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Constanza

Las paredes que hablan

Espero que la mía hable bien de mí porque he visto paredes descuidadas, atiborradas o resquebrajadas.

A la mía la diseñé justo para que en un pequeño fragmento se muestre un poco quién soy. La psicología también se asoma por las paredes que enmarcan las reuniones que tenemos a diario. Mi pared habla por mí: fondo blanco, color rosa intenso en telar de lana, un alebrije, porque todos somos de muchas formas, un retrato mío porque yo soy yo, una foto entre mares y una brújula para seguir mente y corazón; todo enmarcado entre luces programadas para entrar a alguna sesión, o como digo ya por costumbre, entrar “al aire zoom”.

Entrar a una sesión de zoom implica en parte vivir una teatralidad. Uno se viste, se maquilla, se pone polvo, edita su rostro y coloca la cámara en picada para lucir de alguna manera que consideramos más favorable.

Pero lo que en realidad se queda en el recuerdo no son nuestros peinados o la mirada fija en la cámara para “ver a los ojos” sino es ese pequeño extracto de pared que hemos elegido casi como encuadre que refleja en buena parte algo que nosotros somos.

Hasta ahora hemos visto de todo. Hay paredes de papel negro que gritan desconfianza, hay las que se visten sólo con un destello de luz blanca que a la larga enceguece o deforma el fondo.

Luego, por ejemplo, está quien ha resuelto la privacidad con libros y plantas.

También hay quien encuadra la pared con luces brillantes como cabina de algún viaje espacial. También hay paredes canceladas a las que mejor se les asigna un paisaje desde la computadora, como un lobby de un hotel sin gente. También hay paredes que en realidad son techos.

En esta época las paredes hablan no sólo por los susurros sino también por su fondo.