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Alba Miranda

Magenta affair*

En mi colección de pintalabios, que no es tan amplia como la de mi hermana Ale o mi prima Tere, tengo tres que son rosados, uno que dura las horas y las horas, otro que es brilloso y otro que el color es más bonito en la barra que en mis labios.

Siempre he admirado a las mujeres que tienen la seguridad de cualquier supermodelo de los noventa para salir a la calle con los labios pintados y verse divinas. Yo en cambio, la pienso ocho veces y termino quitándome el color y salgo con el ligero brillo de un chapstick.

Llegó la pandemia y con ella una próxima mudanza, y en mi afán por tener menos cosas y realmente usar lo que tengo, me propuse pintarme los labios, aunque sea para estar dentro del depa y luego acostarme a ver tele.

Comencé a usarlos los fines de semana cuando veía a mi familia y luego a mis amigas, de pronto me di cuenta de que cuando veía a alguien no lo usaba, me ganaba la vergüenza o que no le fuera a gustar (red flag).

De cierto modo me ayudó el cubrebocas, acostumbrarme de poco a poco y hacerme de la idea que debajo de la tela o de tres capas, estaba una Alba con un color y no tan blanca como soy.

Alguien nuevo se estaba gestando.

Ahora trato de no salir de la casa sin al menos tres pintalabios, o bueno 1, porque los otros dos son chapsticks, uno sin color y el otro con el color similar al que decidí usar.

Y claro, siempre fui y seré la Power Ranger Rosa.

*Así se llama el pintalabios con el que se escribieron estas palabras.

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Constanza Mazzotti

Mudanzas

Hace un par de días leí un poema sobre mudanzas.

El poeta recorre, conoce y cuenta sobre las casas que va rentando y habitando a través de las huellas de los inquilinos anteriores.

Entre los clavos dejados en las paredes ve los gustos de las personas y sus gustos por la decoración.

Descubre arañones por donde se jalaron algunos muebles e imagina los pasos que pudieron haber dado esas otras personas.

Después de leer el poema para un programa de radio, imaginé al poeta sentado en su escritorio recién colocado en su nuevo piso, quizás fumando, quizás tomando el café de la mañana rehaciendo los pasos de esas personas que ya se fueron.

Luego pienso en mí y en mi capacidad de mudarme. Yo me mudo mucho dentro de mi casa. He recorrido todos los cuartos del departamento e incluso, bromeo con mis amistades, -hasta he vivido en la covacha- un sitio de cobijo para esas personas que van de paso y que necesitan un espacio para pernoctar.

Ayer me volví a mudar, me mudo como dos o tres veces al año. Los mismos muebles que compro o me revenden los mismos inquilinos que han habitado mi casa. Esos desconocidos que poco a poco se vuelven mis amigos con los que ya he construido una vida en esta ciudad.

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Alba Miranda

Cuando el rosado se apodera

El vino rosé o rosado siempre viene con su hada madrina, en mi caso fue Romy en un viaje de esos relámpago, de quién cae a Acapulco y los puntos de avión hacen su magia; y desde entonces esa botella jamás falta en mi refrigerador, porque una nunca sabe cuándo será una noche de un gallito, como dice Reyna.

En el supermercado hay una sección de estos vinos, y en la temporada primavera/verano, se amplía y para nuestra sorpresa, es seguro que su tienda de la esquina más próxima ya tenga uno que hasta Barbie envidiaría.

Las noches de rosado, vienen con una amiga, y con ese momento que supera el te tengo que contar chismoso porque eso ya vino en un mensaje de voz de 10 minutos o en una guerra de stickers de cómo nos sentimos.

Son noches que no llueve, la brisa se siente cual marina y la charla fluye. La música pareciera como si supiera el sentimiento y las canciones son adhoc a la historia con risas, pero también con lágrimas.

Desde hace ya algunos años, mis amigas me dicen “te caigo con un rosado” y sé que la noche será de esas de amigas, de hermanas de otras vidas, que nos recuerdan que no estamos solas en lo que sea que estemos pasando.

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Alba Miranda Constanza Mazzotti

Nuevos Inicios

Alba Mercedes

Un julio, al igual que hace cinco años, Constanza estaba a horas de subirse a un avión y me entregaba su vida para el doctorado. Y entre papeles oficiales, en un pequeño café francés, decidimos publicar nuestras andanzas y creamos Tres de Leila.

A pesar de la tecnología, nuestro inicio fue en una típica lluviosa Ciudad de México y en una ciudad vieja italiana con mucho calor, y con muchas historias que contar, pero que fueran cortas, porque la vida corría en diferentes horarios y con una maestría que terminar y un doctorado por definir.

Pasaron muchos veranos, lluvias y una pandemia, que nos trajo colaboradores y una renovación de clóset, mas no de estilo.

Y es así, como TDL (para quienes nos conocen en llamas), vuelve a comenzar y para no variar igual de viaje y desde distintas ciudades, con horarios diferentes, idiomas y lo más importante: historias por compartir e incluso sanar.

Constanza Mazzotti

Fue difícil encontrarle un nombre con el que nos sintiéramos cómodas. Lo tuvimos que pensar rápido, aunque creo que esa decisión ya se venía cocinando desde hacía meses. Yo estaba muy incómoda de la garganta, tenía la peor de las gripas y, además, estaba sorda.

Le entregué a Alba un sobre amarillo con todas las indicaciones para que me inscribiera al doctorado durante mi ausencia.

Sinceramente no sé cómo es que logró descifrar mis indicaciones pues eran, ahora que lo repaso, complicadísimas. Hojas con pasos numerados, vericuetos con chocantes señalizaciones burocráticas en las que me atreví a colocar el número de pasos para caminar hacia las oficinas conjuntas dentro de la universidad.

Ahora entiendo que una gran amiga es quien hace ese tipo de cosas. Uno se titula de un doctorado con la ayuda de mucha gente, pero Alba fue una de las fundamentales.

Dejé a Alba con un sobre y yo tuve, a las pocas horas, un vuelo complicadísimo.

El dolor de oídos se equiparaba al que tuve en mi infancia cuando me enfermé de una infección que me inmovilizó por completo y además, el avión tenía un plus, estaba lleno de lo que ahora son exgobernantes mexicanos buscados por la justicia o prisioneros en algunas de las cárceles más temidas.

Ellos iban a saludar al Papa, yo, a terminar mi tesis de maestría

Caminaba por Roma cargando una maleta, un par de oídos tapados y un desfase horario aderezado por uno de los peores calores del verano del 2015 mientras veía en las pantallas de publicidad gubernamental los rostros de los políticos veracruzanos en el Vaticano.

Tomé un tren a mi ciudad, me subí al autobús equivocado, caminé arrastrando una maleta con rueditas, subí cuatro pisos para llegar a mi departamento y comenzó una de las experiencias escriturales más emocionante de mi vida. Tres de Leila no sólo me ha forzado a escribir de manera constante sino a perder el miedo y a hacer de la escritura por más cuidada o descuidada un proceso primordial en mi día a día.

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Constanza Mazzotti

Cachete o mejilla

Tengo un cachete que me molesta. La misma palabra lo hace al momento de pronunciarla. Cachete. Aunque he optado por la palabra mejilla, sigue pareciendo incómodo referirse a esa parte del rostro con un sinónimo que notoriamente suena forzado. Cachete o mejilla, una burda y la otra, se pasa de sutil. Y mis cachetemejillas no lo son.

Y es que desde que perdí una de mis muelas, todo mi rostro comenzó a acoplarse a la ausencia.

Obviamente mi apariencia no se ha modificado de manera radical pero noto la diferencia cuando me veo en fotos. Si de por sí siempre he sido cachetona, ahora lo noto más y vivo con el fantasma del cachete hinchado que me incomoda cada que aparezco en una imagen o pantalla y peor aún, si es de celular.

El punto es que perdí una muela y eso debería de ser lo grave. Pues vaya que lo es cada que voy al dentista a que revise cómo va mi proceso de implante. Un proceso doloroso porque, además, mi cuerpo, que grita ¡chimuela! no aceptó esa segunda vez al implante pues le faltó hueso para afianzarse en la mandíbula.

Entiendo, por la detallada explicación que me dio mi dentista, que la producción de hueso es normal en cuerpo jóvenes y raro o nulo cuando hay una enfermedad importante en el organismo o de plano el cuerpo es de alguien de mucha edad.

Yo soy joven, dentro de lo que cabe, no tengo enfermedades importantes y mucho menos soy de la tercera edad, pero mi cuerpo necesita ayuda para poder tener esa muela que perdí. Entonces sacaron el implante y pusieron hueso y mi cachetemejilla se volvió a inflamar y peor aún, con dolor.

Nunca he padecido de la espalda o de las rodillas, pero vaya que padezco de un menisco fuera de lugar en la mandíbula que me ha llevado a tener en alguna ocasión,la quijada fuera de lugar, un dolor semejante, imagino, al de una buena golpiza.

Esa clase de dolor que yo llamo “de muela” aunque es de menisco, me recuerda a que se debe por una ausencia. En mi caso, es un pequeño molar lo que me recuerda a las ausencias más importantes de mi vida, por la época en la que se rompió, por las razones de la ruptura y lo más importante, por las personas implicadas.

Las ausencias duelen más de lo que uno puede imaginar, aunque en apariencia no suceda nada, hay miles de implicaciones tanto físicas como emocionales cuando algo se truena, se rompe o se extrae y que te pueden dejar en cama, como la ausencia de una pequeña muela.

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Paulina Ovando Collado

Nunca hubiera sido lo mismo sin tí

Viajar con alguien es la disposición entera de ser leído como un libro. Me gusta la intimidad que se genera a cada paso en lugares desconocidos. Todas las aventuras son como portales en nuestra experiencia con el otro: subir a un taxi sin conocer siquiera la dirección de nuestro destino y reír a carcajadas, los secretos que necesitan un cómplice salen a la luz bajo el sopor de noches calurosas y vino: las historias que queremos que nunca sean contadas, se convierten en confesiones que nadan entre risas y llanto.

Estamos hechos de claroscuros. Al descubrir un nuevo café, de pronto, como en un estallido, nuestros demonios, esos que están siempre contenidos en casa, le explotan en la cara al otro y la complicidad crece.  ¿Quién si no nosotras para desayunar a orillas del río Sena? mejor bienvenida a París no pudimos tener entre tartines y café para reponernos del viaje en tren.

Nuestro mutuo entendimiento se abraza mientras nos mecemos en las hamacas en tardes calurosas, en donde nuestra mayor responsabilidad es vivir el presente.

Nos reconocemos cuando nuestros cuerpos expiden los mismos olores, ¿acaso es nuestro humor lo que nos hace iguales?

Pactos silenciosos mientras constatamos la fuerza o la locura de ese Otro: sólo tú caminaste durante horas con un pie roto por las calles de la Habana y la Gran Manzana; después en el silencio de la noche aliviaste todo el dolor con hielos en la tina del hotel.

Es en la mirada de nuestros acompañantes en donde suceden los milagros del alma y no en esas tierras que no nos pertenecen aunque las hayamos pisado antes. Aunque a veces esos milagros se materializan y las cortinas se abren para poder ver el mar. Son esos instantes en donde nos descubrimos y nuestro amor crece. Me emociona por fin haber llegado a esos páramos idealizados. Y en cambio, todos estos vastos universos que son ellas, y que soy yo misma, significan mucho más que el Coliseo en soledad.

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Fatima Jaoui

Veranos Lejanos

Dejé de viajar a Marruecos después de ir allí todos los veranos cuando era  joven.

Ir a Marruecos siendo niña es una bonita aventura, ese era nuestro ritual de cada verano.

En ese entonces estaba muy feliz de ver a mis primas y regalarnos ropa para que pudiéramos vestirnos igual.

Había una sensación de generosidad en nuestros viajes.

Íbamos a divertirnos con nuestra familia y compartir risas agradables. No tenía que preocuparme por nada ni enterarme del drama de los adultos.

Recuerdo jugar con piedras, palos, botellas de plástico y sentir que estaba en la cima del mundo.

Cuando era adolescente comencé a notar los choques culturales entre mi vida en Francia y los intensos dos meses al norte de Marruecos con los marroquís. Empecé a temer ir.

Primero tuve que lidiar con los estereotipos asociados a los norteafricanos que viajan en automóvil a Marruecos.

Tuve que soportar cómo los españoles se burlaron de nosotros y llamaron camellos a nuestros coches porque estaban llenos.

Los europeos se burlaron de nosotros todos los veranos en la televisión y en los periódicos con caricaturas o dibujos animados.

De adolescente me avergonzaba que esa fuera la historia que tenía que vivir.

La historia de personas sin educación con un francés roto que acumulan souvenires vanos y baratos para llevárselos a sus familiares. Me enojaba porque yo era parte de esas burlas por mi historia cpor  mi nombre, por dónde vivo y por cómo es mi apariencia. El flagrante racismo francés fue difícil de digerir y especialmente de adolescente.

Como adolescente, también comienzas a enfrentar el sexismo y las opinionesno solicitadas. Los hombres de la familia solo dirían cosas para lastimar y matar tu inocencia. Además, usaban reglas religiosas inventadas. Los hombres extraños nunca pierden la oportunidad de hablar mal de uno.

Desde adolescente nunca me he sentido tranquila en la calle. Siempre hay un riesgo. Como adolescente, perdí la inocencia de poner la ropa que quería sin sentirme juzgada. Incluso si tratara de cubrir cada centímetro de mi cuerpo, los hombres encontrarían maneras de lanzar un comentario malo. Un verano, mi prima con quien estaba disfrutando mis vacaciones se casó por arreglo. Simplemente me sorprendió cómo mi tío descartó la opinión de mi prima y aprovechó los días que no estuvimos juntos para atraparla y cerrar el trato de su dote. Mi padre nunca hubiera permitido que eso le sucediera a ninguna de sus hijas. Nunca entendí cómo mi padre podía estar relacionado con mis tíos y tías. Era el día y la noche, la luz y la oscuridad.

Después de eso, me cansé mucho de ir a Marruecos y enfrentarme a silbidos violentos y vergüenza en las calles me dio tanta ansiedad que ya no valía la pena. Para mí, fue más una tortura que verdaderas vacaciones. Quería ir a lugares donde me sintiera segura y donde no me molestaran estos hombres sexualmente frustrados. Como adulta, volví dos veces. Han pasado casi 10 años desde la última vez que puse un pie en Marruecos. Quería volver en 2020 pero sucedió lo del Covid. Sé que no volveré durante el insoportable verano. Iré a visitar la tumba de mi papá cuando pueda. Ahora, él es el único que puede hacerme volver después de esta larga ausencia elegida.

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Alba Miranda

Salir de la cama

En las mañanas, a veces, antes de que suene el despertador, y si aún sigue oscuro, al menos en mi recámara, recorro con mis pies sin calcetines, porque así lo dicta el clima, el ancho de mi cama y disfruto ese frío de la sábana aún sin tocar.

Trato de recuperar algún retazo de sueño o incluso de regresar y volver a estar ahí. Si no tengo puesto el antifaz, lo busco con la mano izquierda en el buró y es como si me vistiera de nuevo, pero no con la pijama, sino con el sueño en standby.

Si es un buen sueño, me sigo, al contrario que, si es producto de mi ansiedad o de un asunto sin resolver y solo ocasiona un despertar rápido y sin estiramiento, y olvídate de las tres gracias de la mañana.

Sigo buscando las partes frías, sigo soñando, pero una parte desea con muchas ganas que haya alguien en la cocina, poniendo agua para hervir, sacando el filtro, el café, el azúcar, preparando el ritual, el plato cuadrado de cerámica con orillas de ladrillo, la cucharilla que está a punto de perderse (solo me quedan dos), y, si estoy de suerte, un pan con dulce de leche.

No está.

Estoy yo, salgo y veo a mi sol entrar por el balcón, lo saludo cuando abro la ventana, respiro de esa luz, me doy media vuelta y me preparo mi café.

Bonito día.

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Fatima Jaoui

La visita mensual durante el mes sagrado

Es Ramadán y mi familia ayuna y yo ayuno también por solidaridad más que por convicción. No me voy a quejar de las tareas asignadas por género y los platos sin fondo en la cocina, aunque es un tema real. Este mes, mi reto es que tengo que vivir los disturbios emocionales que traen mis periodos y las reuniones familiares. No puedo recordar una menstruación que no me doliera como el infierno.

Una vez vomité en la calle.

Una vez me salté la clase, tomé el autobús sin validar el ticket debido al dolor pues caminar quince minutos hasta casa me resultaba imposible.

Una vez al llegar al trabajo apenas entré salí por la misma puerta por no aguantar el malestar.

Sumándose al dolor, el mundo, las noticias y la gente todo se vuelve insoportable. Tengo tolerancia cero y evito las interacciones tanto como puedo.

Pero es Ramadán y me mudé de regreso a casa de mi madre, así que realmente no tengo ese lujo de auto aislamiento o confinamiento disponible.

Me siento al límite cuando se discuten ciertos temas. Cada Iftar, la comida nocturna con la que se rompe el ayuno, me trae recuerdos nada positivos de mi casa.

Así que los períodos realmente no ayudan y en este contexto agregan más que nada, sesación de fuego. Me siento como un adolescente rebelde que está a punto de gritar si le presiona el botón equivocado.

Para mí, el hambre no es problema cuando el síndrome pre menstrual me hace sentir todo cien veces más fuerte. Mi mente se pone muy ocupada. Es como revivir mis sufrimientos pasados ​​con gafas VR.

Tener ciertas conversaciones difíciles cuando soy emocional no es lo mejor. Pero a veces esas conversaciones deben comenzar de alguna manera y, por mucho que odio mis períodos, su audacia me ayuda a sacar algunas cosas de mi pecho. Y un buen llanto hace más bien que mal.

Ramadan Kareem a mis hermanas y hermanos que viven algo similar.