapitar a Medusa, Perseo cargó su cabeza en una bolsa para petrificar a sus más difíciles enemigos. Perseo sabe que después de una batalla debe de lavar sus manos ¿en dónde colocar la cabeza de Medusa?

Perseo coloca siempre la cabeza de Medusa sobre la tierracubriéndola con pequeñas ramas y algunas hojas.

Ayer descubrí a una mujer de edad y muy arreglada viéndose en el espejo. La vi verse de reojo mientras servía en su plato algo del bufete al que fuimos invitados. Un espejo tan alto como las paredes de la habitación; unas paredes cubiertas del piso al techo de un satín color rojo rubí.

Algo así como la habitación roja donde Boccacio coloca a unos invitados a sobrevivir por días encerrados o como en la casa donde dos hermanos sostienen la historia de Gritos y Susurros.

Son más grandes que las paredes de la casa-pensé antes de captar a la mujer que hizo de la sorpresa su momento íntimo- quien sabe qué batalla habrá liberado.

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Alba Miranda

36

Tengo un claro recuerdo de mi mamá a sus treinta y seis. Ella, muy embarazada de Ale, con un vestido precioso de manta bordada, acompañándome a mi curso, tercero básico. En aquel entonces, había un juego que tenías que tocar la panza de una mujer embarazada, y creo que casi todas mis compañeras lo hicieron. Me molestó tanto, que es el día que me atrevo a tocarle la panza a una mujer en gestación. No puedo hacerlo, hay niveles que no se deben transgredir (y también por miedo, me da cosa (no cringe), cosa, que se mueva.

Al año siguiente, 1996, yo cumplía nueve años y mi mamá ya estaba a días de dar a luz, cinco, para ser exacta. Y mi papá me regaló un ramo de flores, me dijo que no podríamos celebrar. Pero me regaló flores. Así como Miley dice que nos podemos comprar flores, yo sané la necesidad de que me regalen flores antes de cumplir la primera década y sin problema me compro mis flores.

Ahora tengo treinta seis años y ayer me llegó mi auto regalo (siempre, siempre, siempre, hay que regalarnos algo). Una caja que no pude recibir, pero cuando la abrí, fue parte de un ritual.

Saqué el cuchillo de la cocina, corté la etiqueta donde venía impreso mi nombre y dirección, luego mi problema de siempre: la ausencia de fuerza en las manos y no saber cómo se abren las cosas.

Lo logré.

C H A N E L

Escrito sobre un fondo blanco con letras negras.

Papelitos blancos acompañaban el regalo, mi regalo de mí para mí.

Mientras lo abría, rezaba para que los colores sean los que había pedido, ya que en la tienda me habían dicho que no lo tenían. Todo estaba en orden.

A todo esto, lo acompañaba una pequeña bolsa negra, con dos muestras con ese olor característico que solo tienen estos productos, desde mi primer polvo que compré hace ya varios cumpleaños.

Desperté como si fuera Navidad, lista para jugar.

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Constanza Mazzotti

Soñadores

Estoy casi segura de que fuimos como en “Soñadores” la película de 2003 de Bernardo Bertolucci que recrea una historia de descubrimiento sexual entre dos hermanos parisinos y un estudiante de intercambio norteamericano en la Francia del 68.

Apuesto que el mayo del 68 en París fue el único espacio temporal en el que coincidimos. Yo usaba boina verde y botas de piel negras, él pantalones de pana azul marino y una camisa también de pana, pero de color rosa pálido.

Contrario a la película, no compartimos amoríos con más personas ni baños con burbujas en tina porque nosotros estábamos en las calles, besándonos y luchando.

Éramos ese bullicio exterior con el que Isabelle y su hermano Théo, de la película, enmarcan su amorío con el norteamericano Matthew.

En ese mayo francés del 68 protestamos juntos, fuimos a mítines, pronuncié discursos frente a demás estudiantes y, además, varios grupos sindicales se unieron a nuestra lucha por derrocar a la sociedad del consumo, el capitalismo, el imperialismo y el autoritarismo. Ahora que lo pienso, sí habría estado bien, ser como Isabelle, Théo y Matthew.

Nosotros fuimos parte de esos estudiantes que dieron pie a la mayor revuelta y huelga general de la historia de Francia al igual que fue nuestra enorme camaradería y ¿por qué no? amor.

Hasta aquí el sueño va perfecto salvo por el hecho de que en el 68 él, en la vida real ya tenía como nueve años y yo no estaba ni en los más remotos planes de mis padres pues ellos también no superaban su primera década de vida.

Sueños atemporales, les dicen.

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Alba Miranda

La edad de la hoodie

La escena de The Devils wears Prada cuando Andy le cuenta a su novio sobre su primer día de trabajo, ella se esta vistiendo para estar en casa o dormir. La escena finaliza con ella poniéndose una hoodie con el nombre de la universidad en la que estudió y diciéndole a su novio que no dejará que su jefa le afecte y que hará lo que vino hacer a Nueva York. 

Easy there, tiger. 

Pasar tiempo en casa implicó aumentar ciertas prendas a mi clóset y la de esta temporada invernal fueron dos hoodies (no me gusta su traducción al español), porque combinan con jeans, leggins e incluso son perfectas para acurrucarse y llegar al sueño. 

Llegar a casa temprano y cambiarme la ropa de la oficina a algo más cómodo pero no tan cercano a la pijama, porque hay que salir al parque o sacar la basura, requiere de su estilo y mis hoodies grises lo cumplen a la perfección. 

Pero más allá de una cuestión de comodidad y de estilo, siento que es entrar a una nueva etapa de mi vida, (escribo esto a días de cumplir años), es llegar a casa y sentir la comodidad en la tela por dentro que abrace y que te diga:

ya llegaste, relájate.

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Alba Miranda

Enero de ajustes

Aún no me quito el gelish navideño, pero acabo de regalar mi ugly Christmas sweater a una mujer que es un gran personaje de algún libro de una escritora francesa, que estoy segura que lo usará más veces de las que yo planeo en al menos una década. 

Los últimos meses del año pasado, comencé varios libros, que tienen un lápiz donde los dejé y están en la bolsa de la laptop, la que me llevo a casa de A., los que se acumulan en la mesita de noche y en la otra, sin olvidar el que está en la tote bag que uso cuando salgo al parque. 

Todavía no los retomo, pero ya comencé otro que comienza así “Fina llovizna trémula caía en las calles que bullían de pena. En alguna pared se leía un insulto; el último.” (Aurora  Venturini) 

Joya que estremece. 

A veces, los ajustes que necesitamos puede ser desde dejar el negro -por al menos un día- y usar el suéter mas colorido, pero de tu papá y repetir no pasó nada, no pasó nada, no pasó nada… 

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Alba Miranda

De nuevo

Sacar ropa que ya no uso, hacer el cambio de closet, que comienzo despidiéndome de algunos vestidos y dándole la bienvenida a mis abrigos, que son vestidos solo que con botones delanteros y más calientes.

Bajo las botas, esas que compré en el 2019 y que no han salido a pasear los suficiente, pero vaya que han sido presumidas, color beige, vaqueras, un sueño para mi Albita de 10 años.

Desde hace un par de meses tengo unos lentes rojos, para verme mejor, para reconocer cómo me siento y qué quiero, y me siento de maravilla.

No nos damos cuenta, pero ese crujir de hojas mientras caminamos o cuando nos acurrucamos más en la cama, porque hace un poco de frío, son pequeños hechizos que nos ayudan a dejar ir lo que ya no debe ser, ni estar.

Pero no es hasta que aparece el mensaje de la cita del corte de cabello, esa cita que venía haciendo desde hace meses de forma mental y la dejaba en un “luego le escribo a Eri”.

Por eso los árboles se quedan sin hojas, hasta ellos nos enseñan que hay soltar para renovarse.

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Alba Miranda

Magenta affair*

En mi colección de pintalabios, que no es tan amplia como la de mi hermana Ale o mi prima Tere, tengo tres que son rosados, uno que dura las horas y las horas, otro que es brilloso y otro que el color es más bonito en la barra que en mis labios.

Siempre he admirado a las mujeres que tienen la seguridad de cualquier supermodelo de los noventa para salir a la calle con los labios pintados y verse divinas. Yo en cambio, la pienso ocho veces y termino quitándome el color y salgo con el ligero brillo de un chapstick.

Llegó la pandemia y con ella una próxima mudanza, y en mi afán por tener menos cosas y realmente usar lo que tengo, me propuse pintarme los labios, aunque sea para estar dentro del depa y luego acostarme a ver tele.

Comencé a usarlos los fines de semana cuando veía a mi familia y luego a mis amigas, de pronto me di cuenta de que cuando veía a alguien no lo usaba, me ganaba la vergüenza o que no le fuera a gustar (red flag).

De cierto modo me ayudó el cubrebocas, acostumbrarme de poco a poco y hacerme de la idea que debajo de la tela o de tres capas, estaba una Alba con un color y no tan blanca como soy.

Alguien nuevo se estaba gestando.

Ahora trato de no salir de la casa sin al menos tres pintalabios, o bueno 1, porque los otros dos son chapsticks, uno sin color y el otro con el color similar al que decidí usar.

Y claro, siempre fui y seré la Power Ranger Rosa.

*Así se llama el pintalabios con el que se escribieron estas palabras.

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Constanza Mazzotti

Mudanzas

Hace un par de días leí un poema sobre mudanzas.

El poeta recorre, conoce y cuenta sobre las casas que va rentando y habitando a través de las huellas de los inquilinos anteriores.

Entre los clavos dejados en las paredes ve los gustos de las personas y sus gustos por la decoración.

Descubre arañones por donde se jalaron algunos muebles e imagina los pasos que pudieron haber dado esas otras personas.

Después de leer el poema para un programa de radio, imaginé al poeta sentado en su escritorio recién colocado en su nuevo piso, quizás fumando, quizás tomando el café de la mañana rehaciendo los pasos de esas personas que ya se fueron.

Luego pienso en mí y en mi capacidad de mudarme. Yo me mudo mucho dentro de mi casa. He recorrido todos los cuartos del departamento e incluso, bromeo con mis amistades, -hasta he vivido en la covacha- un sitio de cobijo para esas personas que van de paso y que necesitan un espacio para pernoctar.

Ayer me volví a mudar, me mudo como dos o tres veces al año. Los mismos muebles que compro o me revenden los mismos inquilinos que han habitado mi casa. Esos desconocidos que poco a poco se vuelven mis amigos con los que ya he construido una vida en esta ciudad.

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Alba Miranda

Cuando el rosado se apodera

El vino rosé o rosado siempre viene con su hada madrina, en mi caso fue Romy en un viaje de esos relámpago, de quién cae a Acapulco y los puntos de avión hacen su magia; y desde entonces esa botella jamás falta en mi refrigerador, porque una nunca sabe cuándo será una noche de un gallito, como dice Reyna.

En el supermercado hay una sección de estos vinos, y en la temporada primavera/verano, se amplía y para nuestra sorpresa, es seguro que su tienda de la esquina más próxima ya tenga uno que hasta Barbie envidiaría.

Las noches de rosado, vienen con una amiga, y con ese momento que supera el te tengo que contar chismoso porque eso ya vino en un mensaje de voz de 10 minutos o en una guerra de stickers de cómo nos sentimos.

Son noches que no llueve, la brisa se siente cual marina y la charla fluye. La música pareciera como si supiera el sentimiento y las canciones son adhoc a la historia con risas, pero también con lágrimas.

Desde hace ya algunos años, mis amigas me dicen “te caigo con un rosado” y sé que la noche será de esas de amigas, de hermanas de otras vidas, que nos recuerdan que no estamos solas en lo que sea que estemos pasando.