Category: Alba

Retazos de una boda

Momentos previos antes de la boda, la razón de mi viaje, en la peluquería.

-Hola, ¿cómo quiere que la maquille?

Mientras sacaba mi rímel de hueso de mamey que es el único que logra que mis pestañas se queden mirando hacia arriba, y mi base y polvos de color, le dije:

-No quiero quedar como Reina del Carnaval o Magnífica.

Luego en la zona del peinado, casi una hora esperando que me atendieran para algo muy sencillo. Decidí subir un poco el volumen de mi voz.

-Hola querida, figúrate que ya llevo casi una hora esperando y llegué a las 9.

-Sí, enseguida te atienden. Pero mirá qué linda quedaste.

-Sí, sí. Me urge que me atiendan y también a mi amiga.

Ya frente a un gran espejo con luces que te hacen sentir a punto de salir a un escenario y cantar.

-Hola, ¿qué le voy hacer?

-Un chongo sin bucles, y tiene menos de 20 minutos para que esté listo, llevo más de una hora y la misa es en dos horas.

-Le tengo que hacer los bucles.

-No querida, para nada. A mi amiga la tuvieron casi una hora sentada con sus bucles.

-Pero…

-Está bien, sólo unos cuantos, pero no creas que me mandarás a sentarme.

Lo terminó en 15 minutos duró toda la fiesta y la recolección de porteñas en boliviano y pasadores en mexicano, fue menor en comparación con otros en los que parece que estoy quitando grapas enredadas en las profundidades de mi cabello.

***

-Que la Mecha se casó.

-Nooooo.

-¿Mecha te casaste?

-Jajajaja. Noooo ¿quién te dijo?

-No lo sé, dicen por ahí.

Al parecer estoy casada mientras escribo esto sin anillo, viviendo en casa de mis papás, y claro, sin novio, pero sí con Baloo que me ladra cada que quiere salir o tiene hambre.

***

Y el vestido, mi vestido, sólo diré que tiene un diseño con telas sobrepuestas, dos colores y un fresco detalle: escote en la espalda o espalda descubierta, no lo sé, pero sí aprendí que esa apertura es la mejor para sobrevivir el calor en las bodas tropicales y también otra por las piernas.

Pero lo más importante….un vestido para ir a una boda tiene que ser lindo, debe provocar sonrisas y miradas de esas en las que si voy acompañada sé que el ritual para desvestirme será a cuatro manos, o solamente sus manos.

Cicatrices

cicatrices

Comenzaré de arriba hacia abajo.

Soy muy blanca y aún cuando me bronceo —una vez cada que nace un baby panda— se ven.

Solo si levanto mi cabeza se puede ver una línea que a mis siete años por querer ser igual que las chicas que practicaban gimnasia, yo también podía hacer una acrobacia en las paralelas y claramente no fue así. Lo único que hasta hoy puedo hacer es una media luna.

La típica de la vacuna sobre el brazo derecho, que cada vez que le pregunto a mi mamá le cambia de nombre y planea envejecer conmigo como marca de una generación que tuvimos vacunas de pistola.

Hay otras sobre mi cara resultado de una adolescencia marcada por unas uñas ansiosas que sólo querían apurar el proceso de crecer, y a veces, aún lo siguen haciendo.

Tengo varias de la varicela.

Unas que logro ver otras que aún no he descubierto.

En los dedos de mi mano derecha aunque no lo parecen por lo rayada que tengo la mano —dicen que significa que viajo y seguiré viajando mucho— tengo dos: una que me recuerda al frío de Nueva York tratando de prender la calefacción y otra de una operación que no recuerdo para qué fue, sólo que cuando me durmieron me preguntaron mis colores favoritos.

Y aquellas que detesto porque siempre estarán y jamás se irán, de pronto llegaron como un designio de ser mujer que no hace mucho ejercicio, pero igual las iba a tener.

Mis favoritas son las de los tobillos, esos huecos complicados para depilar (en mi mundo se rasuran los hombres, nosotras nos depilamos), que cuando se falla, sólo duele cuando se ve el hilito de sangre. No lo sé, pero misteriosamente desaparecen.

Unos tirantes negros

El negro es básico, no es tan sencillo como el blanco y tampoco pasa desapercibido como el “color piel”.

Fui creada y educada para usar vestidos (mis piernas y mi clóset no mienten), pero esta ciudad no tiene ojos seductores en búsqueda de pasión, sino ojos macabros y sedientos de lujuria.

Hay un detalle que sobresale a la altura de mis clavículas, envolviendo a mis hombros como un listón, son delgados y se mantienen tensos, igual que yo cuando siento esa mirada en celo que sólo los lleva a la reverenda mierda.

Son de color negro porque me gusta combinar, aunque sea en el interior.

Y creo que me esperan varios años más de escuchar en voz baja “se te nota el bra”.

Copiar y crear

Escribo con letra imprenta como un acto de rebeldía ante la manuscrita que me enseñaron en el colegio, también porque era un indicio de que oficialmente podías considerarte alguien grande.

Durante el trance para encontrar mi letra pasé por muchas copias. Que si la letra era más gordita, que si le ponía o no un círculo sobre la “i” o si la dejaba sola. Incluso llegué a escribir con puras mayúsculas sin dejar un sólo espacio entre los cuadrados, de preferencia grandes.

Ahora sí, de grande-grande, o eso creo, ya no copio letras porque son muy pocos los que escriben a mano, sino que creo letras, una “g” y una “j” sin curvatura hasta abajo, una “s” a medias que parece una “c” al revés, una “t” sin rayita horizontal y ahora que me leo, a las mayúsculas les pongo mucho énfasis como si fueran la nota de sol en un pentagrama.

A veces, cuando estoy apurada, me sale una manuscrita enojada, molesta, que sólo escribe la primera parte de la palabra y confío en mi memoria para recordarla después, lo cual no sucede, pero sí, cuando mi letra es gordita, apretada y sin puntos ni circulitos sobre la “i”.

 

A.C.

1:50 pm, 35 grados, hambre post colegio, sólo quiero llegar al aire acondicionado, no el de mi casa, nunca lo tuvimos, sino el de la camioneta blanca de mi papá.

En mi familia hay constantes.

Los ojos de Ale, mi mamá y Gaby cantando t o d a s las canciones de principio a fin  y mi papá con el jeep (después) camioneta (ahora) auto blanco regresando del campo color terracería.

No es el polvo urbano de la autopista que lleva a Santa Fe o a Polanco, o el dejo de la lluvia ácida característica del D.F.,  es la tierra con piedras del campo que con una pizca de humedad se hace lodo y misteriosamente aparece en el volante o en la manija para bajar o subir el vidrio.

Me subo a unos escalones y trato de ubicar al único auto que fue al campo.

Y ahí está mi papá, con sus Ray Ban escuchando las noticias con las ventanas cerradas.

Corremos al auto, nos subimos. Esta vez le toca ir a Gaby adelante, yo me ubico estratégicamente al medio, me cruzo y sintonizo la dirección del aire acondicionado hacía mi.

Son veinte minutos antes del choque climático que tanta falta me hace.

La delicia de buscar, escoger y luego, comprar

-Dígame, ¿en qué la puedo ayudar?

-Busco un regalo.

-¿Qué le parece?- Dijo apuntado a uno entre el montón.

-Mmmm no.

-Mejor aquel.

-¿Quiere probárselo usted?

-No, no, no. Yo soy muy blanca y ella está bronceada.

Mil Gatos Ella se titula mañana y no puede andar por la vida sin un artefacto especial, de esos que el simple hecho de abrirlos implica un ritual, darles un espacio y adaptarse al objeto y no al revés.

-Mire, éste se ve divino y sienta bien.

La señora del local sin pensarlo dos veces hizo que probara el objeto en cuestión, y fueron tres segundos de una concentración y un sentir de piel chinita que sólo provoca el pastel de chocolate que prepara mi hermana.

-Para regalo por favor.

-Claro señorita.

Papel crepe, un listón blanco y una cajita.

-Muchas gracias.

-A usted.

De la tienda a mi auto sentí que volaba.

Cc Constanza.

Emma Recchi

Hay mujeres que saben usar una bolsa no sólo de diseñador, sino que lleva el nombre de una leyenda como la Birkin Bag, nombrada por Jane Birkin, quien necesitaba un objeto que le permitiera cargar con todo. Otras que saben peinarse, un moño francés o un buen cepillado y voilá! Y no faltan aquellas chicas que desde sus once años los viernes por la tarde una señora las visita y les hace el manicure y pedicure en la cocina.

Pero existen las que saben hacer todo eso y no por el papel que tienen que actuar dentro de una película italiana, sino porque ellas nacieron para dirigir banquetes, no para cocinar, ellas fueron educadas para afirmar o negar con la mirada y saber cómo hacer una entrada triunfal y no un fashion and be late, ellas se desmaquillan con Chanel.

Puede que no hayan heredado las perlas que la abuela compró en su último viaje a Mallorca, que usen el bisonte a escondidas de la sociedad porque ya no es políticamente correcto o que sueñen con entrar en el vestido de novia de sus madres a pesar de las fatales hombreras y nunca más vueltos a existir 58 centímetros de cintura “cuando tenía tu edad”.

A veces es el sonido de unos stilettos bien pisados, otras ocasiones es un perfume con un buen fijador y la mejor de todas es cuando sale un “querida” acompañado por una sonrisa.

Ellas son mujeres de mi casa, de la calle y de la tele.

De vez en cuando…yo también soy una de ellas.

Un perfume de Guerlain hecho polvo y humedad

Te miras, te criticas y te escondes. Cierras la puerta y respiras, ves alrededor y estás sola.

Vuelves a observar y hay objetos que conocen lo más profundo de la boca, los olores íntimos, las nuevas arrugas y las viejas estrías. Un espacio de prisas mañaneras, pero con noches que merecen un ritual. Un esmalte rojo, la enagua con encajes de la última visita a París, una calada más al cigarro y lista para aparentar que no hay dolor, sólo seducción.

Curiosear en lo ajeno es como espiar y revolver el lugar por el que se pasea —sin permiso— la mirada. Es un deambular de las manos entre cajones que seguro el tiempo les creó una maña segura en de caso que quisieran ser abiertos.

Hay espacios privados de ensueño, que merecen un ritual cada vez que se entra, como el vestidor con zapato-anillo de compromiso de Carrie Bradshaw del programa Sex and the City.

Paloma Picasso, a eso olía mi abuela, y al parecer todas las señoras de San Ángel que ahora tienen más de 80 años. Aquellas damas que bordean los casi cien, deben dejar su rastro de Shalimar de Guerlain, el mismo que usaba Frida Kahlo, sólo que el de ella tenía otros componentes: tabaco y hospital.

Para saber cómo fue alguien es necesario hurgar, meterse donde no es debido, en lugares donde la presencia no sólo se siente por el espacio en sí mismo, sino por el dejo de su olor entre hilos y telas.

Frida Kahlo midió 1.70, fue delgada, con senos redondos y firmes; también vistió de una forma en particular, llevó una moda, un estilo personal, el cual fue más allá del simple vestir, ya que trató de llevarnos a su sentir, a las emociones que la hicieron usar faldas, huipiles, batas o retazos de telas hechos a su parecer.

472 objetos fueron clausurados después de la muerte de Frida. En 2004, se decide abrir el baño con el secreto indumentario más preciado del sur de la Ciudad de México, en la Casa Azul de Coyoacán, también conocida como el Museo de Frida Kahlo.

Cruzar el marco de la puerta y respirar un aire atrapado de un búnker que escondía colores y blancos, tuvo que ser como entrar a los recovecos de lo más íntimo en el lugar más íntimo de una casa: el baño.

Aquél es una zona limpia donde sacas lo más sucio de ti, un espacio en el que sucede una metamorfosis con tan solo el contacto de tu cara con el agua.

Pero en el baño de la Casa Azul hace 10 años pasó un no sé qué, con las personas que entraron después de cincuenta años de encierro entre el polvo y la humedad.